Thursday, 20 January 2022

La falacia de "vacunarme es una elección personal y libre"

La armada de los antivacunas se compone de una pletora de componentes. Al nivel más bajo (desde el punto de vista de la racionalidad) encontramos los negacionistas puros, los que niegan que la covid exista, que sostienen que el número de muertos en 2020 y 2021 ha sido por debajo de la media histórica y que es toda una invención del gobierno, o de la UE, de la OMS, de la ONU, del FMI o de cualquier otra sigla (¿del GPS? ¿de la RAM?). Se trata de las mismas personas que sostienen que Elvis vive, que la CIA (¡la CIA! otra sigla sospechosa de haber inventado la covid) mató a Marilyn Monroe, o que el 11-S no había judíos en las torres gemelas. Es imposible tener la parvenza de una conversación racional con ellos, y no vale la pena intentarlo. Seguimos el consejo que Virgilio da a Dante Alighieri: "non ragioniam di lor, ma guarda e passa".

Luego hay la flotilla de los que aceptan la existencia de la covid pero rechazan la vacunación. Muchos consideran que la vacuna no funciona, que no se ha probado y que "Big Pharma" quiere usarnos como cobayas por su producto defectuoso. Creo que muchos aquí extienden indebidamente una crítica (que considero razonable y bien fundada) a las prácticas comerciales de las grandes farmacéuticas con una critica a la calidad de sus productos y a los protocolos que se han usado para validarlos. Lo único que puedo comentar a estas personas es que les deseo de todo corazón que no tengan nunca una enfermedad grave, dado que, siguiendo sus criterios, deberían rechazar los medicamentos creados por la misma "Big Pharma" y validado usando los mismos protocolos. Afortunadamente estas personas no han salido con la suya en el pasado, si no tendríamos todavía epidemias de viruela o de polio.

La parte más interesante de la armada antivacuna son las personas que no niegan la vacuna, pero consideran que vacunarse es una decisión personal, que es una cuestión de libertad personal y que por tanto no debería haber presión ni, mucho menos, obligación de vacunarse, en cuanto esto sería una limitación intolerable de su libertad a disponer de su cuerpo. Muchas de estas personas aceptan la idea que la vacuna reduce de mucho su probabilidad de acabar en el hospital, pero afirman que se trata de un riesgo personal que ellos están dispuesto a asumir. Dado que ellos son los que se enfermarán por falta de vacuna, su libertad no puede ser limitada.

Creo que el argumento puede ser válido para enfermedades no contagiosas y fuera de una situación de pandemia pero que en este caso falla en dos aspectos, uno estrictamente epidemiológico y el otro de logística hospitalaria. Los consideraré uno a la vez y luego consideraré si los principios que se han aplicado hasta ahora sobre limitaciones de la libertad personal son aplicables en este caso.

Consideremos primero la situación epidemiológica. El parámetro fundamental para determinar la evolución de una epidemia es el llamado $R_0$: el número medio de personas que un infectado contagia durante el periodo de tiempo en que es contagioso. Este parámetro es importante porque el número de nuevos infectados en un momento dado después del comienzo de la pandemia, $N(t)$ es

\[ N(t) = C e^{(R_0-1)t} \]

Si $R_0>1$ este número crece exponencialmente, mientras si $R_0<1$ este número se reduce también exponencialmente. Consideremos un ejemplo en que $R_0$ empieza con un valor bajo (digamos, $0.5$) crece hasta un valor mayor de $1$ (digamos $1.5$), queda en este valor durante $20$ días y luego vuelve a su valor inicial, como en el esquema siguiente

El número de contagiado en un momento dado depende de $R_0$ y crece muy rápidamente con el valor máximo de $R_0$. En la figura siguiente vemos la variación de la curva de contagiado si $R_0$ varia como en la figura anterior pero en un caso su valor máximo es $1.1$ mientras en el otro es $1.2$.

El pico de contagio crece muy rápidamente con el pico de $R_0$, un cambio de $0.05$ en el valor máximo de $R_0$ supone un cambio enorme en la curva de contagios, tanto que la curva más baja casi no se ve. La siguiente figura muestra, en un diagrama logarítmico, el valor de ese pico como función del valor máximo de $R_0$

La variación es representada por una línea recta en el diagrama logarítmico, lo que implica que se trata de una variación exponencial: aumentar $R_0$ en una décima multiplica el número de contagiados. En este caso se trata, claramente de valores teóricos: con una $R_0$ de tan sólo $1.5$ el número de contagiado supera con creces el número de habitantes de la tierra. Claramente, en una epidemia entrarían en juego más factores antes de poder llegar a este número (por ejemplo, a medida que la gente se contagia, queda menos gente para contagiarse, lo que cambia la dinámica de la curva).

Está claro que una variación en este parámetro tiene un impacto sustancial en toda la población: con el número de contagios aumenta el número de hospitalizados, el número de personas con covid permanente o efectos graves en el largo plazo y el número de fallecido. ¿Qué parámetros influye en este parámetro? Simplificando mucho las cosas, podemos escribir la siguiente ecuación:

\[ R_0 = \beta \times \Delta T \times N \]

Donde $\beta$ es la probabilidad que el contacto con una persona infectada resulte en un contagio, $\Delta{T}$ es la duración media de la infección contagiosa en una persona, y $N$ es el número medio de personas con que uno entra en contacto por unidad de tiempo. A la vez podemos escribir

\[ \beta = F \cdot c \cdot \tau \cdot s \]

Donde $c$ es la carga viral de la persona contagiada, $\tau$ es el porcentaje de carga viral que puede pasar del contagiado al no contagiado, $s$ es la susceptibilidad de la persona que potencialmente se contagia, y $F$ es na constante de normalización.

Las medidas de distanciamiento social reducen $R_0$ esencialmente reduciendo $N$: hacen que nos crucemos con menos personas por unidad de tiempo. La mascarilla reduce $\tau$, en cuanto limita la transmisión del virus de una persona contagiada a otra persona.

La vacuna opera sobre varios factores. Desde el lado de la persona vacunada contagiada, reduce $c$ (la carga viral) y $\Delta{T}$, en cuanto una persona vacunada, mediamente, tiene un periodo de contagio menor. Desde el punto de vista de la persona vacunada sana que entra en contacto con un contagiado, la vacuna reduce $s$, en cuanto es menos probable que el virus consiga infectar un contagiado.

Por tanto, desde el punto de vista epistemológico, no es correcto decir que la decisión de no vacunarse es una decisión personal que no tiene efecto sobre la salud de los demás. Al contrario, la vacuna, reduciendo el valor de $R_0$ limita las posibilidades de contagios para todos. Se trata de una decisión personal que tiene repercusiones en la salud de los demás.

A esto hay que añadir las consideraciones de logística hospitalaria. Incluso con la nueva variante y con la vacunación, existe una probabilidad (menor que en olas anteriores, pero no nula) que una persona necesite hospitalización, y esta probabilidad aumenta mucho con las personas no vacunada. De hecho, a pesar de que los no vacunados sean menos del 10% de la población adulta, constituyen la mayoría de los hospitalizados. En este caso también los que se oponen a la vacunación proponen el argumento de la elección personal: si se exponen al riesgo de hospitalización es un problema suyo que no tiene efecto sobre los demás.

Se trata, otra vez, de un principio que puede ser válido en condiciones normales, pero no lo es en una pandemia. En una pandemia como la de covid, los hospitales y sobre todo los centros de salud se colapsan, lo que implica quiere decir que no pueden atender otras patologías. Operaciones se ven retrasadas mientras las condiciones de los pacientes empeoras y el riesgo de efectos secundarios graves aumenta. Controles necesarios no se llevan a cabo por el colapso, y las condiciones de los pacientes empeoran. Puede que la decisión de no vacunarse cause más muertos y efectos secundarios permanentes entres los enfermos de otras patologías que entre los enfermos de covid.

A la base de la decisión de no vacunarse está, me parece, una falta de comprensión de las consecuencias globales de decisiones personales repetidas. Cada uno se repite que una persona no vacunada no cambia las cosas, pero cuando esta decisión se repite en miles o millones de individuos, las consecuencias pueden ser dramática.

Martin Gardner, en uno de sus artículos sobre juegos matemáticos (en particular, en su artículo sobre el dilema del prisionero) propone el concepto de "super-racionalidad". La idea es que si yo tomo una decisión que considero racionales, entonces los demás, siguiendo el mismo razonamiento, llegarán a la misma decisión. Por tanto, en una situación de racionalidad, debemos comportarnos como si nuestras decisiones personales racionales fueran tomada al mismo tiempo por todo el mundo (el razonamiento no se aplica, naturalmente, a decisiones que dependen de gustos individuales: su a una persona no le gusta el brécol, no es necesario que asuma que nadie comerá brécol). Se trata, al final, de la misma idea del imperativo categórico de Kant: "comportate de manera tal de poder desear que los principios de tu acción se transformen en máxima universal". En una situación como la que estamos viviendo, no existen decisiones personales que no influyen en los demás.

Esto nos lleva a la legitimidad del obligo de vacunas. ¿Es legítimo limitar la libertad de elección y obligar la gente a vacunarse? No quiero hablar aquí de la oportunidad de ese obligo (que en España, en la situación actual, es probablemente no necesario), sino de su legitimidad teórica.

Hay un principio bien establecido en los estados democrático: la libertad de una persona termina en el momento en que el ejercicio de su libertad puede o bien causar daño a otras personas o bien limitar la libertad de los demás. No tenemos la libertad de salir disparando por la calle, en cuanto se trata de un comportamiento peligroso; no tenemos la libertad de tirar basura tóxica a los ríos ni de conducir en el lado izquierdo de la carretera. Se trata de ejemplo un poco extremos, pero establecen un principio: no podemos hacer lo que nos da la gana si estas acciones constituyen un daño a los demás. Somos libres en nuestras elecciones personales, pero esta libertad se puede ver limitada en cuanto toca las relaciones interpersonales. Las consideraciones que hemos hecho hasta ahora demuestran, me parece, que en una situación de pandemia la decisión personal de no vacunarse crea una situación de riesgo para los demás. Es por tanto teóricamente posible aplicar el principio de la limitación de la libertad personal cuando constituye un daño para los demás.

Teóricamente posible, como he dicho. Que sea políticamente posible en la situación política actual de este país, o que sea incluso deseable dada la cantidad de vacunados, es otra cuestión.

Hay un dato preocupante. España es uno de los países con más vacunados del mundo si nos limitamos a las primeras dos dosis. Con la tercera dosis no vamos tan bien. No sé muy bien cuales son las razones de ese comportamiento (muy irracional) de los españoles, pero es posible que esto cambie las cosas y que incline la balanza hacia la necesidad de medidas más estrictas.

Tuesday, 4 January 2022

La crisis de la ciencia II: de la iglesia a la economía

La idea de una ciencia pura, abstracta, completamente separada de los problemas de la vida práctica, de una ciencia que se mueve sólo empujada por su curiosidad y su coherencia interna, esta idea del positivismo más radical, es tan palesemente falsa que, probablemente, ni siquiera Auguste Comte, en sus momentos de lucidez, llegaba a creersela.

La ciencia es una actividad humana y por tanto, parafraseando a X, nada de lo que es humano le es ajeno. Desde sus inicios la ciencia ha sido condicionada por la situación social y política: la ciencia moderna empieza con el mecenazgo, los debates públicos y los debates de sobremesa en las cortes barrocas, y los argumentos que un filósofo de corte debería manejar eran sobre todo los que despertaban la curiosidad de las cortes, o eran argumentos de debate público. Tampoco los métodos de la ciencia han sido nunca completamente objetivos y racionales. Por un lado, a la base de la ciencia está una creencia para-racional, es decir, que el mundo es previsible y que con la razón lo podamos, por lo menos en parte, entender. No se trata de una creencia racional, en cuanto es la premisa para que se pueda aplicar la racionalidad al estudio del mundo. Al margen de esta cuestión epistemológica, desde el principio hemos tenido ejemplo de científicos que han usado métodos menos que éticos en favor de sus teorías, sin preocuparse mucho de su verdad.

Un par de ejemplos ayudarán a aclarar este punto. En el Siglo XVII Galileo, uno de los fundadores de la ciencia moderna, era profesor de Matemáticas en la universidad de Padua. Pero en esa época, para tener prestigio un intelectual necesitaba el título de filósofo, y un obscuro matemático y profesor universitario no tenía muchas posibilidades de conseguirlo. Por esto, cuando Galileo se enteró de la invención del telescopio, lo perfeccionó y lo apuntó hacia el cielo: la astronomía era un campo en que se podían hacer descubrimientos que llevarían al añorado título. Y por esto, en el momento en que descubrió los satélites de Jupiter, los llamó siderea medicea, una dedicación a los Medicis que le ganó el título de filósofo de corte. Su carrera estaba hecha.

Galileo también estudió el problema de la flotabilidad de los cuerpos, e hipotizó que la flotabilidad depende sólo de la densidad de un cuerpo. El filósofo Delle Colombe pensaba, siguiendo Aristóteles, que la forma tenía algo que ver. Por esto propuso un experimento: si tomamos una hoja de ébano, hacemos una bolita y la tiramos al agua, esta se hunde. Pero si dejamos la hoja abierta y la posamos en el agua, esta flota. Por tanto, la forma influye en la flotabilidad. Hoy sabemos que Galileo tenía razón, y que la hoja flota por la tensión superficial del agua, pero en la época de Galileo esto no se sabía, y el experimento era perfectamente válido. Pero Galileo, en lugar de proponer otra interpretación u otro experimento (por ejemplo: poniendo la hoja un centímetro debajo del agua en lugar que en la superficie, se puede ver que esta también se hunde), usó su posición a corte y el poder de su mecenas Cosme II para atacar la credibilidad del filósofo, excluirlo del debate y con esto ganó la partida.

Que la ciencia no sea la empresa abstracta y ajena a las preocupaciones terrenales que Comte creía no implica que las presiones que ha recibido siempre hayan sido iguales. Tras un periodo inicial (de que volveremos a hablar) hasta la mitad del Siglo XIX, la ciencia fue una actividad para ricos aristócratas que no dependían de ella para vivir y que por tanto podían dedicarse más o menos a lo que querían. El mecenazgo también apuntaba más al prestigio que la ciencia podía proporcionar independientemente del tema tratado que a temas específicos, lo que proporcionó una cierta libertad al pensamiento científico. Esto no quiere decir que los científicos no tuvieran que implicarse en asuntos más prácticos: el mismo Galileo se ganó el sueldo como filosofo de corte creando dispositivos como el compás Militar, o haciendo cálculo de estabilidad como el que hizo para el monumento ecuestre de Felipe IV que se encuentra hoy en la Plaza de Oriente de Madrid.

Hacia la mitad del Siglo XIX la ciencia se institucionalizó y pasó a formar parte del mundo académico, gracias sobre todo a la reforma de la universidad alemana llevada a cabo por Humboldt y pronto imitada por casi todos los países europeos. Si esto ponía la ciencia bajo la influencia del estado (por lo menos en cuanto entidad que financiaba la investigación), esta influencia fue limitada por el carácter internacional de la ciencia, por lo menos hasta el estallar de la primera guerra mundial. Tras esta y, sobre todo, tras la segunda guerra mundial, asistimos a una creciente militarización de la ciencia y, también, a un cambio de énfasis de la ciencia a la tecnología, que prometía resultados de interés para los militares en tiempo más breve. A pesar de esto, las agencias civiles siguieron financiando la investigación de base, con la idea de que esta era necesaria para el desarrollo a largo plazo.

En los últimos 30 años, la financiación de la ciencia ha sido principalmente privada y con ella ha llegado la idea que la investigación pública puede ser aprovechada por entidades privadas. La comercialización de la investigación empieza al alba del poder neoliberal: el Bayh-Dole act, y el Stevenson-Wylder Technology innovation act, de 1980, permiten a las universidades apropiarse y vender en el mercado privado los resultados de las investigaciones que se han financiado con dinero público. Se trata de un momento clave, el momento en que la academia cambia su función de organismo al servicio de la cultura pública para transformarse en un gestor de investigación que sigue el modelo de la empresa privada.

Esta situación nos devuelve, de alguna manera, a los albores de la ciencia. En el Siglo XVII el mayor obstáculo a la libertad científica era de carácter ideológico: la Iglesia, que en ese momento tenía el dominio cultural y social, no podía tolerar nada que estuviera en contra de su ideología. Había una clara jerarquía: las escrituras (o su interpretación por parte de las iglesias) eran la verdad, y todo lo que iba en su contra debía ser perseguido. La ciencia tardó unos 100 años para liberarse de ese jugo en los países protestantes (después de Newton, en la Europa protestante, ya casi no hubo conflictos entre Iglesia y ciencia y cuando los hubo, como fue el caso del Darwinismo, el poder de las iglesias protestantes no era suficiente como para presentar un serio peligro para la ciencia). En los países católicos las cosas fueron más difíciles: la Iglesia Católica siguió viendo la ciencia, la industria y hasta la burguesía como productos protestantes y por tanto casi-heréticos. Fue sólo a finales del Siglo XIX, con la encíclica Rerum Novarum que las cosas empezaron, muy lentamente, a cambiar.

Hoy en día la situación se repite con un Dios diferente: la economía. Los medios, afortunadamente, han cambiado: ya no se hacen auto da fe con los científicos que no se conforman con la ortodoxia dominante, es suficiente denegarles los fondos. Así como la Iglesia en el Siglo XVII, la economía tiene una ideología y tiene el control político, y así como la Iglesia, no tolera ninguna organización que se salga de su esquema ideológico. El neoliberalismo no es sólo una doctrina de libre mercado y de dominación de la economía sobre la política, es una doctrina cultural que considera el modelo industrial como el único válido, un modelo a que todo tiene que conformarse (1). Locuciones hoy muy comunes tales como "ciencia y tecnología" (que une dos ámbitos culturales que poco tienen que ver el uno con el otro) revelan el nuevo papel que la economía ha asignado a la ciencia. El objetivo es producir resultados de inmediato interés industrial, a detrimento de estudios más significativos pero sin inmediato interés para la industria. Los resultados, es previsible, serán desastrosos ya sea desde el punto de vista cultural que, en el futuro, desde el punto de vista industrial. Si el modelo de investigación que se propone hoy hubiera estado en vigor en los siglos pasados, hoy no tendríamos ni electricidad, ni radio, ni circuitos integrados.

La organización del trabajo científico ha cambiado, imponiendo la lógica del retorno de inversión (ROI: return on investment) que penaliza la ciencia abstracta y el trabajo independiente frente a la ciencia aplicada y a los grandes proyectos planificados. Se intenta eliminar el factor de riesgo de la ciencia, eliminando con esto su vitalidad, lo que lleva Philippe Büttgen y Barbara Cassin a declarar que "la excelencia está matando la ciencia" (L'excellence, ce faux ami de la science, Liberation, 2 diciembre 2010). "La excelencia es el nombre de una perogrullada enorme y de un desastre científico. Unos cuantos buenos laboratorios, incluso excelentes, se han destrozado, han disuelto sus grupos de trabajos, cambiado su programa, excluido a unos investigadores y despedido a otros nada más que para entrar en el grupo de los «laboratorios de excelencia», un título sin fundamento científico, pero que resulta clave para conseguir financiación. Por el título atractivo de «centro de excelencia», las universidades se agrupan en monstruos de ineficacia que nada tienen que envidiar a los antiguos enchufes. Los proyectos que se proponen tienen la gracia de un diccionario de ideas recibidas, se habla de nanotecnologías y de los desafíos del futuro, palabras que gustan mucho a los vicedirectores ministeriales". Once años después, sólo cambiaría una palabra en este texto: hoy, para recibir financiación, en lugar de nanotecnologías hay que hablar de inteligencia artificial.

Gracias a la excelencia, la banalidad de los proyectos aumenta, los proyectos a riesgo disminuyen, y la diversidad entre las universidades desaparece: todo el mundo tiene que trabajar en lo mismo, porque sólo el conformismo será financiado. Cuatro siglos después de liberarse del jugo de la religión, la ciencia ha vuelto al punto de salida bajo el jugo de la nueva religión: el mercado. El mercado decide qué investigación se lleva a cabo y que no, casi siempre basándose en criterios de rentabilidad a corto plazo o, simplemente, de moda. La “big science”, la ciencia que se desarrolla con gr andes medios y, muy a menudo, pequeñas ideas, es un aspecto fundamental de este control. Grandes grupos que necesitan millones y grandes instalaciones harán ciencia más “segura” y “aplicada” que pequeños grupos que pueden asumir más riesgos. Asumir riesgos, por otro lado, se hace siempre más difícil: los sistemas de recompensa académicos se parecen cada vez más a los industriales, y no fomentan la ciencia “arriesgada” que es la que da los mejores resultados en el largo plazo. Hemos llegado al absurdo que los académicos son evaluados también por “transferencia tecnológica”. 

Las universidades se están gestionando cada vez más con criterios industriales, olvidando que gestionar una universidad con criterios industriales tiene tan poco sentido como gestionar una industria con criterios académicos.

Lo que la Iglesia no había conseguido con sus auto-da-fe lo está consiguiendo el mercado con su hegemonía: domesticar la ciencia y doblarla a sus necesidades.

 

Monday, 13 December 2021

La crisis de la ciencia. I: el retorno de la superstición

Los cambios en la mentalidad colectiva de una sociedad se hacen especialmente evidente cuando esa sociedad se enfrenta a una crisis. Y nunca esto ha sido más cierto que en este momento en que nos enfrentamos a muchas crisis que nos llegan a la vez, desde la crisis medioambiental hasta la crisis causada por la pandemia de sars-cov2.

 Lo que estas crisis revelan es un cambio en la actitud social frente a la ciencia, un escepticismo y una falta de confianza que marca una inversión de tendencia respeto a la tendencia general de la modernidad.

 Los varios movimientos anti-vacuna, los negacionistas del calentamiento global, los que directamente no creen que haya una pandemia de sars-cov2 o los que no creen que el virus VIH sea la causa del SIDA, marcan una explosión de movimientos anticientíficos e irracionalistas por todos lados.

 Las razones, como casi siempre, son muchas, complejas e interconectadas. Podemos analizar el papel de la sociedad de consumo, que busca la irracionalidad de los consumidores, irracionalidad que los hace más sujetos a la acción de la publicidad. Podemos mencionar los populismos políticos, que necesitan personas con poco sentido crítico. O simplemente la psicología humana, que busca certidumbres frente a la complejidad y culpable frente a situaciones desagradables, todas cosas que la ciencia, por su naturaleza, no le puede proporcionar, dejando el campo abierto a quien ofrece soluciones falsas pero confortantes. Podemos mencionar la facilidad con que estos bulos confortantes se propagan en las redes sociales, o la facilidad con que los nuevos medios de comunicación permiten crear una "burbuja informativa" en que una persona sólo lee lo que se acuerda con sus opiniones y sus prejuicios.

 Todas son buenas razones, y todas de peso, sin duda, pero, creo, para entender el éxito del irracionalismo anticientífico hay que ir más allá. El fenómeno que se observa no es una superación de una vieja mentalidad científica por parte de una nueva y más sofisticada, se trata de una verdadera regresión a una superstición pre-científica.

 La imagen de una ciencia infalible, que se define como disciplina autónoma independiente de las acciones de los científico, es propia del positivismo ingenuo de Comte y, en menor medida, del más sofisticado positivismo del Círculo de Viena. Esta imagen ya no existe en la ciencia. Desde el falsificacionismo de Popper que intenta superar la paradoja de la inducción(una teoría científica no se acepta si existe un experimento que la confirma, dado que ningún experimento puede justificar una teoría, sino si existe un experimento que la puede falsificar) hasta los trabajos de Feyerabend y Kuhn que revelan como la ciencia es una institución humana, la ciencia ha aprendido a mirar más críticamente hacia si misma.

 Pero no parece ser esto el tipo de superamento del positivismo más común en nuestra sociedad. Lo que vemos he, casi, un regreso a la superstición de tipo religioso en que, esta vez, la ciencia se inserta como dispositivo mágico en que se confía acríticamente y a priori y que se rechaza cuando la verdadera complejidad del procedimiento científico se hace patente.

 En parte esto se debe al cambio de la relación entre ciencia y religión. Durante buena parte del Siglo XX, la ciencia y la religión se han vivido, si no como enemiga, por lo menos como dos disciplinas que intentaban convivir separando sus esferas de actividad: la ciencia se ocupaba del mundo físico, la religión de la esfera moral. Cuando las dos intentaban ocuparse de la misma cosa, el resultado era de alguna manera embarazoso y se resolvían con alguna forma de "doublethink" o considerando que la Biblia hablaba por alegorías (una forma de interpretación casi tan vieja como el cristianismo).

 En las últimas décadas esta relación ha cambiado, y este cambio es evidente sobre todo en EE.UU. donde no hay una iglesia dominante que institucionaliza de forma homogénea la religión y donde cada interpretación se oficializa de alguna manera creando su propia confesión. En EE.UU. se ha asistido a un esfuerzo claro de integrar la ciencia en la religión y de integran el método científico en la hermenéutica religiosa. Así, por ejemplo, los cristianos fundamentalistas no se limitan a decir que la tierra tiene 6.000 años porque así lo dice la Biblia, sino que intentan demostrarlo usando métodos (pseudo) científicos. No se limitan a afirmar que Dios creó todos los seres vivientes, sino que intentan desmontar la evolución usando métodos (pseudo) científicos.

 Desde el punto de vista filosófico, estos esfuerzos no tienen mucho sentido ni desde el punto de vista de la religión ni de el de la ciencia. Desde el punto de vista de la religión, las escrituras representan una verdad absoluta, mientras el método científico sólo llega a verdades provisionales y tentativas. Por tanto, se está intentando demostrar lo que debería ser una certitud usando métodos que, por su misma naturaleza, nunca llegarán a la certeza. Desde el punto de vista científico, lo que se está haciendo es una petitio principii: se empieza una búsqueda sabiendo ya de antemano lo que se quiere encontrar.

 Las consecuencias de esta mezcla son casi siempre desastrosas. Se va desde los casos más llamativo como el del "Institute for Creationist Science" en California hasta los distritos escolares en EE.UU. que quieren enseñar la "creación inteligente" como parte del curriculum científico cuando no prohiben directamente que se enseñe la evolución, hasta los casos más sutiles, donde la mezcla de ciencia y religión ha cambiado la manera de pensar de la gente.

 En muchos aspectos, esta evolución de la mentalidad es comprensible. Vivimos en un mundo que se ha hecho tan complejo que ya no podemos entender nuestro entorno. En una civilización campesina o, incluso, industrial, el entorno de una persona era comprensible. A ciertas acciones correspondían consecuencias claras y directas, y había códigos de comportamiento tradicionales que tenían en cuenta estas consecuencias para decirnos como comportarnos. Todo esto ya ha desaparecido. Vivimos en un mundo tan interconectados y complejo que las consecuencias de nuestras acciones son casi imposible de prever.

 Vivíamos en un mundo esencialmente lineal: pequeñas acciones tenían pequeñas consecuencias y grandes acciones las tenían grandes. Ahora vivimos en un mundo caótico donde pequeñas acciones pueden tener grandes consecuencias y, sobre todo, consecuencias esencialmente imprevisibles. Los viejos esquemas de comportamiento ya no funcionan, y no tenemos de nuevos: hay que construirlos. En un mundo que no entendemos es normal buscar respuestas y esquemas de comportamiento y es natural buscar soluciones claras y sencillas.

 La religión, tradicionalmente, ha proporcionado estas soluciones y mucha gente vuelve a la religión buscando la seguridad que nos daba. Pero al mismo tiempo incluso el buscador de soluciones sencillas no puede ignorar que la ciencia ha cambiado el mundo y que la ciencia es un componente importante de nuestra vida. El problema es que el método científico, por su propia naturaleza, no puede proporcionar soluciones sencillas y definitiva. La ciencia es un proceso, no una solución. De allí el intento de transformarla en lo que no es: en una magia, en una superstición. De allí la rabia anti-científica cuando resulta evidente que la ciencia no es, ni puede ser, la solución mágica que estamos buscando.

 Hubo un momento de alguna manera parecido en la historia de occidente. Entre los Siglos XVI y XVII la revolución Copernicana nos sacó de nuestro lugar en el centro del universo. En la síntesis medieval, vivíamos en un universo que Dios había creado únicamente para nosotros, nosotros éramos el centro, y todo giraba alrededor de nosotros. De repente nos encontramos en la periferia del mundo, en una roca que gira en el espacio junto a otras rocas, en un universo que ya no está hecho para nosotros sino que nos es indiferente, que puede vivir y a funcionar con o sin nosotros.

 En esa época el llamado "desencanto del mundo" resultó en la mentalidad científica, en la ilustración y en la revolución burguesa. Esperemos que el desencanto que vivimos ahora resulte en algo igualmente positivo. Por el momento, las señales no son buenas, pero hay que ser optimista. ¿Que alternativa tenemos?

  

Thursday, 28 October 2021

Lo que no entiendo de la sentencia de Alberto Rodríguez

No soy un abogado ni un juez, ni mucho menos. Mi especialidad son las matemáticas y ciertas partes de la informática teórica. Pero, como todo ciudadanos concienzudo debería hacer (recordemos la "informed citizenry"), cuando hay algo relevante para la vida política de mi país, intento informarme. Mi formación científica me impone informarme sobre datos ciertos y, posiblemente, de primera mano así, cuando se ha desencadenado el debate sobre la condena a Alberto Rodríguez por agresión a un policía y su siguiente pérdida de acta, lo que he hecho, en lugar de limitarse a redes sociales o media (los periodistas, a veces, parecen saber menos del poco que se yo), es ir a leer la sentencia e intentar razonar un poco sobre ella. No se trata de razonamientos de un abogado, y es posible (incluso probable) que me equivoque en uno o varios aspectos. Pero, bueno, esto es lo que me ha parecido.

 La primera cosa que me ha llamado la atención es la falta de pruebas testimoniales y documentales. Como testigo, aparte la víctima (sobre que volveré más adelante) sólo aparece el  Inspector Jefe del C.N. de Policía Su testimonio no aporta mucho a la causa de la acusación (los párrafos en negrita son citas literales de la sentencia):

 

El Inspector Jefe vino a ratificar el contenido de su comparecencia tal como obra en el atestado. Señaló que, mientras estuvo al frente del operativo policial hasta que éste finalizó, no vio al acusado en el lugar. 

 En cuanto a la presencia del acusado en el lugar, es cierto que el Inspector jefe manifestó que, en el tiempo en que permaneció al frente del dispositivo, tal como aparece en algunas imágenes, no vio al acusado. Este afirma que asistió a la manifestación convocada, pero que no llegó al lugar hasta que los hechos hubieron finalizado.

Es decir, el Inspector Jefe no ha visto nada, y no puede comprobar la presencia de Rodríguez en el lugar y en el momento de los hechos. Sí se puede comprobar su presencia en la manifestación, cosa que Rodríguez nunca ha negado. Pero, por el momento, en España participar en una manifestación no es un delito. Ningún otro testigo de la agresión ha sido presentado. Desde esta parte de la sentencia se deduce otro punto. Hay muchos mensajes en las redes sociales que afirman que Rodríguez no es fiable porque mintió sobre su presencia en la manifestación. Es evidente aquí que no es cierto: Rodríguez siempre ha admitido su presencia en la manifestación, pero niega haber estado en el lugar y en el momento de los hechos que se juzgan.

Las pruebas documentales tampoco ayudan. Hay, es cierto, un vídeo, pero, como dice la sentencia:

Los vídeos visionados no incorporan una grabación íntegra ni contienen una secuencia temporal ordenada de todo lo sucedido. Por ello, al no ser una grabación completa, el que algunos hechos no aparezcan en las grabaciones no implica que no puedan ser acreditados por otras pruebas.

 Es decir, el vídeo es demasiado fragmentario para mostrar nada, y para su interpretación el tribunal evalúa su consistencia con otras pruebas. La frase es una obra maestra de sofismo. Prácticamente lo que dice es: “el video no vale nada y no nos dice lo que pasó, pero podrían existir otras pruebas que nos dicen lo que pasó”. También hay un parte médico. Pero, sobre esto, la sentencia nos dice

Las dos peritos reiteraron sus informes. La Dra. Dña. Daisy Herrera insistió en que recogen lo que refiere el paciente y luego se le examina, que lo que está en el parte es lo que ella vio en ese momento y que, aunque no se vean signos o la maniobra no sea positiva, si refiere dolor, se pone medicación, pero es lo que refiere el paciente.

 El parte médico se basa sólo en lo que ha declarado el policía. Los cinco días de baja se han dado porque esto es lo que se da normalmente para lesiones leves, y no porque se han efectivamente detectado estas lesiones. El parte es de un mes y medio después de los hechos y, en ese momento, ya no quedaba rasgo de las lesiones. Sólo la palabra del policía.

 Al final, analizando todo, llegamos a una conclusion: la única prueba independiente de la existencia de la agresión y, aún más, de su autoría, es la declaración de la víctima. Todas las demás pruebas incluso las documentales, se basan en estas. Si eliminamos las declaraciones del policía, no queda nada. Esto lo admite la misma sentencia:

En lo que se refiere a la existencia de la agresión al agente y a la autoría de la misma, la prueba que se ha tenido en cuenta para considerar probados los hechos imputados, consiste, fundamentalmente, en la declaración del agente policial nº 92.025.

 Llegamos así a un punto fundamental: el policía dice que Rodríguez lo ha agredido, Rodríguez dice que no. ¿A quien tiene que creer el tribunal? Los policías tienen,en general, una presunción de veracidad que pone su testimonio por encima de otro. Pero no en este caso. Una sentencia del TS del 27 Marzo 2017 sostiene:

debe distinguirse los supuestos en que el policía está involucrado en los hechos bien como víctima (por ejemplo, atentado, resistencia…) bien como sujeto activo (por ejemplo, detención ilegal, torturas, contra la integridad moral, etc.). En estos supuestos no resulta aceptable en línea de principio que las manifestaciones policiales tengan que constituir prueba plena y objetiva de cargo, destructora de la presunción de inocencia por sí misma, habida cuenta la calidad, por razón de su condición de agente de la autoridad, de las mismas.

Es decir, en esta caso, en que el policía es la víctima, no se puede presumir la veracidad. Su testimonio tiene el mismo valor que el del acusado. En un caso como esto, en que hay dos declaraciones contradictorias, vale el principio "in dubio pro reo": cuando hay duda sobre la interpretación de una prueba o, como en este caso, de unas declaraciones contradictorias, el tribunal debe elegir la opción más ventajosa para el acusado. No es lo que se ha hecho aquí. Se ha asumido, sin más, que el policía decía la verdad y el imputado mentía. Creo que esto, sin más, es suficiente para que instancias superiores anulen la sentencia.

 Si es así, el ataque a la democracia será completo. No voy a entrar en la cuestión de la retirada del acta a Rodríguez (que tiene sus propios problemas, pero analizarlo doblaría el tamaño de este escrito), pero temo que lo que veremos es que el acta ha sido retirada en consecuencia de una sentencia anulada. Es decir, legalmente, se habrá echado del congreso un representante elegido por los españoles que es legalmente inocente. Todo un logro para la democracia.

 Como ya he dicho, esta es la opinión de un profano. No dudo que cualquier abogado o jurista encontrará lagunas y omisiones en mi razonamiento. Sólo puedo reivindicar dos atributos importantes de mi opinión: la he formado sobre la sentencia y los textos jurídicos (y no sobre artículos de periódicos y redes sociales), y he expuesto mi razonamiento en su integridad, sin insinuaciones, mensajes entre líneas o inuendos. Mi análisis está aquí así como sus fuente. Que cada uno haga lo que quiera con ella.

 

 

 

 

Wednesday, 13 October 2021

Por qué una ley de violencia de género es necesaria

El argumento principal de la derecha y la ultraderecha en contra de leyes como la de la violencia de género es que hay que estar en contra de toda la violencia, sea quien sea la víctima. Dado que todas las víctimas son iguales, una ley como la de violencia e género que se aplica sólo a un determinado tipo de víctimas es injusta y discriminatoria.

Se trata de un argumento engañosamente sencillo y plano: ¿quien no está en contra de todo tipo de violencia? ¿Quien puede decir que no todas las víctimas merecen el mismo respeto? (La derecha no parece seguir su propio consejo cuando se trata de víctimas de la represión franquista, pero no quiero ir por este camino en este momento.)

Para justificar la necesidad de leyes de violencia de género, haré un paralelo con el terrorismo. Quiero aclarar que esto no quiere decir que la violencia de género es de la misma naturaleza del terrorismo, de hecho, como aclararé en breve, considero que es en varios aspectos ideológicamente y socialmente el opuesto del terrorismo. Me interesa el paralelo en cuanto se trata, en ambos casos, de formas muy específicas de violencia.

Que el terrorismo sea un tipo específico de violencia es ampliamente reconocido. Un terrorista no es movido por los móviles tradicionales del asesinato (dinero, venganza, etc.), de hecho, en el terrorismo reciente, muchas veces el terrorista ni siquiera conoce las personas que va a matar. Los terroristas, sobre todo los terrorista islamistas de los últimos años, a menudo no intentan huir de la justicia, de hecho, muchos de sus atentados son suicidas. La generalidad de los objetivos de los terroristas (no es posible prever donde un grupo golpeará) y la falta de efecto disuasorio de las condena (a un terrorista no le importa acabar en la cárcel) hacen de este tipo de violencia algo único, y hace muchos años que los gobiernos de todo el mundo han reconocido que esta unicidad necesita leyes específicas.

Por esto existen las leyes antiterrorismo: no porque la víctima de un terrorista sea de alguna manera "más víctima" que la víctima de un asaltador de bancos, sino porque el terrorismo es una forma de violencia específica que necesita ser combatida con instrumentos legislativos y culturales específicos. También las víctimas del terrorismo reciben una consideración diferente a las víctimas de otros tipos de violencia. Esto, otra vez, no quiere decir, claramente, que consideramos las otras víctimas, de alguna manera "víctimas de segunda". El reconocimiento a las víctimas del terrorismo es una manera de denunciar un tipo de violencia de especial relevancia social.

 

La violencia de género es, en varios aspectos, el antítesis del terrorismo. Allí donde la violencia terrorista (por lo menos la de este siglo) quiere matar a un gran número de personas anónimas, la violencia de género se dirige a una persona específica. La violencia terrorista busca sembrar el pánico en una población desconocida a través del asesinato de personas cualquiera. El miedo deriva de la constatación que "podía haberme pasado a mi". La violencia de género es violencia privada: el asesino conoce muy bien a la víctima, y casi siempre ha tenido una relación de pareja con ella. No busca el pánico general, sino la eliminación de una persona específica.

Pese a estas obvias diferencia, el paralelo sigue válido en cuanto se trata, en los dos casos de tipos específicos de violencia que se escapan al alcance de las leyes ordinaria y, especialmente, del efecto disuasorio de la la ley. A un terrorista no le da miedo ser capturado, y de hecho a veces se suicida con el mismo acto que cumple. Al autor de violencia de género tampoco le interesa ser capturado: muchas veces el culpable se suicida o se entrega a la policía. El normal funcionamiento disuasorio de la ley se quiebra aquí. ¿Qué disuasión puede representar la cárcel para una persona dispuesta a suicidarse con tanto de matar a su pareja?

A esto hay que añadir, en el caso de la violencia de género, el miedo de las víctimas potenciales a denunciar.

En los dos casos, terrorismo y violencia de género, nos encontramos frente a dos tipos de violencia que se escapan del marco de la violencia "normal", la violencia utilizada para conseguir un objetivo específico (un robo, una venganza, etc.). Esto hace que en los dos casos sea necesaria una legislación específica, que considere las características peculiares de estos tipos de violencia.

Una de las características de las leyes de violencia de género (ya sea en España o en otros países) es que tienen una fuerte componente no penal. Buena parte de estas leyes tienen que ver con la protección de las víctimas, con cambios culturales que las lleven a denunciar con más facilidad, etc. Se trata de características adaptadas al tipo especial de violencia a que se dirigen, de características que sólo se aplican al caso específico, y que no pueden por tanto ser recogidas por las leyes en contra de otros tipos de violencia.

Que la derecha acepte con entusiasmo la legislación antiterrorismo pero no la sobre la violencia de género es una cuestión ideológica, que nada tiene que ver con el funcionamiento del proceso legal.

 

  

Tuesday, 27 July 2021

Mascarillas, contagios, y probabilidades.

 

Una de las facetas de las reciente polémica "mascarilla sí, mascarillla no" vierte sobre la probabilidad de contagio en lugares abiertos. La idea de muchos es más o menos la siguiente: sabemos que para contagiarse es necesario estar en contacto unos 10-15 minutos sin mascarilla. Ahora bien, incluso en un lugar muy concurrido (digamos: la GranVía de Madrid un sabado por la tarde), uno entra en contacto con los demás unos escasos segundos, por tanto no hay peligro.

 

Se trata de un razonamiento que, a primera vista, parece funcionar. Quiero explicar aquí por qué en realidad no funciona. Primero hay que considerar que la epidemioogía no trabaja con conceptos absolutos, sino con probabilidades. Por tanto, cuando los epidemiólogos dicen que no nos infectamos estando en contacto con las personas durante pocos segundos, en realidad lo que dicen es que la probabilidad de infectarnos durante esos pocos segundos es muy baja. Baja, pero no cero. Llámemos $p$ la probabilidad de infectarse por un contacto esporádico, probabilidad que será muy baja, pero no será cero. La teoría de la probabilidad nos dice que si en un periodo de tiempo dado nos cruzamos con $N$ personas, la probabilidad de contagiarnos es \[ C(N) = 1 - (1-p)^N \] ¿Cuál es la probabilidad que nos contagiemos paseando un sabado por Gran Vía, si nadie lleva mascarillas? Para determinarlo hay que estimar el valor $p$, cosa no fácil. Una estimación prodente es $p=0.001$, lo que quiere decir que la probabilidad de contagiarse con un encuentro casual al aire libre es de uno cada 1000. Con este dato, podemos estimar la probabilidad de contagiarse por un número dado de encuentros. EL resultado es la gráfica siguiente:
Si nos cruzamos con 300 personas, tenemos casi un 30% de probabilidad de contagiarnos, con 1000 personas, la probabildad es de más del 60%. Considerando la cantidad de gente con que nos cruzamos en las calles muy concurridas de los centros de las ciudades, si todo el mundo poaseara sin mascarilla, es muy razonable pensar que la probabilidad de contagiarnos sería por lo menos del 10-20%.

 

Se trata de una cifra muy alta. En una ciudad como Madrid, Bacelona, Sevilla o Valencia, esto significaría miles de contagios. La idea que la mascarilla no sea necesaria al aire libre dado que los contactos que tenemos son sólo esporádicos es una falacia.

 

Es una idea atractiva, en cuanto hace apelo a nuestro sentido común: la probabilidad de contagiarnos con un contacto específico y esporádico es muy baja y nosotros, automáticamente, extrapolamos esta baja probabilidad a cada contacto individualmente, sin considerar la manera en que se acumulan las probabilidades. Cuando hablamos de probabilidades, o de epidemiología, hay que tener cuidado con el sentido común. El sentido común también hay que usarlo con sentido común.

Monday, 12 July 2021

La quinta ola, o: como repetir los errores de las primeras cuatro

Los datos del Ministerio de Sanidad pintan el escenario de la evolución de la epidemia desde su comienzo en Febrero/Marzo 2020 hasta el momento actual en que, todos esperamos, la campaña de vacunación nos hace ver el final de esta tragedia.

Los casos en el último año han evolucionado como en la figura siguiente (informe N. 380delMinisterio de Sanidad):

 


Reconocemos claramente las diferentes "olas" de la enfermedad, pero vale la pena analizar sus diferencias, debidas a varias causas epidemiológicas sí, pero también políticas y económicas.

La primera ola se caracteriza por ser violenta y corta. Sube de manera repentina y se reduce muy rápidamente. Esto es coherente, por un lado, con el comportamiento exponencial de una epidemia en su primera fase (véase aquí un modelo matemático de este fenómeno) y, por el otro, con la falta de recursos y la complicación del mercado en ese momento. Recordemos las dificultades que tuvimos al principio para comprar material. Incluso los test PCR escaseaban, hubo varias entregas de material defectuoso, y los sanitarios tuvieron muchos problemas a la hora de recibir los equipos de protección. Se trató de una situación generalizada: en Europa todos los países tuvieron los mismos problemas de suministro y d calidad, con la excepción parcial de Alemania que, siendo un país fabricante, tuvo acceso preferente a sus propios recursos. Las dificultades para países con un peso económicos medio o bajo para competir en un mercado tan problemático fue lo que impulsó la acción unitaria de la UE.

Por otro lado, la primera ola fue, en muchos países de Europa, muy corta. En España el 14 de Marzo se decretó el estado de alarma, y 15 días después, el 31 de Marzo, el número de nuevos casos llegó a su máximo. Se trata del tiempo de reacción mínimo permitido por las características del virus (antes de 15 días no se ve el efecto de ninguna medida): la medida fue drástica pero tuvo su efecto. Tras el 1 de Abril los casos se redujeron rápidamente, aún si este descenso fue de alguna manera escondido por el aumento del número de PCR, la curva de las víctimas lo revela claramente:

 

 

 

No todos los países tuvieron el mismo comportamiento. Casos emblemáticos son los del Reino Unido y de Rusia que, a causa del retraso y de la poca contundencia de las medida, tuvieron una primera ola muy larga:

 


 A finales de Mayo, el Reino Unido tenía 590 muertos por cada millón de habitantes, uno de los ratios más altos de Europa (España tenía entonces 550).

A principio de Junio la primera ola podía considerarse terminada, y empezó la desescalada. Allí empezaron los errores. Varias CCAA empujaron por una desescalada rápida (Madrid hasta amenazó con desobedecer las ordenes de sanidad) con la idea, ilusoria, de "salvar el verano". El gobierno, por debilidad o por miedo al precio político que tendría que pagar, cedió, y la desescalada fue muy rápida, con cambios de fases cada 15 días, a veces empujados por las mismas CCAA (recordamos las criticas al gobierno cuando Madrid tuvo que quedarse en fase 1 una semana más de los 15 días mínimos).

Esto preparó el terreno para la segunda ola, que podríamos llamar la "ola de la complacencia". Durante el verano el número de casos se mantuvo bajo, y esto siguió generando confianza. El verano, claramente, no se salvó: los europeos tenían sus propios problemas con la pandemia y no estaban como para venirse de vacaciones a España. La vuelta al cole generó mucha inquietud pero en ese caso se hicieron bien las cosas y el número de contagios en ámbito escolar siempre ha sido muy limitado.

En otoño los casos empezaron a aumentar, pero nadie pareció hacerle mucho caso: la segunda ola no generó valores récord de incidencia acumulada, y esto generó un falso sentimiento de confianza: la hostelería permaneció casi siempre abierta y el gobierno sólo generó un estado de alarma muy blando en Madrid. Pero la ola fue larga, y el número de víctimas depende no sólo de la intensidad sino, también, de la longitud: entre el 1/7/2020 y el 20/12/2020, el periodo de la segunda ola, hubo en España 14256 fallecidos, más de la mitad del número que hubo en la tremenda primera ola.

La tercera ola tuvo lugar en enero/febrero 2021. Si la segunda fue la ola de la complacencia, esta fue la ola de la inconsciencia, diría de la locura. Los epidemiólogos habían avisado que no podíamos tener unas navidades normales o casi normales si queríamos evitar una tercera ola bruta. Otros países tomaron medidas drásticas, entre ellos Italia, que impuso, hasta bien entrado enero, el cierre de la hostelería a las 6 de la tarde y volvió a confinar durante los días de navidad. Italia ha tenido un enero 2021 tranquilo, en España hemos tenido 1.000.000 de casos y 10.000 muertos. La locura de "salvar la navidad" cuesta.

Tras una bajada relativa de los contagios en Febrero-Marzo, hemos vuelto a repetir el error: muchas comunidades han relajado las medidas, el gobierno no ha querido renovar el estado de alarma, y hemos tenido una cuarta ola, afortunadamente menos letal que la tercera.

Parece increíble, pero tras cuatro olas no hemos aprendido nada. Tras el desastre del mantra de "salvar la navidad" no hemos tenido reparo en asumir el mantra "salvar el verano", y los resultados, como estamos viendo, han sido desastrosos no sólo desde el punto de vista sanitario sino que lo será también, previsiblemente, desde el punto de vista económico.

Como siempre, cuando las cosas han empezado a mejorar, han empezado a surgir voces que pedían una desescalada rápida (para "salvar la economía") y, como ha pasado siempre desde Junio 2020, el gobierno no ha tenido la voluntad política de resistir y de imponer una desescalada lenta. Ya ha desaparecido el obligo de llevar la mascarilla en exteriores. En teoría, sólo cuando es posible mantener la distancia de seguridad, en práctica, mucha gente ha escuchado sólo la primera parte de la medida y ha felizmente olvidado la limitación. Las playas se han llenado, las fiestas se han multiplicado, el ocio nocturno ha celebrado... durante un tiempo.

En la semana pasada, en pocos días, la incidencia acumulada a 14 días ha pasado de 92 a 300: hemos vuelto al riesgo extremo. Que la mayoría de los infectado sean jóvenes y por tanto no contribuyan demasiado al colapso hospitalario no ayuda ni desde el punto de vista sanitario ni desde el económico.

Desde el punto de vista sanitario, estos casos colapsan los centros de salud, que tienen que hacer seguimiento. En casi todas las CCAA los centros de salud ya estaban colapsados. En comunidades como Cataluña y, sobre todo, Madrid, se están cerrando centros de salud, empeorando al situación. El resultado es que muchas patologías que no son la covid (la gente, inclso en la pandemia, sigue enfermándose también de oras cosas) no pueden ser atendidas adecuadamente, causando víctimas indirectas de la covid. Que una persona muera de un trombo porque no se le ha podido controlar la dosis de anticoagulante puede no aparecer en las estadística de los muertos de covid, pero es, indirectamente, una víctima de los que han decidido que una fiesta era más importante que la salud de los demás.

Desde el punto de vista económico, el intento de salvar el verano puede costarnos el verano. La alta incidencia acumulada está disuadiendo a los turistas extranjeros: es de estos días la noticia que Francia desaconseja a sus ciudadanos veranear en España y Portugal. Así como en el caso anterior, que el aumento de casos sea relativamente poco preocupante dado que se da principalmente en personas jóvenes es irrelevante: así como nosotros no conocemos los detalles de la evolución de la pandemia en otros países, otros países no conocen los nuestros. El dato principal en que basan su decisión de venir o no a España es el número de contagios.

 Desde el punto de vista ético, nos revela como una sociedad inculta y egoista. Los sanitarios llevan un año agotados, la gente sigue muriendo, pero parece que para muchas personas esto vale menos que su derecho asalir de fiesta. Y no se trata sólo de losjóvenes. Cuando empezó en brote en el viaje de fin de curso en Mallorca, lo normal, lo sano, lo racional, habría sido que los mismos padres hubieran obligado sus hijos, contactos de positivos, a aislarse diez días en el hotel. Se trata de un ejercicio elemental de responsabilidad personal: yo tomo una decisión (irme de viaje) y asumo las consecuencias de mi decisión. Pero no, los padres han demostrado tener tan poca madurez como los hijos, y han denunciado a quien los tenía "secuestrados". Hemos visto las consecuencias.

La consecuencia de poner la economía por encima de la salud ha sido que no hemos salvado ni la salud ni la economía. Y lo peor es que desde Septiembre del año pasado hemos repetido el mismo error cuatro veces.

 

 

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