Thursday, 20 February 2014

En España no se enseña a pensar

Confieso que no confío mucho en los informes sobre la calidad de la educación en los varios países, los famosos informes PISA, que hoy en día se aceptan con un afán acrítico antaño reservado a las Sagradas Escrituras. Esta falta de confianza no depende (como los malignos podrían pensar) del hecho que España se sitúa normalmente en las últimas posiciones: no hace falta PISA para darme cuenta que la educación pública en España, por mucho que haya mejorado hasta 2010, tiene muchos problemas. No, no es esto: no confío en los informes PISA porque, por debajo de su metodología aparentemente objetiva está una ideología de la educación que no comparto.

PISA mide la educación en términos de competencias, de cosas que uno sabe hacer tras pasar por la escuela. Los cambios que la educación debería fomentar en la persona y en su consciencia social no interesan. PISA ve la educación como el entrenamiento de una buena fuerza de trabajo que pueda hacer marchar la economía sin hacerse demasiadas preguntas, un cambio radical respeto a la educación pública de Jackson y Condorcet, que consideraban la educación como un instrumento indispensable para que los ciudadanos pudieran disfrutar de sus libertades, para que las constituciones no quedaran papel mojado.

PISA representa una ideología que pone la educación al servicio de la economía y no, como debería ser, la economía al servicio de la educación.

Los informes PISA consideran sólo una parte del trabajo de educar. Un método que intente comprimir algo complejo e indefinido como la educación en algo tan unidimensional como un número es forzosamente incompleto; y un método que asigna casi el mismo número a un sistema educativo inclusivo y cooperativo como el finlandés y a uno elitista y competitivo hasta el paroxismo como el de Corea, está evidentemente dejando fuera algo importante.

A pesar de todo esto, las encuestas PISA miden algo que, por parcial que pueda ser, nos pueden ayudar a la hora de hablar de sistemas educativos. Un aspecto en particular me ha llamado la atención: los estudiantes españoles tienen una puntuación tan baja no tanto por falta de conocimientos, cuanto porque no saben "aplicar" sus conocimientos a situaciones prácticas. Los españoles saben que los americanos declararon la independencia en 1776, pero no saben relacionar la falta de representación de los colonos frente a la élite aristocrática inglesa con la crisis actual de la política y la falta de representación de los ciudadanos frente a las élites económicas. Tienen conocimientos de estadística, pero tienen problemas en aplicarlas para juzgar si su sistema electoral es ecuo.

Parte del problema es, naturalmente, simple falta de interés. Chomsky notó como los americanos, incluso los menos educados y los casi analfabetos, manejan con gran habilidad conceptos estadísticos muy complejos cuando hablan de baseball. Es cierto que nuestra sociedad no anima a la gente a tener muchos intereses (y la contribución a la solución de este problema debería ser uno de los criterios de evaluación de un sistema educativo), pero hay más. Los informes internacionales apuntan a que la escuela y la universidad deberían proporcionar a los estudiantes los instrumentos intelectuales para un pensamiento libre, original y crítico. Estos instrumentos no se enseñan en una clase magistral: estos instrumentos deben calar de alguna manera "por osmosis", viviendo en un ambiente en que se aprecia y fomenta la libertad, en un ambiente en que los profesores mismos son ejemplos de pensamiento libre, original y crítico. Pero, ¿cómo es posible esto si la organización de la universidad y de la escuela impide esta misma libertad en los profesores? Los profesores de universidad (no conozco bastante la escuela como para dar una opinión) vivimos y trabajamos en una jaula burocrática, las normas nos obligan a un groupthink de la peor especie, y es casi imposible saltarse las normas para hacer lo que nos parece didácticamente justo. No se premian los que experimentan, que critican, que intentan y a veces se equivocan. No se premian los que se atreven, los que piensan. Se premian los que siguen ciegamente las normas dictadas por unos burócratas que, a veces, nunca han pisado una áula. La libertad de cátedra y de pensamiento ha quedado sepultada bajo una montaña de papeles sellados, y nos resulta casi imposible usar el pensamiento crítico que deberíamos enseñar a los estudiantes.

Quien no es libre no puede enseñar la libertad con el ejemplo. Esta contradicción es, al fin y al cabo, la misma contradicción de los informes que, como el PISA, propugnan la educación basada en competencias. Resulta, lamentablemente, que el pensamiento crítico no es una competencia: no sirve para crear una fuerza trabajo dócil. Más bien estorba.

Tuesday, 28 January 2014

Madrid, Gris y sucio

Vuelvo de pasar unos días en otra ciudad y, como cada vez desde hace unos años, tengo que reconocerlo: Madrid se ha convertido en una ciudad feísima. El centro de Madrid da tristeza: gris, sucio, maloliente, lleno de grafiti, ahogado y apestado por los coches. Mientras en otras ciudades zonas correspondientes a Chueca y Malasaña se han peatonalizado, en Madrid siguen llenas de coches. Las calles peatonales son pocas y aisladas. La mayoría de ellas se pavimentaron con piedras de un gris monótono y triste, tan porosas que la suciedad entra en ellas de manera permanente.

Construidas sin tener en cuenta el peso de las furgonetas de reparto, muchas baldosas ya están rotas o se han desplazado llenando la calle de badenes. La madera de la plaza Santa Bárbara, las sillas de la calles Fuencarral, ya están destrozadas por la incivilidad de los Madrileños y la falta de mantenimiento.

El único color parecen ser los feísimos poster publicitarios que cubren los andamios. En Roma los andamios se cubren con una foto de la fachada del edificio, para minimizar su impacto. En Madrid con vulgares anuncios. Las únicas cosas que parecen funcionar bien son las pantallas gigantes de tiendas y cines, esta horterada de mal gusto. Cada vez que paso por Callao en un día de lluvia, no puedo evitar acordarme de la Los Angeles de Blade Runner.

Los madrileños no cuidan a su ciudad y los políticos saben que gastar dinero en mantenimiento no es muy rentable en términos de votos. Los dos vicios de siempre de los latinos: lo que es de todos se puede destrozar porque no es de nadie, y los políticos que cortan cintas para inaugurar obras reciben más votos que los políticos que mantienen bien lo que existe. Así, las calles se llenan de baches y de basura; árboles melancólicos y raquíticos (los que sobreviven) están plantados en charcos de barro y agua sucia que huele a orina.

Un amigo, hablando de Los Angeles, usó la expresión “private splendor, public squalor”. No me parece una descripción incorrecta del centro de Madrid.

Friday, 27 December 2013

Un 2013 de pesadilla

En pocos días dejaremos el año 2013. Aquí, en el mundo real, no lo echaremos de menos. Cuando empezó, hace justo un año, parecía casi imposible que las cosas pudieran ir peor que en el annus horribilis, 2012, pero lo hemos conseguido: en el mundo real, prácticamente todo ha empeorado.

En el mundo fuera de la realidad, ese oasis de áticos en Marbella y vacaciones en resort de lujo donde vive, alejada de la realidad de cada día, nuestra élite política y económica, en el mundo de la gente que no ha cogido un Metro en su vida, las cosas han ido bastante mejor.

En el mundo fuera de la realidad, el Ministro Montoro ve señales de recuperación, las proyecciones del Gobierno prevén un débil aumento del PIB, lo que autoriza al Ministro a declarar, en términos categóricos, que la recesión ya ha terminado. En el mundo fuera de la realidad, el paro ha aumentado en octubre, pero menos de cuanto lo hizo en 2012 cosa que, según nuestra Ministra de Trabajo (que no ha trabajado un día en su vida), demuestra que la reforma laboral está funcionando. Todo los que gracias a ellas tienen un trabajo más inseguro y un sueldo más miserable agradecen su buen funcionamiento.

En el mundo fuera de la realidad la justicia es justa, castiga a los malos y defiende a los buenos. La política respeta y ayuda el trabajo de los jueces sin interferir ni intimidar. Es cierto que a veces a los políticos se le borran unos discos duro de manera un tanto sospechosa, pero, en fin, nadie es perfecto. Pero, tranquilos: por lo menos los ciudadanos que quieran manifestarse cerca del congreso, turbando así el derecho de los políticos a tomarse en paz un gin-tonic (que además le sale muy barato), serán castigados sin piedad.

En el mundo fuera de la realidad se ha racionalizado el gasto en educación y sanidad, pero sin perjudicar a nadie: se han salvado las becas Erasmus (en realidad es Europa quien lo ha impuesto al gobierno pero, en el mundo fuera de la realidad, ¿a quién le interesan estas pequeñeces?), y si los hijos de los pobres no podrán ir a la universidad, pues, probablemente es que no lo merecen: si son pobres, ¿por algo será, no?

En el mundo fuera de la realidad ha habido sacrificios, pero necesarios y repartido con sentido de justicia entre todos los españoles.

En el mundo real, el mundo en que vive la gran mayoría de nosotros, el año no podía ser más trágico.

En el mundo real, los indicadores macroeconómicos carecen de sentido si sólo se traducen en más riqueza para pocos y más pobreza para los demás. En el mundo real, nos enfrentamos a un futuro parecido a India, donde hay un crecimiento del 5% y la mitad de la población que vive con menos de un Euro al día. En el mundo real la impresión es que se está sacrificando a la gente en el altar de la macroeconomía: lo que debía ser un instrumento para servirnos se ha transformado en nuestro amo.

En el mundo real el paro baja sólo porque ahora llaman trabajo lo que antes se llamaba explotación. Más del 90% de los nuevos contratos son temporales, suponen un sueldo tercermundista y condiciones vejatorias. Si ya era una vergüenza que en un país europeo se considerara “sueldo” unos 700 Euros al mes, lo es aún más que en 2013 el sueldo medio haya bajado un 0.2%. Sin embargo, no a todos les ha ido mal: el sueldo medio de los consejeros de las grandes empresas ha subido un 7%. El hecho que su sueldo lo fijen ellos mismos puede tener algo que ver con esto.

En el mundo real, la justicia no es tan igual para la Infanta Cristina, cuyas facturas se han mágicamente transformado en auténticas, para corruptos como Fabra o Díaz Ferrán, condenados a penas sospechosamente bajas, o para los Mossos d’Esquadra condenados por torturas a un detenido e indultados por el gobierno. Todavía no sabemos si el ex-alcalde de Torrevieja Hernández Mateo irá a la cárcel. Parece poco probable: el 85% de sus compañeros de partido en las Cortes Valencianas han pedido al gobierno que le indulte. En el mundo real, “para todos” es un término muy relativo.

En el mundo real, la racionalización del gasto se parece mucho a unos recortes brutales. Son los misterios de la semántica. En el mundo real, los niños de Madrid tienen que pagar tres Euros para comer en la escuela la comida que se llevan de casa (más o menos lo que pagan los diputados para un menú completo). En el mundo real los médicos tienen cada día menos recursos y más trabajo, la privatización del servicio de análisis ha empeorado la calidad de las muestras, y ya casi no se hacen mamografías preventivas a las mujeres. En el mundo real la autonomía universitaria ya es sólo un recuerdo, la ciega burocracia impera y destruye; los mejores científicos huyen de un país suicida que ha estrangulado su propia ciencia. Menos mal que por lo menos cada día hay más dinero para los futbolistas.

En el mundo real, el 50% más pobre de España ha tenido que pagar una crisis que no ha provocado con sacrificios injustos, mientras el 10% más rico se hacía más rico: España es el país de Europa donde más ha crecido la brecha salarial. Aumenta el número de pobres y el número de millonarios, se ha multiplicado por 10 el número de personas en los comedores sociales, y ha subido la venta de coches de lujo. Para unos pocos, la crisis está siendo un negocio redondo.

En el mundo dorado del Sr. Botín, Presidente del Banco Santander, a España le llueve dinero de todos los lados. Debe tratarse de una lluvia muy localizada, porque por aquí no ha llegado ni siquiera una gota.

Thursday, 5 December 2013

Campus de excelencia internacional (a certificaión nacional)

El "Don Quijote" es una obra única en la historia de la literatura. Se trata no sólo de la primera novela en sentido moderno, anticipando en más de un siglo el birth of the novel inglés, sino también de una de las obras clave para entender la modernidad, el poder y la soledad del hombre moderno puesto frente a un mundo que finalmente está en sus manos, en que él es el único actor, donde no espera, así como lo hacía en la edad media, que Dios le resolviera y le revelara el sentido de la vida. La muerte de Dios, que Nietzsche anunciará 250 años más tarde, empieza aquí.

Todo el Quijote es una declaración de problematicidad de la relación entre realidad y ficción, y el primer ejemplo el lector lo encuentra en las primeras páginas de la novela, allí donde se trata de dar un nombre al protagonista. Es el mismo protagonista que se pone nombre: "en este pensamiento duró ocho días, y al cabo se vino a llamar Don Quijote." Tenemos la sensación de que algo no marcha: el personaje de una novela no puede ir contándonos como se llama, no puede decidir él mismo su propio nombre. Por mucho que él nos cuente, sabemos que en realidad se llama Alonso Quijano. Pero, un momento... ¿en realidad? ¿en que realidad? El hidalgo Quijano es también un personaje, y no es más real que Don Quijote. ¿O sí? ¿Es Don Quijote, por ser irreal incluso en la novela, menos real que Quijano? ¿Es el siglo XVII de Quijano más real que el siglo XII de Don Quijote? Cervantes (¿real? ¿es real Cervantes? Ya nos hemos perdido) nos complica aún más las cosas diciendo que incluso sobre el nombre Quijano hay discordancia en las "fuentes":

Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada, que en esto hay alguna diferencia entre los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quejana.

Pero aquí también nos encontramos frente a un espejismo: los autores que debaten sobre el "verdadero" nombre de Don Quijote no son más reales que él.

Cuando Alonso Quijano se autoproclama el caballero andante Don Quijote, entendemos que nos encontramos frente a un desdoblamiento de la realidad: crearse un nombre por uno mismo supone crear una realidad ficticia. Nuestro nombre verdadero es, siempre, el nombre que nos ponen los demás, nunca él que nos ponemos nosotros (por esto no encontramos nada extraño cuando Sancho nombra a Don Quijote el Caballero de la Triste Figura).

Estas observaciones sobre los distintos niveles de realidad en la modernidad no son, lo confieso, muy originales. Se han hecho muchas veces, hasta llegar, ya en la postmodernidad, a afirmaciones lapidarias como "la guerra del golfo no tuvo lugar" (Baudrillard) o irónicas como que la falsa Main Street, America de Disneyland existe para que la gente crea que Los Angeles es real (Eco).

Pero me acuerdo de estas consideraciones cada mañana cuando, llegando a la universidad, veo en la fachada del edificio del departamento carteles proclamando que la UAM es "Campus de excelencia internacional". Se trata de un reconocimiento internacional muy peculiar, en cuanto lo ha otorgado el Ministerio español a universidades españolas. Ningún organismo internacional ha participado en la decisión, ninguna universidad de otros países ha sido candidata.

El mundo del deporte hace ironía sobre la World Series del baseball americano: los americanos añaden un par de equipos canadienses a la liga nacional y así crean la World series. La universidad española los ha superado: no hemos necesitado ni siquiera un par de universidades portuguesas para proclamar la excelencia internacional.

Esta excelencia autoproclamada suena tan false como el título de Don Quijote y por el mismo motivo: con una autoproclamación no se consigue un título, se crea una realidad alternativa, esquizofrénica, en que este título existe. La verdadera excelencia internacional no es la que nos damos nosotros, sino la que se reconoce internacionalmente y, así como "en realidad" Don Quijote era el pobre hidalgo Alonso Quijano, así en realidad la universidad española no tiene ningún campus entre los primeros 200 del mundo (y sólo 3 entre el 200 y el 300), y su calidad va cayendo en picado.

Pero hay otro nivel de realidad: el nuestro, el en que ni siquiera Alonso Quijano es real, en que, a pesar de Disneyland, no conseguimos considerar Los Angeles como completamente real.

Los Campus de excelencia son la Disneyland de la universidad española: nos quieren convencer que una universidad todavía existe mientras que, desde por lo menos la implantación de la reforma de Bolonia, la universidad libre ha desaparecido.

Monday, 25 November 2013

Los profesores, estos vagos.

El pasado Octubre, durante la huelga en educación, la Secretaria de Estado de Educación Gomendio criticó a los profesores por hacer huelga porque, sostiene, tienen un trabajo asegurado y, con la que cae, no deberían quejarse. (Este es el mensaje normal del gobierno: con la que cae, nadie tiene el derecho a quejarse... callados y a obedecer las órdenes.)

Parece que los profesores somos la causa de todos los males de España: no se nos puede despedir (y quien piensa diferente, por ejemplo los interinos que han despedido, se equivoca) y cada dos por tres se nos reprocha de trabajar poco: en la escuela los profesores tienen "sólo" 18 horas lectivas, en la universidad, donde trabajo yo, 9 o 12.

Un escándalo. Una ganga: los profesores trabajamos un par de horas al día, y luego nos vamos de juerga (o de huelga, según los días). Quiero hacer una premisa: creo que trabajar de profesor en una buena universidad es un privilegio. Un profesor en una buena universidad hace un trabajo interesante y variado, en contacto con jóvenes brillantes. Tiene una gran libertad para decidir de qué se va a ocupar en investigación, lo que va a enseñar en sus clases y como. Se trata de un trabajo apasionante, y trabajar en ello es sin duda un privilegio. Esto en una buena universidad que respeta la libertad de cátedra e investigación. Estas universidades ya no existen en España, lamentablemente, pero el trabajo sigue siendo bastante interesante.

Para que la Secretaria de Estado se reafirme en su opinión de que los profesores no trabajamos, quiero detallar mis horas de la semana precedente a la huelga.

La semana tiene 168 horas. Duermo siete horas por noche, lo que me deja 119. Tengo 12 horas lectivas semanales, y necesito por lo menos 15 de preparación: preparación de material, corrección de pruebas etc. Me quedan 92 horas.

Estoy siguiendo unos seis estudiantes con su tesis (grado, máster o doctorado), y cada uno necesita, entre tutorías y preparación, unas 4 horas semanales. Me quedan 68.

Paso unas 3 horas semanales en reuniones, 45 minutos (6 días por semana) leyendo y escribiendo email, y unas 4 horas tutorizando estudiantes de la asignatura. Quedan 56.5 horas.

También tengo mi trabajo de investigación: calculamos unas 8 horas escribiendo (artículos profesionales, un libro que estoy preparando, etc.) 10 horas de trabajo (pruebas, programación, demostración de teoremas,...), 6 horas de lecturas de artículos científicos, y 3 horas de actividades profesionales varias (sociedades científicas, organización de proyectos). Me quedan 27.5 horas.

Para ir y volver del trabajo gasto hora y media, cinco días a la semana.

Me quedan 20 horas.

Tres horas al día (incluyendo sábado y domingo). Tres horas para hacer las cosas que tengo que hacer: comer, cocinar, lavar, planchar, limpiar la casa, ir de compras, además de las cosas que me gusta hacer: dibujar, leer, hacer el amor, tocar la guitarra, salir, tomar una copa de vino, tomar un café.

No tengo tiempo. Tendré que dejar de tomar café.

Wednesday, 2 October 2013

Como recortar un metro sin que nadie se dé cuenta

Por si alguien entre los (muy escasos) futuros lectores de estas líneas fuera director del metro de alguna gran ciudad europea, aquí tengo un método muy bueno para recortar trenes manteniendo lo que los americanos llaman deniability, es decir la capacidad de decir a la prensa que nada está pasando manteniendo al mismo tiempo una cara razonablemente seria. Os lo ofrezco gratis.

Consideremos una línea de metro de 60Km de longitud y digamos, para simplificar las cuentas, que los trenes viajan en ella a una velocidad de 60 Km/h. La frecuencia es de un tren al minuto. A 60 Km/h los trenes recorren 1 Km en un minuto, por tanto, para mantener la frecuencia, en la línea habrá un tren cada quilómetro. En total, en cada momento, habrá 60 trenes en la línea.

Ahora reducimos la velocidad de los trenes a 30 Km/h. Para recorrer un quilómetro los trenes tardan ahora 2 minutos por tanto si mantenemos la distancia de un quilómetro entre los trenes, su frecuencia se reducirá a un tren cada dos minutos. Habrá protestas, sin duda, pero no usted no se preocupe: podrá aparecer frente a la prensa y decir, sin mentir, que el número de trenes no se ha reducido. Y tendrá razón: en cualquier momento en la línea hay 60 trenes, exactamente como antes, un tren por cada quilómetro. El tiempo de espera ha aumentado a causa de la menor velocidad, claro, pero usted, como buen político, sabe muy bien como dar las vueltas a las cosas citando sólo los datos que le interesa citar.

Ahora deje pasar un año o algo más, para dar a la gente el tiempo de acostumbrarse a los nuevos tiempos de espera. La gente, usted lo sabe bien, tiene la memoria corta, y no habrá que esperar demasiado. Digamos un año y medio, para estar seguro.

Tras año y medio, haga que los trenes vuelvan a su velocidad normal, 60 Km/h, pero reduzca su número a la mitad. Ahora hay sólo 30 trenes en la línea al mismo tiempo, a una distancia de dos Km el uno del otro: a 60 Km/h los trenes tardarán dos minutos en recorrer los dos Km, por tanto el tiempo de espera será lo mismo: dos minutos. Es improbable que alguien proteste, pero, si alguien lo hace, usted podrá declarar a la prensa que se trata de una mentira: el tiempo de espera medio es exactamente el mismo que el año pasado: dos minutos.

Así habrá conseguido lo que quería: recortar a la mitad el número de trenes pudiendo siempre declarar, sin mentir, que en realidad no ha cambiado nada, y que no se está recortando nada.

Tenía pensado vender este plan a la comunidad y el ayuntamiento de Madrid, que gestionan sistemas de transporte de tamaño considerable. Pero me he dado cuenta que el año pasado la comunidad declaró que había reducido el número de trenes en un mero 10%, mientras el tiempo de espera medio se ha más que duplicado. También me he dado cuenta que en cierto tramos de la red diseñados por velocidad de unos 110 Km/h los trenes viajan ahora a 30-40 Km/h.

He llegado tarde: ya han descubierto el truco antes que yo. De hecho, ahora estoy incluso un poco preocupado: ¿no será que al final me van a denunciar por haberles robado la idea?

Tuesday, 10 September 2013

La buena suerte olímpica de Madrid

Esta vez Madrid ha tenido suerte. Mejor dicho: el Comité Olímpico Internacional la ha salvado de su propia locura, de la de sus administradores y, siento mucho decirlo, de la de muchos (demasiados) de sus ciudadanos. ¿Cómo es posible que una ciudad que no tiene dinero ni siquiera para garantizar los servicios básicos (es lo que nos dicen nuestros políticos locales) pueda pagar una manifestación tan estrafalaria e inútil como los juegos olímpicos?

Madrid está destruyendo su educación y su sanidad públicas porque, nos dicen, no hay dinero. Madrid está sucio y huele a basura. En Madrid se ha aumentado el billete de Metro, pero se ha reducido la frecuencia de los trenes, su velocidad y su mantenimiento. Cada día más escaleras mecánicas están averiadas, el Metro también está sucio y huele mal. Obvio: se ha recortado el personal, se ha despedido a gente. No hay dinero.

Pero, según nuestros políticos, si hay dinero para despilfarrar en dudosos sueños olímpicos, en este reality show de mal gusto creado por y para la televisión (hay que ser honestos y admitirlo: los juegos olímpicos son un espectáculo televisivo que poco tienen que ver con el espíritu de Pierre de Coubertin).

Pues, en este caso queremos saber cuánto ha costado esta aventura inconsciente. Cuánto los estudios de factibilidad, los proyectos, las presentaciones, las 180 personas que han volado a Buenos Aires cuya identidad es tan difícil acertar (la delegación más numerosa, para el país con más paro). Queremos saber cuántos profesores, cuantos médicos se podían contratar con este dinero, cuanto personal de limpieza y mantenimiento. Cuantos conductores de Metro.

No es difícil entender porque los políticos están tan entusiasmados con la perspectiva de los juegos: se trata de un gran negocio. En el país de los sobres, de Gürtel, de los tesoreros con millones en Suiza, unos juegos olímpico suponen mucho, pero mucho dinero a repartir. Y, además, traen una popularidad que puede dar un vuelco a unas elecciones: juegos para neutralizar las chapuzas, la corrupción, la incompetencia.

Las preguntas más difíciles no tienen que ver con los políticos, sino con la gente. ¿Cómo es posible que las plazas se llenen más para seguir la asignación de los juegos que para defender la educación pública? ¿Cómo es posible que en las ventanas se vean más banderas cuando juega la selección que trapos blancos para protestar contra la privatización de la sanidad? ¿De verdad la gente está tan cegada por el deporte que lo considera más importante que sus condiciones de vida?

Mucha gente sabe que los juegos olímpicos suponen un gasto insostenible que recaerá sobre los más desfavorecidos en el medio de una crisis brutal, frente a unas ganancias dudosas, para pocos, en siete años y muy concentradas en el tiempo. (La mayoría de las ciudades que han organizado los juegos han acabado perdiendo.) Suponen la creación de grandes estructuras centralizadas y sub-explotadas en lugar de instalaciones deportivas de barrio donde la gente pueda efectivamente hacer deporte.

¿Cuántas personas que estaban celebrando esta perspectiva de gasto insensato se encuentran en el paro, no pueden pagar la hipoteca, la educación de sus hijos o sus recetas? ¿Cuántas de estas personas usan regularmente un Metro cada día más degenerado? ¿Cuántos de los 180 miembros de la delegación española lo hacen?

Es difícil también imaginar porque tantas personas identifican su orgullo de pertenecer a una nación con el hecho de que esta nación gane competiciones deportivas u organice un espectáculo televisivo a carácter deportivo. Un científico, un literato español que ganaran el premio Nobel, un matemático que ganara la medalla Fields, pasarían casi desapercibidos. Una película española que ganara la Palma de Oro no reuniría multitudes ni produciría un evento tan excepcional como la aparición del Presidente del Gobierno sin la mediación de una pantalla de plasma. O, lo que es peor: un político que limpiara la ciudad e hiciera funcionar los servicios recibiría una fracción de los votos de un político que despilfarrase el dinero en juegos olímpicos.

Al final, la gente tiene lo que pide: un país con una selección de fútbol que gana torneos, pero un país en bancarrota cultural y ética, con un sistema educativo que se derrumba y una universidad entre las últimas de Europa.

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