La derecha económica española (PP, PSOE, y algunos partidos menores en número de votos pero no en representación) nos sigue proponiendo el mito industrial del capitalismo, según el cual los ciudadano tienen que sacrificarse por el bien de la economía, es decir, por el bien de las empresas. Se trata de un viejo mito, que en algún momento hasta ha funcionado relativamente bien. El mito nos dice que un país tiene que ayudar sobre todo a las empresas (y, por supuesto, a los empresarios), ya que cuando las empresas ganan dinero, crean puestos de trabajo, con los puestos de trabajos hay sueldos, y con los sueldos hay impuestos, comercio, y todos los servicios públicos que vienen con ello. Si la industria gana, todos ganan.
Se trata de un mito de los viejos tiempo, de cuando el capitalismo era industrial y su principal objetivo era la producción. El mito, lamentablemente, se ha vuelto patas arriba con el cambio del capitalismo industrial (basado en la producción) al capitalismo financiero (basado en la especulación). El nuevo capitalismo ya no necesita compartir nada, y ya no es cierto que cuando las empresas ganan dinero crean puestos de trabajo.
El caso más reciente en España es el de la empresa de telecomunicaciones Telefónica. El año pasado, en el medio de la crisis, Telefónica ha aumentado su rentabilidad. Para congratularse del buen trabajo hecho, los altos cargos de la empresa se han asignado bonuses por 450 millones de Euro. Al principio del año, la empresa anunció su intención de despedir a 5000 personas pero, ya que las cosas les van también y que le sobra dinero para los bonuses, la empresa ha cambiado idea: ahora va a despedir 8000.
El mito del bien de la empresa conectado con el bien de los trabajadores ya se ha derrumbado en el capitalismo especulativo. Las empresas, la producción y la satisfacción de necesidades ya no son la base de la economía. El capitalismo especulativo, que genera ganancias enormes sin producir riqueza, está en control, dirige el desarrollo economico y establece las políticas económicas y, cada día más, sociales.
La economía era (debería ser) una disciplina que estudia como satisfacer, a través de la producción, cierto tipo de necesidades materiales de las personas. Ya es otra cosa. Ya la economía no tiene nada que ver con las necesidades, sino de un juego abstracto que sólo tiene que ver con ciertos nñumeros almacenados en los ordenadores de los banco. Ya no tiene que ver ni con el dinero, ya que, desde que en 1973 el dólar se desvinculó del oro, el dinero es un concepto abstracto, sin conexión cierta con ningún tipo de riqueza.
La economía se ha transformado de instrumento en dueño, y hemos llegado al absurdo de que se nos pide renunciar a nuestras necesidades por el bien del instrumento que debía servir para satisfacerlas. Es como si compraramos un martillo para colgar un cuadro, y luego nos dijeran que no podemos colgar el cuadro para no rayar el martillo. Y lo peor es que lo creemos.
Tuesday, 12 July 2011
Monday, 23 May 2011
Las redes sociales, acampadas en la Puerta del Sol
No hay duda que las manifestaciones del 15 de Mayo han sido un éxito rotundo. Se han tenido manifestaciones en 50 ciudades de España, llegando a reunir 15.000 personas en Barcelona y 20.000 en Madrid. Se trata también de una dramática demostración del poder de movilización de los nuevos medios de interacción social. Las redes sociales, también, han sido los grandes ganadores del 15 de Mayo y los propulsores del movimiento que, en el momento en que se escriben estas notas, sigue acampado en la Puerta del Sol de Madrid.
Sin embargo, la misma ocasión que ha puesto en luz el poder de las redes, también nos alerta sobre sus posible limitaciones y ambigüedades, aspecto que hay que estudiar y entender si queremos transformar la red en un verdadero instrumento de progreso social.
Sin embargo, la misma ocasión que ha puesto en luz el poder de las redes, también nos alerta sobre sus posible limitaciones y ambigüedades, aspecto que hay que estudiar y entender si queremos transformar la red en un verdadero instrumento de progreso social.
Las redes sociales han demostrado su capacidad para coagular una generica insatisfacción en un movimiento real y activo, pero no es todavía claro como usar la red para elaborar el discurso político de este movimiento. Notamos, por ejemplo, que el movimiento del 15 Mayo proclama su desconfianza en el voto. Se trata de un planteamiento radical frente a una de las bases del estado liberal y de una sugerencia de nuevas formas de representación ciudadana. Un planteamiento de esta magnitud debe ser seguido por una elaboración teórica y política adecuada. ¿Cual será la contribución de las redees sociales en esta elaboración? ¿Que organizaciones de red son las más adecuada para favorecerla? Se trata de problemas abiertos que el movimiento ha planteado y que la red debe resolver.
Por el momento, parece, los medios de comunicación tradicional siguen teniendo la ventaja, por lo menos fuera del movimiento.
El lunes 16 los medios tradicionales, que ya no podían ignorar el éxito de la manifestación, resaltaron de manera prácticamente unánime la naturaleza no política del movimiento. Se trata de una afirmación por lo menos ambigua (es cierto que el movimiento se centra en temas económicos muy específicos, pero ¿como se puede afirmar, en esta situación, que cuestionar el papel de los banco y de las organizaciones financieras no constituye una acción política?) que el movimiento debe encontrar la manera de contrastar. Pero, ¿es suficiente contrastarla en las redes sociales? Los canales de extrae derecha (Intereconomía, VEO7) han intentado reducir el movimiento a una banal maniobra electoral insinuando que detrás de los manifestantes está el PSOE. Se trata de una mala interpretación interesada y vulgar, pero, ¿como contrastarla de una manera que llegue a quien ha sido sujeto a ella? Se trata, por un lado, de problemas políticos para el movimiento y, por el otro, de un problema semiótico nuevo para las redes sociales: como extender su código a las personas que, hasta ahora, han permanecido fuera de ellas. No todas las personas que esperan un cambio político tienen una conexión ADSL.
La importancia que todavía tienen los medios de comunicación tradicional (y la urgencia de quitarle el monopolio simbólico) es revelada por otro detalle. En la noche de martes a miércoles, para desalojar la Puerta del Sol de Madrid, la policía esperó que fueran las 5 de la madrugada. No se trataba simplemente de esperar el momento en que los acampados estaban más vulnerables (en todos los regímenes, los arrestos políticos se hacen a primera hora de la mañana), sino de esperar el momento en que no estuvieran los periodista y las cameras de la televisión. A pesar del poder de coagulación que las redes sociales han demostrado, todavía vivimos en la sociedad de Baudrillard, donde lo que no aparece en televisión no existe. Se trata de un problema que, en algún momento, el movimiento tendrá que resolver.
También hay que destacar que las redes sociales, así como están organizadas hoy, juegan un papel de alguna manera ambiguo frente a los movimientos progresistas. No podemos olvidar que la mayoría de las redes sociales se apoyan en sitios web como facebook o tuenti, controlados por grandes empresas. Se trata de organizaciones emblemáticas de la misma lógica neoliberista en contra de la cual protestan los manifestantes del 15 de Mayo. Y los recientes escándalos sobre el abuso de datos de usuarios por parte de facebook y la fabricación de información para dañar a google demuestran que no se trata de corporaciones al margen del sistema, sino de empresas que encarnan y usan todo el peso del poder económico propio del neoliberalismo.
Hay por tanto una contradicción de base en el uso de las redes sociales por medio de organizaciones progresistas: estamos combatiendo al capitalismo global usando armas en mano del mismo capitalismo global.
El capitalismo global pone la economía por encima de la política, y no duda en proporcionar servicios a movimientos políticamente anticapitalistas. Pero sería un error leer esta disponibilidad como una vocación al suicidio. El capitalismo ha demostrado muchas veces que sabe como defenderse, y no es claro lo que podría pasar si en algún momento estos movimientos progresista se hicieran bastante fuertes como para amenazar la posición económica de empresas como facebook.
Para que las redes sociales sigan funcionando como coagulante de movimientos progresistas, es imperativo que se cree una red fuera del alcance de las grandes empresas, posiblemente una red social de tipo perito-peer, sin servidores centrales y, por tanto, sin puntos vulnerables.
Se trata de una tarea tecnológica, cierto. Pero en este momento el desarrollo de esto tipo de red es quizás la ayuda más grande que la tecnología puede prestar al cambio político.
Tuesday, 19 April 2011
Una carcajada os informará
Los usuarios de internet han seguido con gran atención la entrevista del cómico Andreu Buenafuente a la ministra de Cultura Ángeles Gonzales-Sinde. La ministra, que ha dado nombre (quizás injustamente) a la impopular (esto sí, justamente) ley sobre las descargas ilegales, no es precisamente una de las favoritas para ganar el título de "miss popularidad" entre los usuarios de internet (los llamados internáutas). Tras la entrevista, este colectivo ha reprochado a Buenafuente una excesiva amabilidad con quien es, y esto es poco decir, un ministro muy "e-controvertido".
No soy un partidario de la ley Sinde, ni mucho menos. Me parece un instrumento de la arrogancia de las empresas que controlan los derechos de propiedad intelectual (por cierto, derechos que las empresas se niegan rotundamente a considerar como derechos naturales de los autores), que intentan continuar con una normativa de tipo industrial que les favorece en una época post-industrial en que su modelo de negocio carece completamente de sentido. Una ley absurda y anacrónica que defiende intereses particulares por encima del interés público y de los cambios sociales y tecnológicos.
A pesar de todo esto, la protesta de los internáutas me parece un poco absurda y muy preocupante.
Absurda porque, pues, Buenafente es un cómico, alguien que hace un programa en la linea general del "buenrollismo" y que siempre, en sus entrevista, se ocupa más de sacar una sonrisa que una controversia. Se trata de un programa de entretenimiento, y no de un reportaje.
Justamente por esto la protesta me parece preocupante. (Mejor dicho: me parece preocupante que existan las condiciones en que semejante protesta se pueda plantear.) la protesta señala, temo, que ya nos hemos hecho con la idea que el periodismo ha muerto, que los programas "de información" no nos van a informar y que no podemos esperar nada de los telediarios y de los reportajes sino pseudo-información al servicio de los intereses comerciales. La basura ha invadido todo el espacio de la televisión "seria", la presión sobre los periodistas y la manipulación de las noticias ha vaciado de contenidos fiables el periodismo que tradicionalmente nos informaba.
La comedia es la única esperanza que nos queda. Ya que su objetivo es sólo hacernos reír, tenemos la esperanza de que las presiones y las manipulaciones la haya dejado relativamente libre, y que allí, en el ámbito de lo cómico, se puedan decir cosas que el periodismo ya no se atreve a decir.
La decepción para la entrevista "blanda" de Buenafuente es una señal de las expectativas que les usuarios de internet tenían sobre su programa y estas, a la vez, son votos de desconfianza hacia el periodismo.
El problema es que internet podría tener razón. Hace uno años en EE.UU. se intentó determinar el grado de cocimiento de los asuntos políticos y sociales en grupos de personas que usaban la televisión como medio principal de información. Se estudiaron dos grupos: uno de "usuarios" de telediarios y programas tradicionales de información, el otro de programas satíricos como el "Jon Stewart Show" (un programa en el estilo de "El intermedio" pero más duro y enfadado). Resultó que el público de los programas satíricos era mucho más informado del publico de los telediarios, mucho más al día de los asuntos políticos.
Con la crisis del periodismo y la expansión de la televisión basura que lo ha prácticamente englobado, la televisión satírica parece ser el último foro donde se puedan presentar y debatir los asuntos públicos. Buenafuente o El Gran Wyoming tendrán que asumir una responsabilidad frente a la sociedad que nunca habrían imaginado.
EL futuro de la información está en las manos de los cómicos y de los payasos.
Si consideramos que los dictadores, los presidentes de grandes empresas y los banqueros raramente tienen sentido del humor, pues, hay manos peores.
(P.D. El título es una paráfrasis del eslógan "Una risata vi seppellirà" ("Una carcajada os sepultará"), uno de los más famosos del movimiento del 1968 en Italia.)
No soy un partidario de la ley Sinde, ni mucho menos. Me parece un instrumento de la arrogancia de las empresas que controlan los derechos de propiedad intelectual (por cierto, derechos que las empresas se niegan rotundamente a considerar como derechos naturales de los autores), que intentan continuar con una normativa de tipo industrial que les favorece en una época post-industrial en que su modelo de negocio carece completamente de sentido. Una ley absurda y anacrónica que defiende intereses particulares por encima del interés público y de los cambios sociales y tecnológicos.
A pesar de todo esto, la protesta de los internáutas me parece un poco absurda y muy preocupante.
Absurda porque, pues, Buenafente es un cómico, alguien que hace un programa en la linea general del "buenrollismo" y que siempre, en sus entrevista, se ocupa más de sacar una sonrisa que una controversia. Se trata de un programa de entretenimiento, y no de un reportaje.
Justamente por esto la protesta me parece preocupante. (Mejor dicho: me parece preocupante que existan las condiciones en que semejante protesta se pueda plantear.) la protesta señala, temo, que ya nos hemos hecho con la idea que el periodismo ha muerto, que los programas "de información" no nos van a informar y que no podemos esperar nada de los telediarios y de los reportajes sino pseudo-información al servicio de los intereses comerciales. La basura ha invadido todo el espacio de la televisión "seria", la presión sobre los periodistas y la manipulación de las noticias ha vaciado de contenidos fiables el periodismo que tradicionalmente nos informaba.
La comedia es la única esperanza que nos queda. Ya que su objetivo es sólo hacernos reír, tenemos la esperanza de que las presiones y las manipulaciones la haya dejado relativamente libre, y que allí, en el ámbito de lo cómico, se puedan decir cosas que el periodismo ya no se atreve a decir.
La decepción para la entrevista "blanda" de Buenafuente es una señal de las expectativas que les usuarios de internet tenían sobre su programa y estas, a la vez, son votos de desconfianza hacia el periodismo.
El problema es que internet podría tener razón. Hace uno años en EE.UU. se intentó determinar el grado de cocimiento de los asuntos políticos y sociales en grupos de personas que usaban la televisión como medio principal de información. Se estudiaron dos grupos: uno de "usuarios" de telediarios y programas tradicionales de información, el otro de programas satíricos como el "Jon Stewart Show" (un programa en el estilo de "El intermedio" pero más duro y enfadado). Resultó que el público de los programas satíricos era mucho más informado del publico de los telediarios, mucho más al día de los asuntos políticos.
Con la crisis del periodismo y la expansión de la televisión basura que lo ha prácticamente englobado, la televisión satírica parece ser el último foro donde se puedan presentar y debatir los asuntos públicos. Buenafuente o El Gran Wyoming tendrán que asumir una responsabilidad frente a la sociedad que nunca habrían imaginado.
EL futuro de la información está en las manos de los cómicos y de los payasos.
Si consideramos que los dictadores, los presidentes de grandes empresas y los banqueros raramente tienen sentido del humor, pues, hay manos peores.
(P.D. El título es una paráfrasis del eslógan "Una risata vi seppellirà" ("Una carcajada os sepultará"), uno de los más famosos del movimiento del 1968 en Italia.)
Thursday, 24 March 2011
La arquirtectura del castigo
La Universidad Autónoma de Madrid ha construido, justo frente a la estación de Cercanías del Campus, un quiosco de informaciones. Se trata de una estructura geométrica irregular de de líneas rectas, ángulos agudos y protuberancias, de un diseño que parece haber sido olvidado en un cajón en 1985 y sólo ahora descubierto. Más que la forma inquietan, de este quiosco, el material, la textura y el color.La estructura es maciza, de metal gris-casi-negro, con una textura mate y porciones hechas con una red de malla metálica muy cerrada. Hasta las ventanas están, cuando se cierran, tapadas con esta mallas. Por color y detalles, la construcción recuerda, de manera inquietante, algo que podría encontrarse dentro de una cárcel de máxima seguridad.
Todo esto es ejemplo de una costumbre que no se limita a la Universidad Autónoma y ni siquiera a España, sino que parece típica de muchos países latinos. Parece que se hace un esfuerzo especial y consciente para transformar cada ambiente de trabajo en un entorno extremadamente desagradable.
Desde las oficinas con pintura amarilla hasta la máquina del café que muchas empresas instalan para que sus empleados no visiten un Café en condiciones, las empresas (y, en medida aún mayor, la administración pública) se esfuerzan en transformar nuestro entorno de trabajo, si no en un castigo, por lo menos en algo que se le parece bastante.
En la Universidad de California tenía la costumbre, siempre que tenía que hacer un trabajo durante el cual no quería ser molestado, de instalarme en uno de los muchos Cafés del Campus. En la Autónoma he tenido que abandonar esta costumbre (con mucho dolor y cierto perjuicio de mi productividad) porque no hay café: sólo hay cafetería ruidosas y poco acogedoras. Una pena. (Los colegas tampoco ayudan: cuando comento que me gustaría trabajar en el entorno de un Café acogedor, me miran como a un bicho raro.)
Las razones de este afán latino hacia entornos de trabajo desagradables no son muy claras. Se trata quizás de una herencia Católica. Según la moral Católica, estamos en la Tierra para sufrir y para expiar pecados, y todo lo agradable, todo los que nos gusta, debe mirarse con sospecha. El diablo nos espera detrás de cada placer. Esta, por lo menos, era la posición de la mayoría Católica en los siglos pasados. Hoy en día esta posición no puede mantenerse en su forma más estricta porque choca con las exigencias del mercado. El mercado necesita convencernos de que consumir es divertido y que comprar es una actividad éticamente positiva (no es por casualidad que el mercado no lo han inventado los Católicos sino los Protestantes y que, como escribía Weber, el capitalismo sólo podía originarse dentro de la ética Protestante). Hasta los Católicos han tenido que resignarse a la idea que, en ciertas ocasiones, un ilusorio disfrute éticamente positivo pueda resultar útil y tenga que ser promovido. Pero el disfrute no puede ser un fin en si mismo, y si el consumo se transforma en un disfrute es necesario, para compensar, que el trabajo se transforme en una tortura, y que se usen todos los medios arquitectónicos que tengamos para reforzar la idea de que trabajamos para sufrir y que si no estamos sufriendo, es que no estamos trabajando bien.
Todo esto es ejemplo de una costumbre que no se limita a la Universidad Autónoma y ni siquiera a España, sino que parece típica de muchos países latinos. Parece que se hace un esfuerzo especial y consciente para transformar cada ambiente de trabajo en un entorno extremadamente desagradable.
Desde las oficinas con pintura amarilla hasta la máquina del café que muchas empresas instalan para que sus empleados no visiten un Café en condiciones, las empresas (y, en medida aún mayor, la administración pública) se esfuerzan en transformar nuestro entorno de trabajo, si no en un castigo, por lo menos en algo que se le parece bastante.
En la Universidad de California tenía la costumbre, siempre que tenía que hacer un trabajo durante el cual no quería ser molestado, de instalarme en uno de los muchos Cafés del Campus. En la Autónoma he tenido que abandonar esta costumbre (con mucho dolor y cierto perjuicio de mi productividad) porque no hay café: sólo hay cafetería ruidosas y poco acogedoras. Una pena. (Los colegas tampoco ayudan: cuando comento que me gustaría trabajar en el entorno de un Café acogedor, me miran como a un bicho raro.)
Las razones de este afán latino hacia entornos de trabajo desagradables no son muy claras. Se trata quizás de una herencia Católica. Según la moral Católica, estamos en la Tierra para sufrir y para expiar pecados, y todo lo agradable, todo los que nos gusta, debe mirarse con sospecha. El diablo nos espera detrás de cada placer. Esta, por lo menos, era la posición de la mayoría Católica en los siglos pasados. Hoy en día esta posición no puede mantenerse en su forma más estricta porque choca con las exigencias del mercado. El mercado necesita convencernos de que consumir es divertido y que comprar es una actividad éticamente positiva (no es por casualidad que el mercado no lo han inventado los Católicos sino los Protestantes y que, como escribía Weber, el capitalismo sólo podía originarse dentro de la ética Protestante). Hasta los Católicos han tenido que resignarse a la idea que, en ciertas ocasiones, un ilusorio disfrute éticamente positivo pueda resultar útil y tenga que ser promovido. Pero el disfrute no puede ser un fin en si mismo, y si el consumo se transforma en un disfrute es necesario, para compensar, que el trabajo se transforme en una tortura, y que se usen todos los medios arquitectónicos que tengamos para reforzar la idea de que trabajamos para sufrir y que si no estamos sufriendo, es que no estamos trabajando bien.
Tuesday, 8 February 2011
Viva el mercado. Sin competencia, of course.
Para resolver la crisis causada por los mercados, la retórica de los mercado propone una sola solución: más mercado. Como si para reparar una pierna fracturada la mejor receta fueran un par de golpes más de martillo.
En realidad, el recurso al mercado es a menudo un truco retórico, una cortina de humo; lo que se pide de verdad es más privado y menos público. Se trata de dos cosas bien diferentes.
Lo vemos de manera muy evidente en el caso de las privatizaciones. Los mercado han exigido privatizaciones y el gobierno, que como muchos gobierno ya no tiene la posibilidad de oponerse a los mercados, ha decidido privatizar parte de AENA y parte de la Lotería del Estado. Se trata, como todas las privatizaciones del mismo tipo que se están llevando a cabo en Europa, de monstruos sin ningún sentido, no sólo desde el punto de vista social, sino tampoco desde el punto de vista económico capitalista.
El capitalismo postula, para su funcionamiento, mecanismos de mercado, y el mercado se basa en la libre competición y la competencia. Pero, ¿como puede haber competencia en una empresa como AENA que, por su misma naturaleza, trabaja en régimen de monopolio? Hay actividades que, por su misma naturaleza, escapan a los mecanismos de mercado, algo que Adam Smith, uno de los padres del capitalismo moderno, sabía muy bien, pero que sus descendientes, muy oportunamente, parecen haber olvidado.
La razón oficial para privatizar empresas monopolistas o, peor, servicios públicos es el ahorro. Supuestamente, una gestión privada haría estos servicios menos caros para la colectividad. pero hay que analizar atentamente los flujo de dinero que se producen. Por un lado, los empleados de las empresas privatizadas verían disminuir sus sueldos y sus servicios sociales (y no estamos hablando aquí de situaciones de escándalo como la de los controladores aéreos, sino de empleado con un sueldo medio). Algunos de ellos perderían el trabajo sin más, como efecto de la "racionalización". Estos ahorros, en buena parte, irían para generar un útil para la empresa, para genera dividendos para sus accionista, y para que la cotización de las acciones suba. En práctica, buena parte del dinero que se quitaría de los bolsillos de los trabajadores de las empresas privatizadas, terminaría en los bolsillos de los accionistas. Se trata, pues de una operación de redistribución de riqueza en sentido vertical, una operación que, al final, termina concentrando más riqueza donde ya había y eliminándola donde ya había poca. En fin, una perfecta operación de capitalismo neoliberal.
Con las privatizaciones de servicios públicos que operan en régimen de monopolio (ni podrían operar de otra manera) nos llevamos lo peor de los dos mundos. No tendremos ninguna de las ventajas que derivan del sistema de libre competencia, y todavía tendremos que pagar para que las empresas privadas distribuyan un útil a sus accionistas.
Horkheimer llamaba "capitalismo de estado" el régimen pseudo-comunista de Stalin, opinando que todo lo que había hecho era remplazar un gran número de capitalistas que operaban en régimen de libre competencia con uno solo: el estado. Podríamos decir que algo parecido está pasando con el neoliberismo y sus operaciones de concentración de riqueza. Un comunismo privado que todos nosotros seremos llamados a pagar.
En realidad, el recurso al mercado es a menudo un truco retórico, una cortina de humo; lo que se pide de verdad es más privado y menos público. Se trata de dos cosas bien diferentes.
Lo vemos de manera muy evidente en el caso de las privatizaciones. Los mercado han exigido privatizaciones y el gobierno, que como muchos gobierno ya no tiene la posibilidad de oponerse a los mercados, ha decidido privatizar parte de AENA y parte de la Lotería del Estado. Se trata, como todas las privatizaciones del mismo tipo que se están llevando a cabo en Europa, de monstruos sin ningún sentido, no sólo desde el punto de vista social, sino tampoco desde el punto de vista económico capitalista.
El capitalismo postula, para su funcionamiento, mecanismos de mercado, y el mercado se basa en la libre competición y la competencia. Pero, ¿como puede haber competencia en una empresa como AENA que, por su misma naturaleza, trabaja en régimen de monopolio? Hay actividades que, por su misma naturaleza, escapan a los mecanismos de mercado, algo que Adam Smith, uno de los padres del capitalismo moderno, sabía muy bien, pero que sus descendientes, muy oportunamente, parecen haber olvidado.
La razón oficial para privatizar empresas monopolistas o, peor, servicios públicos es el ahorro. Supuestamente, una gestión privada haría estos servicios menos caros para la colectividad. pero hay que analizar atentamente los flujo de dinero que se producen. Por un lado, los empleados de las empresas privatizadas verían disminuir sus sueldos y sus servicios sociales (y no estamos hablando aquí de situaciones de escándalo como la de los controladores aéreos, sino de empleado con un sueldo medio). Algunos de ellos perderían el trabajo sin más, como efecto de la "racionalización". Estos ahorros, en buena parte, irían para generar un útil para la empresa, para genera dividendos para sus accionista, y para que la cotización de las acciones suba. En práctica, buena parte del dinero que se quitaría de los bolsillos de los trabajadores de las empresas privatizadas, terminaría en los bolsillos de los accionistas. Se trata, pues de una operación de redistribución de riqueza en sentido vertical, una operación que, al final, termina concentrando más riqueza donde ya había y eliminándola donde ya había poca. En fin, una perfecta operación de capitalismo neoliberal.
Con las privatizaciones de servicios públicos que operan en régimen de monopolio (ni podrían operar de otra manera) nos llevamos lo peor de los dos mundos. No tendremos ninguna de las ventajas que derivan del sistema de libre competencia, y todavía tendremos que pagar para que las empresas privadas distribuyan un útil a sus accionistas.
Horkheimer llamaba "capitalismo de estado" el régimen pseudo-comunista de Stalin, opinando que todo lo que había hecho era remplazar un gran número de capitalistas que operaban en régimen de libre competencia con uno solo: el estado. Podríamos decir que algo parecido está pasando con el neoliberismo y sus operaciones de concentración de riqueza. Un comunismo privado que todos nosotros seremos llamados a pagar.
Monday, 27 December 2010
Como el mercado transforma un fracaso en un triunfo
Hace poco más de un año, el sistema financiero internacional vivía su crisis más profunda desde 1929, y se temía por la supervivencia de los bancos. Hubo un mea culpa capitalista casi generalizado, mientras los grandes operadores declaraban que el sistema sin reglas que se había venido formando desde los años 70 había sido un error, y pidiendo a gran voz la intervención de los gobiernos. Lo que hasta entonces se había llamado con desprecio comunismo se convertía en la única posible salida del callejón en que el capitalismo mundial se había metido. Que vengan los gobiernos, y que salven el sistema, financiando los bancos y haciéndose cargo de los riesgos de la financiación.
Un año después de que los gobiernos se endeudaran para salvar los mercados, los mercados han dictaminado que los gobiernos tienen demasiada deuda y han impuesto su receta para obviar a la situacción. Receta que, por supuesto, es la de siempre: recortar el gasto social y aceptar la inevitabilidad del mercado.
Los mercados, no sólo están consiguiendo que el coste de esta crisis caiga en las clases sociales que no la han causado y que se han visto más afectadas por ellas, al mismo tiempo están usando el fracaso (previsible y previsto) del sistema neoliberal para impulsar aún más los principios del neoliberalismo. El neoliberalismo seguirá afirmandose, y el precio de sus errores no lo paguerán los banqueros y los inversores, sino los parados y los obreros.
Hasta ahora el coste de eata politica lo han pagado sobre todo los países del llamado “tercer mundo”, paìses que a menudo han sido llevados al suicidio económico y social obligandolos a abrir sus mercados a las empresas occidentales, y niegandoles toda posibilidad de intervención estatal para defender sus productores locales (posibilidad que, por otro lado, los países desarrollados han usado sin problemas).
En tan sólo u año, las cosas han cambiado mucho. Una vez salido de lo más profundo de la crisis, una vez evitado el peligro inmediato, el capitalismo globalizado ha vuelto a enfrentarse a los gobiernos, y a dictaminar lo que tienen que hacer.
Un año después de que los gobiernos se endeudaran para salvar los mercados, los mercados han dictaminado que los gobiernos tienen demasiada deuda y han impuesto su receta para obviar a la situacción. Receta que, por supuesto, es la de siempre: recortar el gasto social y aceptar la inevitabilidad del mercado.
Los mercados, no sólo están consiguiendo que el coste de esta crisis caiga en las clases sociales que no la han causado y que se han visto más afectadas por ellas, al mismo tiempo están usando el fracaso (previsible y previsto) del sistema neoliberal para impulsar aún más los principios del neoliberalismo. El neoliberalismo seguirá afirmandose, y el precio de sus errores no lo paguerán los banqueros y los inversores, sino los parados y los obreros.
Al mismo tiempo, los mercados han conseguido usar las dificultades en que los gobiernos se han encontrado tras salvar a los bancos para reforzar la idea de que los gobiernos ya se encuentran en un regimen de soberanía limitada. En el panorama del capitalismo maduro, los gobiernos ya no tienen la libertad de decidir la dirección de su politica, poruqe los recursos financieros necesarios para la vida de un estado ya no están en sus manos. Ningún país hoy podría dobrevivir mucho tiempo sin la aprobación del FMI o del WTO, y las políticas de estos organismos han ido siempre y sólo en una dirección: la creacción de mercados abiertos y desprotegidos para la penetración de las empresas multinacionales.
Hasta ahora el coste de eata politica lo han pagado sobre todo los países del llamado “tercer mundo”, paìses que a menudo han sido llevados al suicidio económico y social obligandolos a abrir sus mercados a las empresas occidentales, y niegandoles toda posibilidad de intervención estatal para defender sus productores locales (posibilidad que, por otro lado, los países desarrollados han usado sin problemas).
Ahora, parece, los mercados se están preparando para la próxima batalla: la destrucción definitiva del estado de bienestar Europeo.
Friday, 10 December 2010
Sobre el respeto de la ley
Una mañana en la Gran Vía, en el cruce peatonal entre Fuencarral y Montera, se ilumina el verde para los peatones y, más o menos un segundo después, un coche atraviesa el cruce, claramente saltándose el semáforo en rojo. Por suerte, la gente había a penas empezado a cruzar, y nadie estuvo en peligro de ser atropellado. Un coche de la policía local estaba aparcado a poco metros del cruce.
Fue testigo de una escena similar hace unos años en los EE.UU. En esa ocasión el coche de la policía arrancó inmediatamente con la sirena encendida y paró al coche. Al conductor, seguramente, le cayó una buena multa y una marca en el carnet de conducir.
En este caso, el coche de la policía no se movió, y el culpable, seguramente feliz de haber ganado unos pocos metros (hay otro semáforo un poco más adelante, y en este tuvo que parar) continuó su camino.
Un acontecimiento banal, pero significativo de como en la sociedad española, a todos los niveles, el respeto de la ley parece más una alternativa minoritaria que una obligación. Comportamientos símiles se encuentran, temo, a todos los niveles. ¿Como podemos transformar España en un Estado de derecho si no somos capaces de aplicar ni una ley tan sencilla como la que dice que no se pasa con el semáforo en rojo? ¿Como, si aún la policía ve la aplicación de la ley como una opción y no como una obligación?
Fue testigo de una escena similar hace unos años en los EE.UU. En esa ocasión el coche de la policía arrancó inmediatamente con la sirena encendida y paró al coche. Al conductor, seguramente, le cayó una buena multa y una marca en el carnet de conducir.
En este caso, el coche de la policía no se movió, y el culpable, seguramente feliz de haber ganado unos pocos metros (hay otro semáforo un poco más adelante, y en este tuvo que parar) continuó su camino.
Un acontecimiento banal, pero significativo de como en la sociedad española, a todos los niveles, el respeto de la ley parece más una alternativa minoritaria que una obligación. Comportamientos símiles se encuentran, temo, a todos los niveles. ¿Como podemos transformar España en un Estado de derecho si no somos capaces de aplicar ni una ley tan sencilla como la que dice que no se pasa con el semáforo en rojo? ¿Como, si aún la policía ve la aplicación de la ley como una opción y no como una obligación?
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