Friday, 5 February 2021

La propiedad intelectual: ¿instrumento útil o anacronismo?

 En el momento en que escribo (3 de Febrero de 2021), la Organización Mundial del Comercio está debatiendo una propuesta para suspender las patentes de las vacunas, permitiendo así que los países más pobres, que no están recibiendo prácticamente dosis, la puedan producir. Se trata de una medida que ya se tomó en 2001 para que los países pobres pudieran producir medicamentos contra el VIH en un momento en que los casos llegaban a nivel de pandemia. Fue una decisión correcta, pero a que se llegó demasiado tare, y el resultado fueron miles de muertos.

 Los tiempos han cambiado, y no para mejor, así que lo más probable es que esta vez la propuesta no se apruebe, causando no sólo miles de muertos en los países más pobres, sino también una pandemia más larga y compleja en los más ricos (muchos sostienen que "el virus no conoce fronteras", pero pocos parecen actuar de manera consecuente con estas palabras).

 La propiedad intelectual es, desde hace años, un tema de primera importancia. Muchos están de acuerdo en que hay que reformarlo, pocos tienen ideas de como hacerlo. Es un tema vasto, que cubre aspectos tan diferentes como la música y las vacunas, y es probable que no haya una solución general, y que haya que ver caso a caso lo que hay que hacer.

 Nuestra obligación, como ciudadanos de países democráticos que participan en las decisiones políticas es, como siempre, intentar informarnos. En estas notas hablaré sobre todo de dos temas que me interesan mucho: el software y la música, pero creo que varias de las consideraciones que hago aquí se puedan extender a otros ámbitos.

 

El copyright

El copyright es la primera forma de propiedad intelectual que e ha reconocido. Es el resultado de la acción de dos de las fuerzas más revolucionarias del pasado milenio: la prensa y la industrialización.

La invención de la prensa consolidó el concepto de un texto como un corpus cerrado que sólo el autor puede cambiar, un autor que se identifica claramente y que asume la responsabilidad del contenido del texto. Esta idea, que hoy nos parece obvia, representó una ruptura respeto al concepto clásico y medieval del texto como una obra abierta, a que toda la comunidad de lectores contribuye. Por ejemplo, San Bonaventura habla casi con desprecio de los copistas que se limitan a copiar un texto sin aportar ningún cambio (es decir: ninguna contribución), y Platón considera que el lenguaje escrito es inferior al lenguaje hablado porque el texto escrito siempre corre el riesgo de cerrarse y hacerse inalterable. Antes de la invención de la prensa, los normal eran los textos colectivo, desde los poemas de Homer hasta los comentarios de los filósofos medievales.

 Cerrar el texto es un primer paso esencial para establecer la idea de posesión del mismo, ya sea por parte del autor o (como es a menudo el caso hoy), por parte de un subrogado. El cierre del texto lleva consigo la idea de dar crédito a un autor y la estandardizaciones de operaciones que hoy cualquier escritor considera naturales, tales como la citación o la reproducción con atribución de un pasaje de otro libro.

La prensa permite la creación de textos cerrados (y por tanto, controlables) y su gran reproducibilidad. La reproducibilidad causó, desde el principio, preocupación en los gobiernos por la posibilidad de difundir textos sediciosos, y resultó en la creación del primer antepasado del copyright: las licencias ad imprimendum solum otorgadas por los Tudor en Inglaterra desde 1538, y el monopolio que se otorgó a la London Stationers' Company.

El monopolio de los Stationers expiró en 1694 y, durante muchos años, el Parlamento ignoró las peticiones de renovación, en una oposición que parece haber sido esencialmente anti-monopolística y cercana a los intereses de la emergente burguesía industrial.

 La situación continuó incierta hasta 1710, cuando el Parlamento promulgó la primera ley moderna de Copyright: lo Statute of Anne, que cambia fundamentalmente la función de copyright, que pasa de ser un instrumento para el control gubernamental de la difusión de material sedicioso a ser un instrumento para la reglamentación de la propiedad, bien en línea con las necesidades de la naciente revolución industrial.

 Las preocupaciones anti-monopolíticas son muy presentes en las primeras leyes de propiedad intelectual que, comparado con las de hoy, garantizan el derecho a la propiedad intelectual durante un tiempo muy corto: 14 años en el caso de las primeras patentes en Inglaterra. Las preocupaciones anti-monopolísticas, y la idea que la propiedad intelectual es un mal necesario, justificable sólo si y cuando contribuya al bienestar social, es muy evidente en la Constitución de los Estados Unidos: “[Congress shall have the power] to promote the progress of science and useful arts, by securing for limited time to authors and inventors exclusive rights to their respective writings and discoveries” ([El Congreso tendrá el poder] de promocionar el progreso de la ciencia y de las artes útiles garantizando, durante un tiempo limitado a los autores derecho exclusivo sobre sus escritos y descubrimientos, énfasis mio). Está claro aquí que la propiedad intelectual es nada más que un medio hacia un fin, el fin es "promocionar el progreso de la ciencia y de las artes útiles" (remarcamos aquí al curiosa y muy Americana expresión "artes útiles").

 Una visión alternativa de la propiedad intelectual, común en la misma época (se encuentra, por ejemplo, en Locke), la veía como "derecho natural" del autor. La burguesía industrial rechazó este modelo en cuanto, claramente, un derecho natural no se puede ni comprar ni vender, por tanto la propiedad intelectual habría permanecido con el autor, y las empresas no podrían haberla adquirido.

 El carácter de la propiedad intelectual cambió, claramente, con la evolución de la industria y se transformó de un instrumento anti-monopolístico en un gran apoyo a los monopolios de los Siglos XIX y XX. Para darnos una idea de los cambios intervenido, pensemos que desde los 14 años de derechos reservados iniciales se pasó a 10 años tras la muerte del autor y este límite se ha ido extendiendo. Walt Disney murió en 1966 y, según la ley de EE.UU., todas sus creaciones habrían sido públicas 40 años después de su muerte, es decir, en 2006. En 2002 la Walt Disney Co. presionó el Congreso de EE.UU. para que extendiera este límite a 90 años tras la muerte del autor. Si nos fijamos en la motivación inicial de la propiedad intelectual, o incluso si consideramos la propiedad intelectual como un derecho natural del autor, está claro que un beneficio posterior a la muerte del autor no tiene sentido.

 Si aceptamos ver la propiedad intelectual y sobre todo el copyright como un reflejo de los intereses y de los valores de la industria, está claro que los cambios recientes en el panorama socio-eocnómico debería llevar a cambios drásticos en sus principios. En particular, las raíces industriales del copyright aparecen viejas ahora que Internet ha llevado el coste marginal de la difusión del conocimiento esencialmente a cero.

 

Copyright y creatividad

Dejando de un lado las tendencias monopolísticas de las grandes empresas (que, en sentido estricto, deberían ser considerada como anti-capitalistas), es interesante preguntarse si el la idea de propiedad intelectual que se propone en la Constitución Americana (un "mal necesario" para promocionar la creatividad) sigue válida.

¿Hay razones para creer que una revisión profunda del copyright tendría un efecto notable sobre la creatividad? Todo apunta a que no. Esto es bastante evidente en el campo del software, donde el software de código abierto está en la vanguardia de la creatividad, y es confirmado por la historia de la música, con su rica herencia de canciones populares de autoria anónima y compartida (es decir: textos abiertos) y de música con autor (textos cerrados) creada antes de la introducción del copyright.

Hace tan sólo un siglo, la música popular la creaban, compartían, reproducían, modificaban millones de escuchadores sin ninguna restricción; la idea que la música popular pudiera ser "propiedad" de alguien se parecía nada menos que ridícula, sin que esta libertad restringiera de ninguna manera la creatividad de los autores.

Por tanto, la justificación de promover el progreso de las "artes útiles" que, según la Constitución de los EE.UU. es la única justificación para la existencia de la propiedad intelectual no se aplica ni al software ni a la música.

Lo que sí se aplica es el (comprensible) deseo de las empresas que ganan mucho dinero con el modelo negocio actual de continuar a ganarlo. Estas empresas no pueden, por otro lado, exigir que se bloquee el progreso de la propiedad intelectual sólo para servir sus intereses.

Muchos aspectos del modelo de negocio de la música que se nos pide considerar como "naturales" (desde la venta de música independientemente de las actuaciones en vivo hasta la existencia de un "star system", la restricción del "mainstream" a pocos géneros y artistas rentables, o la misma idea de poseso de una pieza de música) son la consecuencia de un modelo que se ha construido en el último siglo alrededor de la existencia de un soporte físico para la música. En el momento en que la música se libera del soporte físico, no es descabellado pensar que el copyright también debería cambiar.

No cabe duda que la gran mayoría de los músicos se ganan su vida sobre todo con actuaciones en vivo, han ganado mucho con la distribución gratis a gran escala de su música. Extrapolando el modelo de la música, está claro que lo que peligraría con cambios sustanciales en el copyright no es la riqueza y calidad de las expresiones artísticas (que han existido mucho tiempo antes de la creación del copyright y que, a menudo se ven obstaculizadas por las leyes de propiedad intelectual) sino el modelo industrial que, en los últimos dos siglo, se ha venido construyendo. Pero este modelo está íntimamente relacionado con un desarrollo industrial que está desapareciendo: la propiedad intelectual tiene que adecuarse a la nueva realidad.

Consideraciones similares se pueden extender a muchos campos. Desde la investigación médica que a menudo se ve obstaculizada por la propiedad intelectual sobre elementos necesarios para investigar (y cuyo uso a menudo las empresas deniegan para no perder cuota de mercado frente a nuevos descubrimientos) hasta la imposibilidad de extender los nuevos descubrimientos a los países pobres que no pueden pagar el precio pedido por quien controla la propiedad intelectual.

Hay muchos campos en que la propiedad intelectual, así como se entiende hoy, ha cambiado de ser un incentivo al desarrollo de la ciencia y la tecnología a ser un obstáculo. Una reforma es necesaria y, principalmente, una reforma cultural, que no considere la propiedad intelectual como una mercancía, sino como un derecho personal del autor, un derecho que debe quedar, en cualquier caso, subordinado al bienestar social. Debemos pasar de un sistema en que la suspensión de la propiedad intelectual debe ser justificada a uno en que su existencia debe ser, caso por caso, justificada en términos de utilidad social.

La experiencia de la música o del software libre nos enseña que hay un número suficiente de personas creativas que responde a estímulos distintos de la propiedad como para seguir desarrollando la ciencia y la tecnología sin necesidad de propiedad intelectual. Los estudios que necesitan grandes inversiones deben ser rentables, está claro, pero hay mecanismos de rentabilidad que no necesitan la protección excesiva otorgada por las leyes de propiedad intelectual. Es natural que una empresa que ha invertido 100 millones quiera ganar por lo menos 200 con sus producto. No es normal que le otorguemos el derecho de ganar 2.000 a costa del bienestar de buena parte de la humanidad. Hay otras motivaciones más allá que la codicia desmesurada, y hay un número suficiente de personas que responden a ellas como para no tener que soportar la codicia desmesurada.

Seguramente no hay ninguna justificación razonable para que Walt Disney siga como propietario de sus personajes hasta por lo menos 2056.

Friday, 22 January 2021

Test de antígenos: ¿parte de la solución o parte del problema?

La Comunidad Autónoma de Madrid ha autorizado a dentistas y farmacia para que administren test de antígenos. A primera vista, una noticia positiva pero, si la analizamos bien, se trata de una medida de claro carácter populista que creará más problemas que soluciones.

En la base de todo está una consideración médica. Los test de antígenos no son fiables en personas asintomáticas, en particular, tienen una tasa muy alta (hasta un 70%) de falsos negativos. Esto quiere decir que el test da un resultado negativo a pesar de que la persona esté infectada. El test es mucho más fiable cuando aparecen síntomas, y en este caso tiene una utilidad muy clara, pero la interpretación de los resultados en personas sintomáticas es difícil y poco fiable.

¿Que pasará con la administración de estos test fuera del control médicos? Pues, lo que podemos esperar: habrá quien, recibiendo un resultado negativo y, posiblemente, una serie de caveat sobre la fiabilidad de los resultados, se olvidará de los caveat y sólo se fijará en la palabra mágica: negativo. Es probable que estas personas se relajen y aumenten sus contactos sociales sobre todo dentro de la familia (al fin y al cabo, ¿por qué no? He dado negativo, ¿no?) generando, en el caso de falsos negativos, contagios.

Los médicos lo han repetido muchas veces pero, al parecer, pocos escuchan, y menos los políticos: los únicos test fiables en personas asintomáticas son las PCR.

Si las consecuencias de esta medida va a ser negativa, ¿por qué se ha tomado? Aquí entramos en el terreno de las especulaciones pero, dada la historia de las actuaciones de la CAM, me atrevo a especular.

Primero, administrar los test es un buen negocio. Los test se pagan y conocemos las preferencias del actual gobierno de la CAM en la dicotomía entre público y privado. La administración de estos test, y el sentido de seguridad que generan, ayudarán también la hostelería y la economía, y sabemos que esta ha sido siempre la verdadera prioridad de la CAM: economía por encima de vidas. La consecuencia la he analizado en otro artículo: Madrid ha tenido la segunda ola más larga de España, y se está preparando para repetir el exploit con la tercera.

También puede haber una razón política. Desde Octubre la CAM ha reducido el número de PCR que se hacen, sobre todos ha prácticamente eliminado las más útiles: las PCR a los contactos. De alguna manera, de cara a la platea, tiene que mantener la ficción que se están haciendo muchos test y los test de antígenos, por poco fiables que sean, han sido los favorecidos desde Octubre. Es decir, la CAM cuenta con la falta de información de la gente, en la insuficiente cultura científica en España y en las faltas de los medios de comunicación. Populismo de manual.

La estrategia de la Comunidad de Madrid ha sido, desde Junio, evitar tomar medidas necesarias pero impopulares, intentar escurrir el bulto acusando el gobierno de haberle cedido las competencias que en Junio reclamaba para apuntarse la medalla de la desescalada, y tomar medidas inútiles o dañinas (en cualquier caso, en contra de la opinión de los médicos) que suenan buenas a una primera lectura superficial.

Lo peor: la estrategia parece funcionar. La falta de información comprobada, las burbujas informativas que se crean en las redes sociales la ayudan.

Friday, 8 January 2021

Entre dos olas

 La segunda ola de la pandemia causada por el SARS-cov2 se ha transformado lentamente en la tercera, prácticamente sin solución de continuidad. La falta de previsión, el deseo (absurdo) de “salvar las navidades”, la falta de comprensión de la gente, que no ha entendido que este año la manera mejor de demostrar afecto hacia nuestros padres era no acercarnos a ellos, todo esto ha causado que la tercera ola ya esté aquí sin que la segunda se haya acabado nunca. Es difícil analizar una ola que se ha difuminado en otra. Para hacerlo hay que establecer fechas de manera bastante arbitraria, con toda la aproximación que esto comporta. Para este análisis he decidido tomar dos fechas: el 1/7 como fecha de inicio de la ola (el 1/7 estábamos en una situación muy buena, la primera ola ya se había acabado, además, ya habíamos terminado la desescalada y las competencia habían vuelto en mano de las autonomía, como estas reclamaban) y el 18/12 como final (es una fecha muy arbitraria, pero es la fecha en que se empiezan a sentir de manera importante los efectos del descontrol en el puente de la constitución). Utilizaré estas fechas para comparar la primera y la segunda ola. Empecemos con una comparación de la gráfica de casos diarios.

 


Los valores absolutos de casos son mucho más altos en la segunda ola, pero esto no se puede considerar un dato fiable, en cuanto el número de casos detectado depende mucho del número de pruebas que se hacen, y en la segunda ola se han hecho muchas más pruebas por día que en la primera. El comportamiento "a peine" de los datos revela que en esta segunda ola la mayoría de las pruebas se han hecho en centros de salud, que están cerrados los fines de semana.

 

Pero el comportamiento general sí es comprable, especialmente si nos fijamos en una gráfica más objetiva, es decir, en número de víctimas diarias, que es independiente de las pruebas. Este número tampoco es del todo objetivo, dado que en la segunda ola ha habido menor colapso sanitario que en la primera, pero teniendo en cuenta las dos curvas podemos llegar a hacer observaciones bastante fiables:

 


Una cosa muy evidente es que la primera ola, a pesar de haber sido muy intensa y con muchas víctimas (de las posibles razones he hablado en otro escrito), ha sido muy corta. El estado de alarma fue declarado el 14 de Marzo y en 15 días (el tiempo mínimo de respuesta de la epidemia) se llegó al máximo (el 31 de Marzo) y la curva empezó a descender. El remate fue la semana santa: con el cierre te toda la actividad no esencial la semana anterior tuvimos unos 10 días sin ninguna actividad, y esto consolidó la bajada hasta hacerla imparable. Hay que notar el repentino crecimiento de la primera ola, que dio poco tiempo para reaccionar. De hecho, el 12 de Marzo España estaba más o menos en la situación epidemiológica en que Portugal y Grecia declararon el cierre (con unos 60 casos por millón). Pero el 14 de Marzo, día en que se declaró el estado de alarma, ya teníamos más de 100 casos por millón. Un retraso de dos días supuso una diferencia importante. (Hay que recordar, por otro lado, que ya el 10 de Marzo el gobierno había recomendado no salir de casa; una recomendación análoga funcionó en Alemania el 22 de Marzo pero, lamentablemente, los españoles decidieron pasar de las recomendaciones y el 13 de Marzo las terrazas seguían llenas.)

 

La segunda ola es diferente: su crecimiento ha sido muy gradual, ha sido una ola lenta y larga. Durante todo el mes de Julio habría sido posible detenerla o, por lo menos, atenuarla, con restricciones parciales (limitaciones de horario y aforo, limitación de las reuniones familiares) y contratando a rastreadores, pero las CCAA no estuvieron por la labor, a pesar de ver como la situación iba a peor. En la Comunidad de Madrid, donde vivo, ya en Junio las asociaciones médicas alertaron que harían falta 1.500 rastreadores. La CAM sólo contrató a 300 hasta decidir, en Octubre y bajo las presiones de los médicos contratar... ¡a 22! De restricciones al aforo, ni hablar: la prioridad era "salvar el verano" y no frenar la ola.

 

Otras comunidades parecen haber sido más razonables (es cierto que no tengo, en estos casos, tanta información como en el caso de Madrid). Andalucía y Murcia son un ejemplo. Cataluña es un caso aparte. Al principio  la Generalitat tomó muchas decisiones equivocada y se negó a tomar medida. La dimisión, el 28 de Mayo de Joan Guix, consejero de sanidad, parece haber constituido el chock que la Generalitat necesitaba y desde entonces sus medidas han sido más contundentes. Las 11 dimisiones en Madrid no han tenido, lamentablemente, el mismo efecto. De hecho, si consideramos la curva de síntomas (razonablemente objetiva) en Madrid, Aragón y País Vasco (para tomar tres ejemplos de CCAA que han tenido muchos casos) notamos comportamientos diferentes.

 




La primera cosa que notamos es la diferente longitud. Para medir la longitud, un buen método es aproximar la curva con una Gausiana (una curva "a campana") centrada en el máximo y considerar una longitud de cuatro veces la desviación estándar (en este intervalo cae más del 90% de los casos). Con este criterio, en Aragón hemos tenido una hola de unos 49 días (una de las más cortas) y en Madrid de 127 días (la más larga). La diferencia se debe, probablemente, a las diferentes medidas tomadas en las dos comunidades. Mientras Aragón, al comienzo de la ola, ha cerrado casi inmediatamente los bares y ha impuesto limitaciones a la movilidad, Madrid nunca ha cerrado el interior de bares y restaurantes y, incluso después de la declaración de estado de alarma, ha optado por un toque de queda corto.

El comportamiento es bastante diferente en el País Vasco. En ese caso tenemos prácticamente dos olas, una de 65 días y una de 40. Parece que al principio de la ola se han tomado buenas medidas pero, una vez que el número de casos ha empezado a reducirse, las medidas se han relajado con excesiva rapidez.

 

La longitud de la ola es un dato importante, en cuanto el número de caso se acumula aún si no hay efectos dramáticos repentinos y por tanto medidas a corto plazo como la IA/14 no los recogen. Si consideramos la Incidencia Acumulada a lo largo de toda la ola, es decir, entre el 1/7 y el 18/12, vemos que Madrid, a pesar de no haber tenido grandes picos, es la tercera comunidad con más casos por 100.000 habitantes, 4.477, detrás de Navarra (5.403) y Aragón (5.302) y por encima, por ejemplo, de Cataluña (3.496) que sí ha tenido repuntes importantes.

 

La comparación entre las dos olas nos dice que las medidas contundentes, por difíciles que sean, son eficaces para reducir la duración de una ola de contagios. Es algo bueno para las personas y también para los negocios: el FMI ya hace tiempo que ha declarado que unas medidas duras y de menor duración tienen un impacto menor que unas medidas más blandas pero que tienen que prorrogarse durante meses. También debemos aprender que no se puede apurar la desescalada, algo que en Junio muchas CCAA han intentado hacer. Hay que desescalar despacio.

Si comparamos estas consideraciones con las medidas que se están barajando para navidad, ¿que podemos decir que hemos aprendido? Pues, nada. Se está intentando desescalar muy rápidamente de esta segunda ola, se están eliminando restricciones a la movilidad, se están permitiendo reuniones familiares. Otros países de Europa están endureciendo las medidas de cara a la navidad. Alemania y los Países Bajos van a tener un cierre total hasta casi la mitad de enero, Italia impone un toque de queda a las 10. Hasta Boris Johnson, que al principio había subestimado la peligrosidad de la epidemia, ha dado desde Mayo un giro completo y ahora impone medidas duras.

Nada de todo esto se está planeando en España. Se está pensando permitir desplazamientos para reuniones, retrasar el toque de queda a las 1:30, evitar cerrar bares y restaurantes. Todo esto con el espejismo de "salvar las navidades". ¿Cuánto es el valor de las navidades en vidas humanas? Parece que estamos dispuestos a pagar un alto precio a este espejismo.

El gobierno, acosado por la oposición (caso único en una Europa en que en general la oposición apoya las medidas de los gobiernos) no tiene el valor de tomar medidas impopulares pero necesarias, y apelar a la responsabilidad individual es, como estos meses nos han demostrado, inútil.

Todo esto nos augura, lamentablemente, una tercera ola importante. La tercera ola va a llegar, y no la podemos evitar. Pero si podemos decidir si será una ola con 100 muertos al día o con 500. Temo que nos estamos abocando a una ola con 500 muertos al día, y todo porque no somos capaces de renunciar a juntarnos o a llenar los sitios de gente.

Primar la economía en este momento es absurdo no sólo en términos de vidas perdidas, sino también en términos económicos: una tercera ola larga, que llegue a Marzo o Abril (momento en que se hacen las reservas para el verano) nos hará perder el verano 2021.


 

 

Thursday, 17 December 2020

Quemar la bandera es necesario por respeto a la bandera

 El Tribunal Constitucional acaba de sentenciar que es legítimo considerar la quema de la bandera como delito, y que tal acción no está amparada por la libertad de expresión. Es una decisión equivocada. Es una decisión que no sólo hace daño a la libertad de expresión sino a la misma bandera considerada como símbolo político y social.

La bandera es un símbolo político, y quemarla o despreciarla de cualquier manera supone un juicio político sobre lo que la bandera representa. Los juicios políticos son entre los más importantes en una democracia, y las expresiones con sentido político son entre las más protegidas en todos los países democráticos. Un país tan patriota y conservador como EE.UU. ha siempre reafirmado el derecho a quemar la bandera como expresión política. Todo intento de prohibirlo ha chocado con las decisiones de la Supreme Court. Hasta las Supreme Court más conservadoras se han puesto del lado de la libertad de expresión. Todo intento de aprobar una enmienda a la constitución ha chocado con la oposición de buena parte del congreso y de los estados, que siempre se han negado a ratificarla.

Pero no es sólo la libertad de expresión que sale tocada de esta decisión: la bandera también. El valor del aprecio a la bandera depende directamente de la posibilidad de desprecio. Cuando alguien aprecia la bandera, su aprecio tiene valor porque la misma persona, en principio, podría despreciarla, y elige no hacerlo. Un aprecio sin posibilidad de desprecio no vale nada, así como no vale nada el aprecio que los ciudadanos dan a los símbolos de regímenes dictatoriales: los ciudadanos no tienen elección.

Un símbolo político vale si se puede usar para expresar opiniones diferentes. Un símbolo que se puede apreciar pero no despreciar es un símbolo vacío, que no vale nada. Un símbolo muerto y empajado, y el tribunal constitucional ha sido su verdugo.

Con esta sentencia el Tribunal Constitucional ha transformado la libertad de expresión en una quimera y la bandera en un trapo de colores chillones.

Thursday, 10 December 2020

Como nos formamos las opiniones

Una reciente encuesta publicada en "El País" revela que el 53% de los españoles considera "mala" o "muy mala" la gestión de la pandemia de covid-19 por parte del gobierno. La cosa, en sí, no es sorprendente. Estamos en una situación muy difícil, y en estos casos es normal buscar responsabilidades en quien gestiona las cosas. Cualquier crisis supone un desgaste del gobierno. Se trata, en buena medida, de algo sano: en una sociedad democrática es sano que los ciudadanos critiquen la actuación del gobierno, sobre todo en un caso como esto en que, siempre, hay aciertos y errores. Sorprende un poco la cifra del 53% sobre todo considerando que, entre las Comunidades Autónomas, la que peor nota ha recibido es la de Madrid que, pero, recibe una nota negativa sólo por parte del 47% de los madrileños. He valorado en otro escrito la actuación de la CAM en estos meses, y he argumentado las razones por que considero que esta ha sido más que insuficiente, nefasta. ¿Por qué esta valoración negativa del gobierno frente a una relativamente mejor de una administración que, objetivamente, ha actuado peor?

Cuando se valora negativamente algo, se hace en base a razones precisas, reales o percibidas. ¿Son reales estas razones?

Una crítica que se oye muchas veces es que España ha tenido "la peor gestión del mundo". Se trata de una valoración peculiar en cuanto todos los países de Europa han tomado, más o menos, las mismas medidas. Quien propone estas criticas normalmente tiene bastante información sobre lo que se ha hecho en España pero tiene información muy escasa sobre lo que se ha hecho en otros países. Se trata de una falta lógica elemental: se hace una comparación entre dos entidades en presencia de una disparidad de nivel de información: se sabe más de una que de la otra. Lo que es peor, se hacen comparaciones ad hoc por cada medida: en Marzo hemos hecho menos PCR que Alemania, hemos confinado más tarde que Grecia, etc. En realidad no estamos comparando España con ningún país real: estamos creando una especie de país virtual, que ha hecho en todo lo mejor de Europa, y nos comparamos con este país virtual. Es una comparación que tiene tan poco sentido como elegir, por cada medida, un país que lo he hecho peor que nosotros y usar estas conclusiones para decidir que somos los mejores del mundo.

En general, hay que tener mucho cuidado cuando se compara con otros países en cuanto en el caso de nuestro país tenemos muchas veces una información detallada que nos falta en el caso de otros países. En muchos casos, por ejemplo, se destaca que el gobierno ha subestimado las cifras de muertos, se hace una estimación más alta basada en otros datos (INE, MoMo, etc.) y se compara con las cifras oficiales de otros países. Es decir, se asume que las cifras oficiales de España subestiman el número de muertos pero las de otros países (basadas más o menos en los mismos criterios y protocolos) no lo hacen. A falta de información detallada sobre otros países (que en general no se tiene), esta comparación no tiene una base racional.

A veces las cifras se usan sin el debido cuidado. Ahora mismo (9 de Diciembre) se habla mucho de una estimación del INE que cifra en 45.000 el número de víctimas entre Marzo y Mayo con covid o con "síntomas compatibles con covid". Ahora bien, prácticamente todas las enfermedades cardiorespratorias tienen síntomas compatibles con covid, por tanto, a falta de conocer la incidencia de estas enfermedades en años previos, hay que tomar estos datos con mucho cuidado (una recomendación que el mismo INE hace, pero esta parte del informe ha pasado completamente desapercibida). Personalmente, me quedo con mi propio análisis dehace unos meses y, sobre todo, con la prudencia que recomendaba en Abril: el rigor analítico es esencial cuando se expresan juicios, sobre todo en una situación de crisis.

Esto nos lleva a otra cuestión. Mucha gente forma sus opiniones leyendo los periódicos (o, peor, las redes sociales: informarse usando las redes sociales es tan absurdo que ni me voy a ocupar del tema). Esto en si no tiene nada malo, excepto que, en cada cuestión de cierta importancia notamos que las opiniones de los periódicos difieren. A veces, sobre todo en los titulares, parece incluso que las noticias son diferente. Un problema, naturalmente, es que mucha gente se limita a leer los titulares y no lee los artículos. Los titulares, en la época de Internet, no están diseñados para informar, sino para atraer, se trata del conocido clickbait: los periódicos viven de publicidad, y las empresas pagan según el número de visitas que reciben las páginas con sus anuncios.

Pero, incluso asumiento un lector serio que lee los artículos, hay periódicos que mantienen opiniones muy diferentes: ¿a quién hay que creer? Aquí nace el segundo problema: en línea de máxima la gente cree en las noticias que confirman sus ideas preconcebidas, y descartan las que las desafían o la ponen en dida. Se trata del fenómeno conocido como confirmation bias.  El fenómeno no ha nacido con las redes sociales (es tan viejo como los periódicos), pero las redes sociales lo han radicalizado, y hay estudios que confirman que es uno de los mayores obstáculos para la difusión de una información veraz en la red. 


En la red es importante confirmar la información. Afortunadamente, lo que la red nos quita, la red nos puede devolver. Hoy en día es fácil acceder a todo tipo de documentos. Si hablamos de la pandemia, hay acceso a los informe de sanidad y de las consejerías de las varias Comunidades Autónoma; si hablamos de las medidas del gobierno, hay acceso al BOE, si hablamos de una condena, hay acceso a la sentncia. La información oficial y veraz está a nuestra disposición. Pero es nuestro deber profundizar nuestro conocimiento de los temas importantes antes de formarnos una opinión. Esto no supone no leer los periódicos, pero sí supone ir más allá de lo que leemos allí en temas que consideramos fundamentales. Hoy más que nada, la democracia necesita una informed citizenry. Tenemos los instrumentos para serlo, pero tenemos que tener la resposabilidad para hacer el esfuerzo necesario.


Thursday, 19 November 2020

El reportero en el aparcamiento y el populismo de derechas

 Una de las consecuencias de la pandemia y del aislamiento (que yo intento mantener incluso ahora) es que últimamente he visto varios telediarios, cosa que no hacía desde hace tiempo (confieso: soy persona de palabra escrita). No recordaba la francamente baja calidad periodística que muchos de ellos exhiben. No creo que la culpa la tengan los periodistas que, en muchos casos, parecen ser excelentes profesionales. Más bien, parece que las características del medio televisivo, de la mercantilización de la información y, en general, de la época en que vivimos hayan conjurado esta bajada de calidad.

 Vivimos en una época de emociones, más que de razón. La gente responde a menudo a los estímulos a un nivel muy "de tripa", emocional, sin conseguir destacarse de los eventos para juzgarlo a la fría luz de la razón. Quizás las cosas siempre han sido así (las emociones habitan una zona del cerebro mucho más profunda y primitiva que la razón), pero en las últimas décadas las posibilidades de manipular las emociones se han multiplicado, así como se ha acentuado la concentración del poder informativo. Dado que es mucho más fácil manipular las emociones que la razón, una época de emociones es ideal para quien controla los medios de información.

 El ejemplo de la publicidad como medio emocional y no racional es obvio, pero podemos ver también el éxito de la atención a las emociones en las diferentes estrategia de los bloques en la guerra fría. Los dos bloques se han mantenido esencialmente manipulando las emociones de los ciudadanos pero, mientras el bloque soviético no ha conseguido, hasta los años '80, quitarse del todo del medio la propaganda estalinista y se ha basado esencialmente en la manipulación del miedo, el bloque occidental (aprendiendo de la publicidad) ha conseguido manipular con éxito un rango mucho más amplio de emociones.

 La televisión hoy es un medio de imágenes, y a las imágenes se le da mejor evocar emociones que presentar silogismos. Claramente la televisión siempre ha sido un medio de imágenes, a pesar de algunos experimentos alternativos en los primeros días de los telediarios. Por ejemplo, a principio de los años '50, en los primeros años de la televisión, la cadena americana CBS experimentó con un telediario en que la pantalla era completamente negra y sólo se oía la voz del anunciador. La idea era que ver la persona que hablaba sólo distraía sin añadir nada a la noticia. Los telediarios modernos nacieron, podríamos decir, con el asesinato de Kennedy, evento mediático mundial grabado casi en directo (casi: el famoso film de Zapruder sólo aparecería unos años más tarde) y contado por imágenes.

 Si los telediarios llevan 60 años contando las noticias con imágenes, es cierto que es principalmente en los últimos años, con la proliferación de los medios de grabación, la presencia capilares de teléfonos móviles y el desarrollo de la red que permite su transmisión instantánea que las imágenes han conseguido un dominio completo de los telediarios. Esto ha reducido la importancia del habla y, al fin y al cabo, del razonamiento en los telediarios. Las imágenes y las emociones han en buena parte remplazado la palabra y la razón.

 

Hoy en día podemos ver varios fenómenos relacionados con este cambio de la razón a la emoción.

 Podemos por ejemplo constatar el cambio de tono en la manera de hablar de los periodistas. Los tonos calmos han casi desaparecido, e incluso la noticia más banal o inútil viene comunicada con un tono rápido y concitado. Hasta el resultado del concurso de la petunia más blanca viene comunicado con el mismo tono de un periodista que habla desde el bombardeo de Beirut.

También la localización de los reporteros es interesante, generando el fenómeno que llamo del "reportero en el aparcamiento". El reportero da su noticia desde una localidad más o menos cercana al evento, incluso si esto no añade nada al valor de la noticia. La noticia del atraco a un banco se da desde el aparcamiento del banco, incluso si ya hace horas que allí no hay nadie, o si las noticias sobre la Casa Blanca se dan desde una calle de New York y las de Novosibirsk desde una calle de Moscú. Las noticias tendrían el mismo valor si el periodista estuviera cómodamente sentado en un estudio televisivo pero evidentemente las cadenas han decidido que estar en la calle comunica un plus de urgencia y cercanía a la noticia del todo emocional. Las consecuencias las pagan, principalmente, los pobres reporteros que tienen que dar noticias sobre tormentas, nevadas o lluvias torrenciales.

Otra costumbre muy común es la de complementar las noticia con las palabras de la "gente de la calle": vecinos de donde ha pasado algo, familia de alguien o simplemente personas que pasaban por allí. Especialmente cotizadas las señoras de mediana edad que se echan a llorar (los hombres no: el machismo español no soportaría la visión de un hombre que llora, a menos que no se trate de una muerte en familia, en cual caso denota un alma sensible). Se trata de apariciones que, con las debidas excepciones, no tienen ningún valor informativo, pero contribuyen a crear un aura emocional alrededor de las noticias.

Las imágenes tienen, sin duda, el papel protagonista, y si no hay imágenes se usa lo que se tiene que tenga, más o menos, una relación con la noticia de que se habla. En casos extremos, se repite una y otra vez la misma imagen grabada com un móvil, así que podamos ver veinte veces seguidas como la misma ola arrastra el mismo coche, completo de voz fuera de campo "Joé mirá como se lo va a llevá". Aquí me permito un consejo a los aspirantes reporteros armados de móvil: si queréis enviar el video de algo a un telediario, por favor, grabad con el móvil en posición horizontal. La pantalla de la televisión tiene orientación horizontal, y los vídeos grabados en vertical no encajan bien, obligando a la estación a crear esos horribles rellenos hecho con repeticiones magnificadas y borrosas del vídeo. Señores, por favor: grabad en horizontal. Es igual de fácil.

Si añadimos a todo esto el tiempo, cada vez más grane que los telediarios dedican a noticias "blandas", de "sociedad", a cosas tan interesantes como el concurso de petunias o al deporte, la imagen que ne derivamos no es de las más alentadoras.


 

No es difícil notar ciertas coincidencias entre estas costumbres y el discurso de la derecha populista. Hay, por ejemplo, una relación entre el "reportero en el aparcamiento" y la desconfianza populista en las instituciones representativas. El reportero, de alguna manera, es nuestro representante en el lugar de la noticia, que la observa y la interpreta para nosotros. La necesidad de verlo en ese lugar cuando esto no tiene ningún valor informativo, es un reflejo de cierta desconfianza: queremos asegurarnos que el reportero ha visto de verdad lo que dice haber visto, y no nos está engañando.

Lo mismo vale para las imágenes a menudo inútiles desde un punto de vista informativo. Nos dan la ilusión que estamos asistiendo en directo a los acontecimientos, que los podemos observar y juzgar sin mediación. Ilusión, claramente: el hecho mismo de grabar un vídeo, de apuntar la cámara en una dirección y no en otra, el hecho de editar un vídeo, decidiendo lo que se va a ver y lo que no, todo esto constituye una mediación. Es además una mediación subrepticia, escondida y por tanto más peligrosa: estamos convencido de haber observado la realidad mientras lo que estamos observando es un relato, tan mediado como el relato que el reportero nos hace en palabra. Así, por ejemplo, estamos convencido que una manifestación ha sido violenta porque lo hemos observado "con nuestros propios ojos" en un vídeo, sin darnos cuenta que el vídeo ha recortado diez minutos de disturbios provocados por veinte personas y ha ignorado las dos horas de manifestación tranquila de 100.000 personas.

Las entrevistas al "hombre de la calle" también es un reflejo de la desconfianza hacia la autoridad típica del discurso populista (desconfianza que en la derecha se une, de manera contradictoria, al respeto al "jefe" que se ve como algo diferente de la anónima "autoridad"). Esto corresponde también a una técnica muy usada por el populismo: usar un ejemplo (cuidadosamente elegido) como arquetipo. Se trata de un caso extremo de la falacia de la inducción que yo llamo la "demostración por tía Trini" ("A mi tía Trini no le han pagado los ERTEs, por tanto a nadie en España le pagan los ERTEs").

Finalmente, el tono concitado de los periodista nos recuerda mucho el tono "gritado" de mucho populismo de derechas donde, incluso en sedes institucionales como el parlamento o en ruedas de prensa no es tan importante lo que se dice (a menudo se dice muy poco) sino con que volumen se dice. El volumen del habla ha remplazado la solidez de los argumentos; del logos hemos pasado al phonos.


Con esto no quiero decir que los telediarios están al servicio del populismo de derechas. Encontramos los mismos defectos en programas periodísticos que se definen de izquierdas (en España un ejemplo típico es el insoportable "Al Rojo Vivo", con cuyas posiciones me encuentro a menudo de acuerdo pero que insulta todos los principios periodísticos en que creo). Los telediarios han evolucionado en esta dirección bajo la presión del mercado desde el comienzo de las televisiones privadas. Pero parece claro que esta manera de reportar las noticias ha generado un caldo de cultivo en que el discurso populista se ha podido propagar. Algo que, si uno lo piensa bien, a los mercados no les viene nada mal.


Walter Cronkite dijo de su profesión: "no debemos contar a la gente lo que quieren saber, debemos contarles lo que necesitan saber". Si aplicamos este principio a muchos de nuestros telediarios, lo que la gente necesita saber es muy poco de noticia, casi nada de análisis racional, y mucho como hacerse manipular a través de las emociones.

Tuesday, 10 November 2020

El Catch 22 de la toma de decisiones

He hablado, en otro blog, del método científico, de como la ciencia se construye a base de errores y de como muchas personas tienen la idea (errónea) que la ciencia lo sepa todo y no se equivoque nunca.

Quiero aquí hablar de un tema que, en estos tiempos de covid-19 está tristemente relacionado: la toma racional de decisiones. Se trata de un problema mucho más difícil porque, si la ciencia puede esperar a tener una base experimental sólida antes de estabilizar sus teorías, quien toma decisiones muchas veces no tiene este lujo: a veces hay que tomar decisiones que afectan a la vida se muchas personas, pero hay que hacerlo  "ya", con información incompleta, imperfecta y a menudo contradictoria.

 La situación muchas veces es la siguiente: la ciencia no tiene todavía conclusiones fiable, hay personas competentes que dicen que hay que hacer A, personas competentes que dicen que hay que hacer B. Ambas soluciones, A y B, tiene un coste social y económico, y este coste podría ser mucho mayor si tomamos la decisión equivocada. Pero hay que elegir, y hay que hacerlo ahora, porque no hacer nada sería peor.


Consideremos la toma de decisiones en los primeros meses de la epidemia de covid-19. Lo que hay que hacer, es bastante fácil saberlo: reducir los contactos sociales. Al principio se puede pedir a la gente extremar la higiene y reducir los contactos sociales, así como se hizo en España, por ejemplo, el 10 de Marzo. Pero si la cosa no funciona (y en España no funcionó) hay que tomar medidas más drásticas. Las medidas son claras: reducción de movilidad o confinamiento. El problema es cuando aplicarlas. Aplicarlas demasiado pronto supone un daño económico enorme e inútil, aplicarlas demasiado tarde supone empeorar la epidemia. Y había que tomar la decisión en Marzo, cuando el conocimiento del virus era todavía imperfecto y las indicaciones contradictorias.

 

Hay que decidir a quien escuchar. Sabemos que algunos miembros de seguridad nacional avisaron el gobierno en Febrero que había que tomar medidas. ¿Había que escucharlos? Con lo que sabemos ahora podemos decir que sí pero, ¿con lo que sabíamos entonces? En ese momento la OMS todavía no recomendaba confinamientos en Europa (se limitaba a decir a los gobiernos que recomendaran y que difundieran información sobre el virus), y todavía a principio de Marzo el grupo de Risk Assessment de la UE dividía la situación en cuatro escenarios, aconsejaba suspender manifestaciones pública sólo en los escenarios 3 y 4, y sostenía que toda la UE, excepto Italia, estaba en escenario 1. ¿Escuchamos a Seguridad Nacional o a la OME y la UE? No había información suficiente para saber a quien, pero había que tomar una decisión.

 

No se puede claramente escuchar a todas las alarmas: alarmas como la que lanzó seguridad nacional hay tres o cuatro cada año, si el gobierno las escuchara todas nos pasaríamos la vida confinados, y la economía se derrumbaría del todo.

Esta vez los "alarmistas" tenían razón. También un reloj parado marca la hora exacta dos veces al día, pero esto no quiere decir que nos fiamos del reloj parado para saber la hora. Con lo que decía la OMS, la UE, y las organizaciones médicas, no tenía mucho sentido tomar medidas drásticas en ese momento, a pesar de algunos avisos aislados. Y, repito: las decisiones en Febrero se toman utilizando la información que se tiene en Febrero, no tiene mucho sentido juzgarlas con la información que tenemos en Octubre.

 

Quien decide también debe evaluar el riesgo de sobreactuar. En 2015 avisos similares se desataron por una epidemia de Gripe A que podía llegar a Europa causando una situación como la que vivimos ahora. El Ministerio de Sanidad hizo acoplo de vacuna. Al final la Gripe A llegó a Europa de manera muy marginal, hubo pocos casos, la vacuna se quedó en los almacenes y fue vendida con considerable pérdidas económicas. No es inoportuno observar que las mismas voces que critican ahora la "inactuación" del gobierno en Febrero criticaron entonces la sobreactuación, lamentando que el gobierno había comprado más vacuna de lo necesario, con consecuente "despilfarro" de dinero público. Damn if you do, damn if you don't. Los críticos a ultranza no perdonan (ni se informan, lamentablemente).

 

Tomar la decisión correcta es un problema sin solución. Un auténtico Catch 22: hay que actuar, pero no hay la información necesaria para actuar, y sólo actuando la conseguiremos. Se trata de una de las actividades intelectualmente más complejas que puedo imaginar, una en que hay que entrenarse y refinar constantemente. Por esto creo que es oportuna la idea de una comisión independiente que investigue la actuación del gobierno y de los 17 gobiernos autonómicos. No se trata de reprochar y castigar, se trata de comprender como hacerlo mejor si una situación parecida se presentara en el futuro.

 

Donde el gobierno sí parece haber cometido errores evitables es en la segunda ola, cuando ya los conocimientos eran mejore. Dos en particular: haber esperado demasiado en declarar el estado de alarma frente a la inacción de algunas comunidades autónomas y, justo estos días, haber cedido una y otra vez a las peticiones francamente absurdas de la Comunidad de Madrid, tales como el "confinamiento a la carta" que, según los epidemiólogos, no tiene ninguna base científica en cuanto sus efectos son prácticamente imposibles de medir. No sé que consideraciones políticas han empujado el gobierno en esta actitud, pero, desde un punto de vista científico, cuando 16 comunidades hacen lo que hay que hacer y una se niega a hacerlo, el gobierno debería haber tomado más control en esta última, en lugar de ceder frente a la retórica y los insultos, decepcionando así los que están trabajando bien para ponerse del lado de quien no está haciendo nada. 

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