Thursday, 30 April 2015
La "mejora" de la impresora
Hace poco menos de un año, el departamento donde trabajo cambió el sistema de impresoras en red, las que la mayoría de nosotros usa (o, por lo menos, usaba) para los trabajos de impresión más “pesados”. Cuando llegué en el departamento, hace unos nueve años, teníamos una impresora muy grande, muy recia y con pocas funciones. Gestionada directamente por el departamento, la impresora no hacía muchas cosas, pero tenía las dos características que todos buscábamos: imprimía a una velocidad muy alta y no se estropeaba nunca. Era ideal para los documentos de muchas páginas que se imprimían allí y, por lo que recuerdo, todo el mundo estaba muy satisfecho con ella. Yo seguramente lo estaba.
Pero en un ambiente altamente tecnológico es muy raro que algo tan bueno dure, el imperativo a cambiar y a tener lo último de lo último arrasa la sabiduría del “if it ain’t broke, don’t fix it”: en la época de la obsesión tecnológica las cosas que funcionan se arreglan hasta que dejen de funcionar. Por tanto el departamento empezó a instalar una serie de impresoras, cada una con más “features” inútil y cada una más lenta y complicada de usar.
El año pasado la universidad, cediendo a una Zeitgeist infame, decidió, como toda buena institución neoliberal, privatizar el servicio de impresión y la empresa ganadora, como toda buena empresa, decidió que sabía mucho mejor que nosotros lo que necesitábamos.
Desde entinces, el procedimiento para imprimir un documento, que antes consistía simplemente en pulsar el botón “print” en el programa oportuno e ir a recoger los papeles impreso, se ha transformado en algo bastante más complejo.
Tras enviar el documento, se espera un tiempo y aparece una ventana de Internet Explorer en que hay que poner la dirección de correo de la persona que va a imprimir el documento. Normalmente esta persona soy yo, por tanto pongo mi dirección de correo. Ahora tengo que ir a una impresora del departamento, introducir mi tarjeta de la universidad y elegir en una lista de trabajos los que efectivamente quiero imprimir (normalmente: todos). Por fin, la impresora se pone a trabajar. Si el trabajo es pequeño, me quedo allí esperando que la impresora termine, si no me voy a mi despacho y vuelvo en unos minutos. Se trata de un procedimiento complejo, lento y molesto. Por ejemplo, muchas veces envío un documento a imprimir y sigo inmediatamente trabajando en otra cosa. La aparición de la ventana de Explorer, en foreground interrumpe mi trabajo de manera repentina y muy molesta. Esto sin contar, naturalmente, el doble paseo hacia la impresora, por buendo que pueda ser para mi salud.
Alguien me explicó las grandes ventajas de este sistema: puedo enviar un documento a la cola de impresión de otro usuario y puedo imprimir mis trabajos en cualquier impresora del departamento, sin tener que decidir donde hasta el momento de imprimir. La cuestión que ha preguntado es si de verdad necesito estas funciones.
Pues, no.
Rara vez necesito que otra persona imprima mis documentos, y en esos casos lo más sencillo es enviarlo por email, y no me cuesta nada decidir donde imprimir un documento en el momento en que doy el comando de impresión. Desde mi punto de vista, el cambio se reduce en la introducción de un mecanismo de uso complicado y un empeoramiento de la única característica que me interesaba (la velocidad de impresión) a cambio de unas funciones que nunca he pedido y que no necesito.
Es natural preguntarse cómo sea posible que se tomen estas decisiones. Todos los manuales de diseño ponen en su primera página que cuando se diseña un sistema, de cualquier tipo, hay que empezar hablando con los usuarios, para conocer sus necesidades reales. Sin embargo ni a mi ni a mis colegas nadie nos ha preguntado nada. ¿Cómo hay que leer esta falta, muy grave en una empresa de servicios?
Hay, creo, tres componentes.
La primera es la que podríamos llamar "arrogancia tevnológica" o, incluso, "autismo tecnológico". Es normal en ciertos campos que se diseñe sin hablar con los usuario, acumulando una serie de efunciones más o menos inútiles que los diseñadores consideran "cool" y que el marketing consideran buenas para aparecer en la publicidad del producto. Lo que realmente necesitan los usuarios no es especialmente importante.
La segunda componente es el "nivel" en que se negocian estas cosas en muchas organizaciones, especialmente en España. Los proyectos de cierto tamaño no se discuten con los usuarios finales, simples ejecutores que sólo tienen que obedecer, sino con cargos gestores altos o intermedios. Se trata, en España por lo menos, de gente que a menudo tiene muy poco contacto con los problemas reales de los dependientes que tendrán que usar el sistema.
La tercera consideración se refiere especificamente a la universidad, y está relacionada con la segunda. Nadie ha preguntado nada a mi o a mis colegas porque en la nueva estructura de la universidad neoliberal ya no contamos nada, ya somos simples ejecutores que sólo tienen que obedecer. Las decisiones, incluso las decisiones académicas y de investigación ya no las toman los profesores y los investigadores, sino estructuras burocráticas rígidas que responden a necesidades económicas y políticas más que académicas. No nos preguntan nada porque la universidad ya no nos pertenece, porque somos simples apéndices ejecutivas de un sistema fuera de nuestro control. La universidad se ha transformado en una organización muy parecida a la industria, controlada por gestores que se basan en criterios de (no muy bien definida) "productividad". Los profesores se han conveertido en proletariado intelectual, sin poder decisional y sin voz.
Cada ocasión es buena para recordarnos cual es nuestro lugar real--incluso la instalación de una nueva impresora.
Tuesday, 3 March 2015
¿Que se esconde detrás de la "reducción del paro"?
El gobierno de España nos está vendiendo desde hace meses la bajada del paro. Se trata de una bajada en buena parte aparente, dado que el número de afiliados a la seguridad social no ha crecido de manera correspondiente: buena parte de la bajada del paro se debe a gente que se va de España o a personas que ya no tienen prestaciones y ya no se apuntan en las listas del INEM. La creación neta de empleo durante el gobierno Rajoy es negativa. Por otro lado es cierto: en el último año ha habido creación neta de empleo.
También que analizar de qué tipo de empleo estamos hablando: cuando se hacen comparaciones, hay que hacerlas en condiciones homogéneas, esto lo sabe cualquier científico: you don't compare apples with organges.
¿Que se consideraba "trabajo" antes de la llegada de Rajoy? La gran mayoría de los trabajos eran a tiempo completo con contrato indefinido, con todos los derechos laborales, con vacaciones pagadas, con los días de enfermedad. Se trataba de trabajos de verdad.
¿Qué es hoy un trabajo? Dos ejemplos (reales, lamentablemente): una panadería ofrece trabajar 9 horas al día, siete días a la semana, con contrato semanal, sin vacaciones, sin días de enfermedad pagados, todo por 500 Euros al mes.
Un bar ofrece un contrato de fin de semana, pide trabajar 12 horas al día pagando un total de 40 Euro para los dos días.
Estos son los "trabajos" que hacen bajar el paro.
El papa declaró hace unos días:
"Hay quien ofrece 11 horas de trabajo al día por 600 euros al mes. Y si no te gusta, pues te dicen que te vayas a casa. Esto es lo que pasa en este mundo, donde si tú no aceptas otro aceptará. El hambre hace que se acepten también trabajos en negro, como todo el personal doméstico. ¿Cuántos de ellos tienen garantizada la pensión?"
Estoy de acuerdo con él: esto no es trabajo digno.
Rajoy ha conseguido romper el pacto fundamental del trabajo en Europa: tener trabajo suponía salir de la pobreza. Gracias a Usted esto ya no es así, el 23% de las personas que acuden a comedores sociales tienen, oficialmente, trabajo: tienen trabajo pero no ganan bastante dinero para vivir. Esto no es trabajo, esto es explotación.
Rajoy ha conseguido perder puestos de trabajo y ha hecho posible que se despidiera una persona que trabajaba 40 horas por semana, remplazándola con dos con contratos de 10 horas por semana que se obligan a trabajar las mismas 40 horas cada uno.
El sueldo de los trabajadores ha bajado un 20%, y las grandes fortunas han subido un 18%.
Tacito critica la pax romana con las famosas palabras solitudinem faciunt, pacem appellant (crearon un desierto y lo llamaron paz). Lo mismo se puede decir de la "reducción" del paro de Rajoy:
crearon explotación y la llamaron empleo
Thursday, 12 February 2015
¿Desde cuando existe el selfie?
¿Desde cuándo existe el selfie? La respuesta a esta pregunta puede resultar más complicada de lo que parezca. Si con "selfie" entendemos simplemente la foto que uno se hace a sí mismo sin usar el automático, ya estamos hablando de un tiempo considerable: el armlength portrait existe desde hace mucho tiempo, por lo menos desde que las máquinas fotográficas se hicieron más pequeñas que cajas de vino y que los tiempos de exposición empezaron a medirse en fracciones de segundo.
Pero no está tan claro que el armlength portrait y el selfie sean la misma cosa. Hay, para empezar, la cuestión semántica. El lenguaje no nombra objetos, los crea: algo que no tiene un nombre tiene un nivel de realidad menor que algo que lo tiene. Y en este sentido, el armlength portrait, simple modificación de una clase más amplia (portrait) es menos real que el selfie, objeto en si mismo, nombre autónomo en el lenguaje.
Este nombre nos habla también de un cambio de ambiente y de actitud. Armlength portrait es un término muy descriptivo: nos cuenta como se hace la foto. El acento es en la foto y en el procedimiento; el sujeto se queda un poco en la sombra. No es así en el caso del selfie: aquí el mismo nombre pone el acento no sólo en la persona sino en su independencia y, diría en su egoísmo (no podemos pasar por alto el posible juego de palabras: quien se hace un selfie es selfish). Se ha escrito que una de las características del neoliberismo es remplazar el “you must” con un “you can” que, al fin y al cabo, genera más presión y cadenas que la disciplina directa del “you must”. You can: por tanto si no tienes éxito, si no tienes dinero, la culpa es tuya y sólo tuya. Se crea una sociedad en que cada persona debe convertirse en emprendedor de sí mismo en lucha con los demás, una sociedad del rendimiento y del egoismo. El selfie es la foto de uno por uno mismo, es la renuncia a cooperar con los demás. Con el selfie la foto se sumete al imperativo del rendimiento y de la producción, un paroxismo fotográfico ordenes de magnitud más grande de lo que antaño levantaba la sonrisa a la vista de los turistas japoneses y de sus cámaras siempre al punto de disparar. El selfie es la eficiencia productiva aplicada a la representación se si mismo.
Pero la diferencia fundamental entre el selfie y el armlength portrait es de carácter técnico. La persona que se hacía una foto con una cámara con carrete no podía ver la foto hasta unos días más tarde, cuando ya era tarde para volverla a hacer si salía mal. Había por tanto no sólo una componente de azar, sino también una de irreversibilidad y de riesgo. El armlength portrait tiene un coste (hay que gastar película) y un riesgo de que no salga: estos dos elementos son esenciales para entenderlo. Podemos incluso considerarlo como una pequeña metáfora de una manera de ver el mundo, una postura sin miedo que acepta la imprevisibilidad,reconoce que es imposible controlarlo todo, y acepta el riesgo que esto conlleva con entusiasmo e incluso con alegría.
Comprado con esto, el selfie se presenta más como el producto de una sociedad obsesionada con el peligro, ansiosa de control, de previsibilidad, de seguridad. El selfie no supone riesgos: quien lo hace puede ver perfectamente lo que va a salir y si, por alguna razón, el selfie sale mal, la cosa no tiene consecuencias: se borra y se vuelve a hacer.
El selfie es una metáfora mínima pero reveladora de la sociedad ideal que se nos vende en este rincón del siglo XXI: controlada, determinada por un guión, sin sorpresas y sin responsabilidad. En fin, Disneyland.
Tuesday, 30 December 2014
La legitimización de la cacofonía
Renfe (la compañía española de ferrocarriles) estrenó, este verano el “coche silencioso” en sus trenes AVE (alta velocidad), un coche en que no se permiten niños de menos de 14 años y en que no se puede escuchar música sin auriculares, hablar por móvil, hablar en voz muy alta, etc. Es decir, un coche en que la gente que busca paz--y que se respete su paz--pueda viajar sin estar sujeta a la cacofonía que impera en la mayoría de los trenes.
Se trata de una idea que se ha experimentado en otras redes de ferrocarriles e, incluso, en varios metros en el mundo y que ahora Renfe trae a España.
Para nosotros que amamos viajar leyendo un libro en santa paz, echando una cabezadita o simplemente mirando el paisaje que desfila detrás de la ventanilla se trata de algo muy útil pero, al mismo tiempo, de algo fuertemente ambiguo.
Creando un coche silencioso se admite y se legitimiza el ruido, se admite que la falta de respeto para la paz ajena se ha convertido en la normalidad. Si hay un coche silencioso es porque, en circunstancias normales, toda cacofonía está permitida, toda invasión de la paz ajena está justificada. Se trata de una normalidad tan autorizada y tan legítima que quien siga queriendo tranquilidad tendrá que ser aislado, tal como un animal salvaje en una reserva natural. Pero, así como el animal en la reserva natural cesa de ser salvaje y se convierte de alguna manera en un cómplice involuntario de quien ha destrozado su ambiente, así nosotros, encerrados en la jaula del coche silencioso, nos vemos obligados a convertirnos en cómplices de las manadas que nos han quitado el silencio. Encerrados en el coche silencioso conseguiremos quizás (me pregunto si la cosa durará) nuestra tranquilidad, pero al mismo tiempo nos veremos obligados a conceder que es normal escuchar música con altavoces en el medio de una multitud, es normal no hacer que los niños no molesten, es normal hablar a gritos, con o sin móvil.
El coche silencioso es una zona donde se suspende la normalidad y, por tanto, no se trata de un intento de re-establecer una normalidad perdida, sino una aceptación (no se sabe si resignada o entusiastica) de la nueva vulgaridad.
Si el ruido y la molestia se hubieran reconocido como una situación fuera de la normal convivencia civil, lo lógico habría sido crear no un coche silencioso, sino un coche ruidoso, donde se suspende la normalidad y se permite el ruido. En este caso tampoco habríamos tenido que asistir al espectáculo penoso de Renfe que declara con orgullo que los billetes del coche silencioso tendrán el mismo precio que los demás, como si querer una convivencia civil fuera un privilegio y no una aspiración legítima.
Monday, 27 October 2014
Tarjetas Opaca, morro y Santa Ignorancia
Hay tantos escándalos en España que es difícil orientarse. Con frecuencia espantosamente regular nos enteramos de nuevas y creativas maneras en que la élite política y económica ha abusado de su poder y sus privilegios, enriqueciéndose a nuestra espalda y con nuestro dinero, justo en el momento en que la misma élite ha impuesto recortes que han reducido muchos españoles en la pobreza.
Parece, a veces, que ni siquiera nos da tiempo a conocer los detalles de un escándalo que otro se destapa y lo empuja fuera de las portadas de los periódicos: Gürtel, Urdangarín, los EREs, Fabra, Bárcenas, Guemes, Sonia Castedo, Pujol, Acebes,... la lista parece no tener fin. Esta frecuencia conlleva un peligro: que los nuevos escándalos saquen los viejos del ojo del público y de la consciencia colectiva; el olvido público es lo que los implicados más desean. Hay que cuidar no otorgárselo.
El último (por el momento) gran escándalo en orden de tiempo es el de las tarjetas de crédito “opacas” de Caja Madrid: tarjetas supuestamente de representación que los consejeros de la caja usaban para gastos personales o hasta para sacarse un sobresueldo en negro y en efectivo de los cajeros. (Pero, stay tunes: ya mientras escribo este escándalo podría no ser el último: parece que altos cargos del gobierno valenciano hicieran un uso parecido de sus fondos de caja fija.) Se trata de un escándalo especialmente odioso por las circunstancias en que se produjo, por las personas implicadas, por sus comportamientos y declaraciones.
Caja Madrid es la entidad más grande entre las que constituyeron Bankia, una fusión tan magistralmente planeada y ejecutada que en 2012, un año escaso tras su salida a bolsa, tuvo que ser rescatada con 20.000 millones de dinero público--el doble de los recortes en sanidad y educación. Mientras Caja Madrid se estaba hundiendo, los consejeros se gastaban millones en joyas, comida y viajes de lujo. Los altos cargos, los que tenían que vigilar la salud de la entidad, la desangraban. Desde 2012 Bankia ha despedido a 5.000 trabajadores: estas personas han pagado con su trabajo las joyas y las comidas de la élite. Y su incapacidad: cabe recordar que el Sr. Blesa, ex-presidente de Caja Madrid, es un inspector fiscal sin otra calificación para dirigir un banco que ser amigo del ex-presidente del gobierno Aznar.
Este escándalo, como otros antes, también evidencia la pequeñez y la escasa altura intelectual y cultural de nuestra élite. No quiero decir que habría aprobado o justificado a alguien que hubiera usado la tarjeta para viajar a Chicago porque Abbado dirigía Mussorgsky o a Tokio para un estreno de teatro Nôgaku. No lo habría justificado, pero de alguna manera me habría dado más confianza en nuestros gestores que saber que se gastaban el dinero en comidas pantagruélicas y clubes de alterne. Deberían ir a la cárcel igual, pero por lo menos podrían trabajar en la biblioteca de la cárcel. Que una persona como el Sr. Blesa, con un sueldo millonario use la tarjeta opaca para pagar 1.60 Euro de aparcamiento me parece--no encuentro otra palabra--cutre. Como dicen los americanos, “se puede sacar el hombre del pueblo, pero no se puede sacar el pueblo del hombre”.
Tampoco podemos olvidar las declaraciones de estas personas en el pasado. El Sr. Arturo Fernandez, ex vicepresidente de la patronal, es el hombre que cuando el gobierno de Mariano Rajoy aprobó su infame reforma laboral declaró: “se acabó el café gratis para todos”. Para el no se había acabado: ha gastado 39.000 Euros con su tarjeta en negro, y esto da para mucho café. Espero que tanto café no le impida dormir: la idea de sus empleados pagado en negro parece que no, que nunca se lo ha impedido.
Un aspecto especialmente odioso de este escándalo son las justificaciones de los implicados. Recordemos que se trata de las personas en buena parte responsables de la creación y la venta de las participaciones preferentes. Se trata de instrumentos financieros complejos y de alto riesgo que los bancos, sobre todo Bankia, han vendido como inversiones seguras a pequeños ahorradores que han acabado perdiendo todo su dinero. La mayoría de los clientes eran pensionistas que buscaban una inversión segura para los ahorros de su vida y que--poco acostumbrados a las complejidades del mundo financiero--se fiaban del banco de que eran clientes desde siempre.
La defensa de los altos cargos de Bankia y Caja Madrid, incluso el Sr. Blesa, fue tajante hasta el insulto: quien compra una inversión es responsable de lo que compra, y quien firma un contrato sin leerlo o sin entenderlo no puede usar la ignorancia como escusa. Palabras insultantes porque entre los clientes se cuentan varias personas de más de 90 años e incluso un ciego.
Pero ahora, en el medio del escándalo de las tarjetas, la ignorancia es precisamente la escusa que buscan los que se consideraban genios de la financia: no sabían si la tarjetas eran de representación o privadas, no sabían si había que traer justificantes, no sabían si había que pagar impuestos sobre su sobresueldo. No sabían nada.
Para Blesa y sus amigos, un jubilado debería saber todo de una inversión compleja como las preferentes, y si no lo sabe la responsabilidad es suya. Pero según él es normal que los altos cargos de una entidad financiera ignoren adonde va y de donde viene el dinero de su tarjeta y, si no se enteran de que había que pagar impuestos sobre ellas, esto les exonera de responsabilidades.
Los humildes tienen que saberlo todo, pero los altos cargos y los poderosos se pueden permitir la ignorancia.
Spain is different.
Parece, a veces, que ni siquiera nos da tiempo a conocer los detalles de un escándalo que otro se destapa y lo empuja fuera de las portadas de los periódicos: Gürtel, Urdangarín, los EREs, Fabra, Bárcenas, Guemes, Sonia Castedo, Pujol, Acebes,... la lista parece no tener fin. Esta frecuencia conlleva un peligro: que los nuevos escándalos saquen los viejos del ojo del público y de la consciencia colectiva; el olvido público es lo que los implicados más desean. Hay que cuidar no otorgárselo.
El último (por el momento) gran escándalo en orden de tiempo es el de las tarjetas de crédito “opacas” de Caja Madrid: tarjetas supuestamente de representación que los consejeros de la caja usaban para gastos personales o hasta para sacarse un sobresueldo en negro y en efectivo de los cajeros. (Pero, stay tunes: ya mientras escribo este escándalo podría no ser el último: parece que altos cargos del gobierno valenciano hicieran un uso parecido de sus fondos de caja fija.) Se trata de un escándalo especialmente odioso por las circunstancias en que se produjo, por las personas implicadas, por sus comportamientos y declaraciones.
Caja Madrid es la entidad más grande entre las que constituyeron Bankia, una fusión tan magistralmente planeada y ejecutada que en 2012, un año escaso tras su salida a bolsa, tuvo que ser rescatada con 20.000 millones de dinero público--el doble de los recortes en sanidad y educación. Mientras Caja Madrid se estaba hundiendo, los consejeros se gastaban millones en joyas, comida y viajes de lujo. Los altos cargos, los que tenían que vigilar la salud de la entidad, la desangraban. Desde 2012 Bankia ha despedido a 5.000 trabajadores: estas personas han pagado con su trabajo las joyas y las comidas de la élite. Y su incapacidad: cabe recordar que el Sr. Blesa, ex-presidente de Caja Madrid, es un inspector fiscal sin otra calificación para dirigir un banco que ser amigo del ex-presidente del gobierno Aznar.
Este escándalo, como otros antes, también evidencia la pequeñez y la escasa altura intelectual y cultural de nuestra élite. No quiero decir que habría aprobado o justificado a alguien que hubiera usado la tarjeta para viajar a Chicago porque Abbado dirigía Mussorgsky o a Tokio para un estreno de teatro Nôgaku. No lo habría justificado, pero de alguna manera me habría dado más confianza en nuestros gestores que saber que se gastaban el dinero en comidas pantagruélicas y clubes de alterne. Deberían ir a la cárcel igual, pero por lo menos podrían trabajar en la biblioteca de la cárcel. Que una persona como el Sr. Blesa, con un sueldo millonario use la tarjeta opaca para pagar 1.60 Euro de aparcamiento me parece--no encuentro otra palabra--cutre. Como dicen los americanos, “se puede sacar el hombre del pueblo, pero no se puede sacar el pueblo del hombre”.
Tampoco podemos olvidar las declaraciones de estas personas en el pasado. El Sr. Arturo Fernandez, ex vicepresidente de la patronal, es el hombre que cuando el gobierno de Mariano Rajoy aprobó su infame reforma laboral declaró: “se acabó el café gratis para todos”. Para el no se había acabado: ha gastado 39.000 Euros con su tarjeta en negro, y esto da para mucho café. Espero que tanto café no le impida dormir: la idea de sus empleados pagado en negro parece que no, que nunca se lo ha impedido.
Un aspecto especialmente odioso de este escándalo son las justificaciones de los implicados. Recordemos que se trata de las personas en buena parte responsables de la creación y la venta de las participaciones preferentes. Se trata de instrumentos financieros complejos y de alto riesgo que los bancos, sobre todo Bankia, han vendido como inversiones seguras a pequeños ahorradores que han acabado perdiendo todo su dinero. La mayoría de los clientes eran pensionistas que buscaban una inversión segura para los ahorros de su vida y que--poco acostumbrados a las complejidades del mundo financiero--se fiaban del banco de que eran clientes desde siempre.
La defensa de los altos cargos de Bankia y Caja Madrid, incluso el Sr. Blesa, fue tajante hasta el insulto: quien compra una inversión es responsable de lo que compra, y quien firma un contrato sin leerlo o sin entenderlo no puede usar la ignorancia como escusa. Palabras insultantes porque entre los clientes se cuentan varias personas de más de 90 años e incluso un ciego.
Pero ahora, en el medio del escándalo de las tarjetas, la ignorancia es precisamente la escusa que buscan los que se consideraban genios de la financia: no sabían si la tarjetas eran de representación o privadas, no sabían si había que traer justificantes, no sabían si había que pagar impuestos sobre su sobresueldo. No sabían nada.
Para Blesa y sus amigos, un jubilado debería saber todo de una inversión compleja como las preferentes, y si no lo sabe la responsabilidad es suya. Pero según él es normal que los altos cargos de una entidad financiera ignoren adonde va y de donde viene el dinero de su tarjeta y, si no se enteran de que había que pagar impuestos sobre ellas, esto les exonera de responsabilidades.
Los humildes tienen que saberlo todo, pero los altos cargos y los poderosos se pueden permitir la ignorancia.
Spain is different.
Wednesday, 22 October 2014
El ébola en España: cronica de una chapuza anunciada
La Sra. Teresa Romero, la enfermera contagiada por ébola en Madrid, está fuera de peligro. Se trata, falta no hace decirlo, de una noticia buenísima, de que todos nos alegramos, y esperamos que también las personas que siguen en observación salgan de esta pesadilla.
También esperamos que ahora, finalmente, podamos hablar de la actuación del gobierno en este asunto sin desencadenar el ultraje de la derecha: durante las últimas dos semanas cada vez que alguien se atrevía a poner en entredicho la acción del gobierno era acusado, por cierta prensa de derechas, de usar una tragedia humana con fines políticos. Estos comentaristas olvidaban, me parece, que la decisión de repatriar a los misioneros con ébola fue una decisión política y, por tanto, que este asunto era político desde el principio. (También me hubiera gustado que estos comentaristas hubieran hecho muestra de los mismos criterios cuando el PP usaba las tragedias humanas del paro, de la inmigración, o de las víctimas del terrorismo con fines políticos. Pero sabemos que la memoria es imperfecta, y la memoria interesada lo es aún más). Ahora, pero, parece que ha llegado el momento de pedir al gobierno explicaciones sobre algunos puntos importantes.
También esperamos que ahora, finalmente, podamos hablar de la actuación del gobierno en este asunto sin desencadenar el ultraje de la derecha: durante las últimas dos semanas cada vez que alguien se atrevía a poner en entredicho la acción del gobierno era acusado, por cierta prensa de derechas, de usar una tragedia humana con fines políticos. Estos comentaristas olvidaban, me parece, que la decisión de repatriar a los misioneros con ébola fue una decisión política y, por tanto, que este asunto era político desde el principio. (También me hubiera gustado que estos comentaristas hubieran hecho muestra de los mismos criterios cuando el PP usaba las tragedias humanas del paro, de la inmigración, o de las víctimas del terrorismo con fines políticos. Pero sabemos que la memoria es imperfecta, y la memoria interesada lo es aún más). Ahora, pero, parece que ha llegado el momento de pedir al gobierno explicaciones sobre algunos puntos importantes.
- La decisión del gobierno de Esperanza Aguirre de desmantelar el centro infecciones del hospital Carlos III en 2012, el único centro que reunía, en parte, las condiciones para tratar enfermos de ébola. Como consecuencia de esta decisión, España ha llegado a esta crisis sin un hospital en condiciones.
- La decisión de repatriar a los enfermos. Se trata de una decisión arriesgada en vista de las condiciones creadas por el punto 1, y de una decisión que iba en contra de los consejos de los epidemiólogos y de los médicos. Estos apuntaban a como en el caso de una infección (máxime de una enfermedad que no tiene cura), no es aconsejable sacar a los pacientes de la zona del contagio, para evitar el riesgo de difusión. Se podía haber enviado un hospital militar o médicos para dar a los pacientes los paliativos que se le han dado en Madrid. Pero la decisión, tomada por políticos en contra de la opinión de los técnicos, fue la repatriación.
- Las condiciones en que se han tratado los enfermos. Llama la atención que la organización médicos sin frontera haya conseguido, en África y en el medio de una situación que se escapaba de su control (no han, claramente, decidido ellos el momento y la extensión de la epidemia), crear un centro de nivel de seguridad P4 mientras el gobierno de España, en un país supuestamente desarrollado y en una situación controlada (ellos han decidido cómo y cuándo repatriar), sólo hayan conseguido un centro de nivel 2 muy imperfecto.
- La falta de formación del personal. El personal especializado ya se había ido en 2012 cuando se cerró el Carlos III. El personal no especializado que quedaba ha recibido como única formación un cursillo de 30 minutos en que ni siquiera hacían prácticas para ponerse y quitarse el traje. Esto para los afortunados: resulta ahora que muchos enfermeros recién vueltos de vacaciones (estábamos, recordamos, en Julio) han sido enviado directamente sin ninguna formación. Esto en contraste con los citados médicos sin fronteras, que entrenan su personal sanitario con un curso de dos semanas, seguido por una temporada tutorizada en el hospital.
- Las faltas en el protocolo. Cámaras que no funcionaban, supervisión inexistente a la hora de quitarse los trajes, etc.
- La falta de un protocolo de seguimiento, denunciada por los sanitarios en contradición con las declaraciones del consejero de salud de Madrid. La Sra. Romero debía tener un número especial, reservado para los sanitarios que habían estado en contacto con los enfermo, y a los primeros síntomas, debía ser trasladada al Carlos III con una ambulancia aislada. Pero cuando llamó al Carlos III se le dijo que tenía que ir a su hospital de referencia, donde fue trasladada con una ambulancia no aislada que se continuó usando toda la noche, exponiendo al contagio el personal y siete pacientes más.
- La actuación vergonzosa de la ministra que en dos ruedas de prensa no tuvo nada que decir. Tan vergonzosa que el mismo Rajoy la ha desacreditado, dado que la comisión especial que se ha creado (demasiado tarde) es presidida por Soraya Saez de Santamaría, y no por la ministra.
- La actuación infame del consejero de Sanidad de Madrid, Francisco Javier Rodríguez Rodríguez, que intentó que toda la culpa recayera sobre la Sra. Romero.
Friday, 17 October 2014
¿Quien dijo que la crisis era culpa nuestra?
Recientemente, la cancillera alemana Angela Merkel ha vuelto a declarar que todos los países deben cumplir el pacto de estabilidad o, en lenguaje más plano, que todos los países deben continuar con la austeridad y los recortes.
Se trata de una prueba más, si falta hacía, que en esta etapa del neoliberismo hemos entrado en el mundo del surreal. La austeridad ha causado la ruina social de Grecia, Portugal y España. Ya sabemos que no funciona, ya sabemos que la doctrina de la austeridad se basa en una teoría económica que se ha demostrado errónea, un artículo de 2010 de Carmen Reinhart and Kenneth Rogoff (Growth in Time of Debt, National Bureau of Economic Research working paper 15639) que contenía hipótesis dudosas y errores de cálculo. Pero Merkel, y Europa con ella, insiste en su rumbo.
De hecho, toda la crisis empezada en 2008 es un ejemplo se surrealismo. Se trata de una crisis financiera y del neoliberismo, una crisis provocada por la incapacidad y la codicia del capitalismo global. Se trata de una crisis que ha puesto en tela de juicio, una vez para todas, la supuesta racionalidad de los mercados.
Pero el capitalismo neoliberista está usando esta crisis para terminar su eliminación del estado de bienestar, para usar dinero público para sus negocios privados. Los que han causado la crisis están dando recetas sobre cómo salir. En un país como España donde el Estado tenía una deuda del 80% del PIB y los bancos tenían una del 250% del PIB son los bancos que están dictando las medidas para salir de la crisis.
Christian Laval y sus colegas, en su libro La nouvelle école capitaliste notan este absurdo: Si es cierto que el mercado ha sido brutalmente destituido de su lugar de gran fetiche, nunca antes los mercados y en particular los mercados financieros han tenido tanto poder frente a los gobiernos. Tras la fase de salvación de los bancos [con dinero público], calificada erróneamente como "vuelta al Keyesismo", la crisis ha sido un estímulo potente de las reformas neoliberales, y un acelerador de las injusticias sociales.
El neoliberismo ha conseguido convertir sus fracasos en medidas para reforzarse, ha conseguido convencernos que sus errores eran errores del Estado, y que el problema no era du deuda, sino la deuda del estado. La culpa es nuestra: los especuladores lo han dicho y repetido desde sus foros, y nosotros lo hemos creído. Pues, nos han mentido: no es el estado que ha vivido por encima de nuestras posibilidades, son ellos.
Se trata de una prueba más, si falta hacía, que en esta etapa del neoliberismo hemos entrado en el mundo del surreal. La austeridad ha causado la ruina social de Grecia, Portugal y España. Ya sabemos que no funciona, ya sabemos que la doctrina de la austeridad se basa en una teoría económica que se ha demostrado errónea, un artículo de 2010 de Carmen Reinhart and Kenneth Rogoff (Growth in Time of Debt, National Bureau of Economic Research working paper 15639) que contenía hipótesis dudosas y errores de cálculo. Pero Merkel, y Europa con ella, insiste en su rumbo.
De hecho, toda la crisis empezada en 2008 es un ejemplo se surrealismo. Se trata de una crisis financiera y del neoliberismo, una crisis provocada por la incapacidad y la codicia del capitalismo global. Se trata de una crisis que ha puesto en tela de juicio, una vez para todas, la supuesta racionalidad de los mercados.
Pero el capitalismo neoliberista está usando esta crisis para terminar su eliminación del estado de bienestar, para usar dinero público para sus negocios privados. Los que han causado la crisis están dando recetas sobre cómo salir. En un país como España donde el Estado tenía una deuda del 80% del PIB y los bancos tenían una del 250% del PIB son los bancos que están dictando las medidas para salir de la crisis.
Christian Laval y sus colegas, en su libro La nouvelle école capitaliste notan este absurdo: Si es cierto que el mercado ha sido brutalmente destituido de su lugar de gran fetiche, nunca antes los mercados y en particular los mercados financieros han tenido tanto poder frente a los gobiernos. Tras la fase de salvación de los bancos [con dinero público], calificada erróneamente como "vuelta al Keyesismo", la crisis ha sido un estímulo potente de las reformas neoliberales, y un acelerador de las injusticias sociales.
El neoliberismo ha conseguido convertir sus fracasos en medidas para reforzarse, ha conseguido convencernos que sus errores eran errores del Estado, y que el problema no era du deuda, sino la deuda del estado. La culpa es nuestra: los especuladores lo han dicho y repetido desde sus foros, y nosotros lo hemos creído. Pues, nos han mentido: no es el estado que ha vivido por encima de nuestras posibilidades, son ellos.
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