Los usuarios de internet han seguido con gran atención la entrevista del cómico Andreu Buenafuente a la ministra de Cultura Ángeles Gonzales-Sinde. La ministra, que ha dado nombre (quizás injustamente) a la impopular (esto sí, justamente) ley sobre las descargas ilegales, no es precisamente una de las favoritas para ganar el título de "miss popularidad" entre los usuarios de internet (los llamados internáutas). Tras la entrevista, este colectivo ha reprochado a Buenafuente una excesiva amabilidad con quien es, y esto es poco decir, un ministro muy "e-controvertido".
No soy un partidario de la ley Sinde, ni mucho menos. Me parece un instrumento de la arrogancia de las empresas que controlan los derechos de propiedad intelectual (por cierto, derechos que las empresas se niegan rotundamente a considerar como derechos naturales de los autores), que intentan continuar con una normativa de tipo industrial que les favorece en una época post-industrial en que su modelo de negocio carece completamente de sentido. Una ley absurda y anacrónica que defiende intereses particulares por encima del interés público y de los cambios sociales y tecnológicos.
A pesar de todo esto, la protesta de los internáutas me parece un poco absurda y muy preocupante.
Absurda porque, pues, Buenafente es un cómico, alguien que hace un programa en la linea general del "buenrollismo" y que siempre, en sus entrevista, se ocupa más de sacar una sonrisa que una controversia. Se trata de un programa de entretenimiento, y no de un reportaje.
Justamente por esto la protesta me parece preocupante. (Mejor dicho: me parece preocupante que existan las condiciones en que semejante protesta se pueda plantear.) la protesta señala, temo, que ya nos hemos hecho con la idea que el periodismo ha muerto, que los programas "de información" no nos van a informar y que no podemos esperar nada de los telediarios y de los reportajes sino pseudo-información al servicio de los intereses comerciales. La basura ha invadido todo el espacio de la televisión "seria", la presión sobre los periodistas y la manipulación de las noticias ha vaciado de contenidos fiables el periodismo que tradicionalmente nos informaba.
La comedia es la única esperanza que nos queda. Ya que su objetivo es sólo hacernos reír, tenemos la esperanza de que las presiones y las manipulaciones la haya dejado relativamente libre, y que allí, en el ámbito de lo cómico, se puedan decir cosas que el periodismo ya no se atreve a decir.
La decepción para la entrevista "blanda" de Buenafuente es una señal de las expectativas que les usuarios de internet tenían sobre su programa y estas, a la vez, son votos de desconfianza hacia el periodismo.
El problema es que internet podría tener razón. Hace uno años en EE.UU. se intentó determinar el grado de cocimiento de los asuntos políticos y sociales en grupos de personas que usaban la televisión como medio principal de información. Se estudiaron dos grupos: uno de "usuarios" de telediarios y programas tradicionales de información, el otro de programas satíricos como el "Jon Stewart Show" (un programa en el estilo de "El intermedio" pero más duro y enfadado). Resultó que el público de los programas satíricos era mucho más informado del publico de los telediarios, mucho más al día de los asuntos políticos.
Con la crisis del periodismo y la expansión de la televisión basura que lo ha prácticamente englobado, la televisión satírica parece ser el último foro donde se puedan presentar y debatir los asuntos públicos. Buenafuente o El Gran Wyoming tendrán que asumir una responsabilidad frente a la sociedad que nunca habrían imaginado.
EL futuro de la información está en las manos de los cómicos y de los payasos.
Si consideramos que los dictadores, los presidentes de grandes empresas y los banqueros raramente tienen sentido del humor, pues, hay manos peores.
(P.D. El título es una paráfrasis del eslógan "Una risata vi seppellirà" ("Una carcajada os sepultará"), uno de los más famosos del movimiento del 1968 en Italia.)
Tuesday, 19 April 2011
Thursday, 24 March 2011
La arquirtectura del castigo
La Universidad Autónoma de Madrid ha construido, justo frente a la estación de Cercanías del Campus, un quiosco de informaciones. Se trata de una estructura geométrica irregular de de líneas rectas, ángulos agudos y protuberancias, de un diseño que parece haber sido olvidado en un cajón en 1985 y sólo ahora descubierto. Más que la forma inquietan, de este quiosco, el material, la textura y el color.La estructura es maciza, de metal gris-casi-negro, con una textura mate y porciones hechas con una red de malla metálica muy cerrada. Hasta las ventanas están, cuando se cierran, tapadas con esta mallas. Por color y detalles, la construcción recuerda, de manera inquietante, algo que podría encontrarse dentro de una cárcel de máxima seguridad.
Todo esto es ejemplo de una costumbre que no se limita a la Universidad Autónoma y ni siquiera a España, sino que parece típica de muchos países latinos. Parece que se hace un esfuerzo especial y consciente para transformar cada ambiente de trabajo en un entorno extremadamente desagradable.
Desde las oficinas con pintura amarilla hasta la máquina del café que muchas empresas instalan para que sus empleados no visiten un Café en condiciones, las empresas (y, en medida aún mayor, la administración pública) se esfuerzan en transformar nuestro entorno de trabajo, si no en un castigo, por lo menos en algo que se le parece bastante.
En la Universidad de California tenía la costumbre, siempre que tenía que hacer un trabajo durante el cual no quería ser molestado, de instalarme en uno de los muchos Cafés del Campus. En la Autónoma he tenido que abandonar esta costumbre (con mucho dolor y cierto perjuicio de mi productividad) porque no hay café: sólo hay cafetería ruidosas y poco acogedoras. Una pena. (Los colegas tampoco ayudan: cuando comento que me gustaría trabajar en el entorno de un Café acogedor, me miran como a un bicho raro.)
Las razones de este afán latino hacia entornos de trabajo desagradables no son muy claras. Se trata quizás de una herencia Católica. Según la moral Católica, estamos en la Tierra para sufrir y para expiar pecados, y todo lo agradable, todo los que nos gusta, debe mirarse con sospecha. El diablo nos espera detrás de cada placer. Esta, por lo menos, era la posición de la mayoría Católica en los siglos pasados. Hoy en día esta posición no puede mantenerse en su forma más estricta porque choca con las exigencias del mercado. El mercado necesita convencernos de que consumir es divertido y que comprar es una actividad éticamente positiva (no es por casualidad que el mercado no lo han inventado los Católicos sino los Protestantes y que, como escribía Weber, el capitalismo sólo podía originarse dentro de la ética Protestante). Hasta los Católicos han tenido que resignarse a la idea que, en ciertas ocasiones, un ilusorio disfrute éticamente positivo pueda resultar útil y tenga que ser promovido. Pero el disfrute no puede ser un fin en si mismo, y si el consumo se transforma en un disfrute es necesario, para compensar, que el trabajo se transforme en una tortura, y que se usen todos los medios arquitectónicos que tengamos para reforzar la idea de que trabajamos para sufrir y que si no estamos sufriendo, es que no estamos trabajando bien.
Todo esto es ejemplo de una costumbre que no se limita a la Universidad Autónoma y ni siquiera a España, sino que parece típica de muchos países latinos. Parece que se hace un esfuerzo especial y consciente para transformar cada ambiente de trabajo en un entorno extremadamente desagradable.
Desde las oficinas con pintura amarilla hasta la máquina del café que muchas empresas instalan para que sus empleados no visiten un Café en condiciones, las empresas (y, en medida aún mayor, la administración pública) se esfuerzan en transformar nuestro entorno de trabajo, si no en un castigo, por lo menos en algo que se le parece bastante.
En la Universidad de California tenía la costumbre, siempre que tenía que hacer un trabajo durante el cual no quería ser molestado, de instalarme en uno de los muchos Cafés del Campus. En la Autónoma he tenido que abandonar esta costumbre (con mucho dolor y cierto perjuicio de mi productividad) porque no hay café: sólo hay cafetería ruidosas y poco acogedoras. Una pena. (Los colegas tampoco ayudan: cuando comento que me gustaría trabajar en el entorno de un Café acogedor, me miran como a un bicho raro.)
Las razones de este afán latino hacia entornos de trabajo desagradables no son muy claras. Se trata quizás de una herencia Católica. Según la moral Católica, estamos en la Tierra para sufrir y para expiar pecados, y todo lo agradable, todo los que nos gusta, debe mirarse con sospecha. El diablo nos espera detrás de cada placer. Esta, por lo menos, era la posición de la mayoría Católica en los siglos pasados. Hoy en día esta posición no puede mantenerse en su forma más estricta porque choca con las exigencias del mercado. El mercado necesita convencernos de que consumir es divertido y que comprar es una actividad éticamente positiva (no es por casualidad que el mercado no lo han inventado los Católicos sino los Protestantes y que, como escribía Weber, el capitalismo sólo podía originarse dentro de la ética Protestante). Hasta los Católicos han tenido que resignarse a la idea que, en ciertas ocasiones, un ilusorio disfrute éticamente positivo pueda resultar útil y tenga que ser promovido. Pero el disfrute no puede ser un fin en si mismo, y si el consumo se transforma en un disfrute es necesario, para compensar, que el trabajo se transforme en una tortura, y que se usen todos los medios arquitectónicos que tengamos para reforzar la idea de que trabajamos para sufrir y que si no estamos sufriendo, es que no estamos trabajando bien.
Tuesday, 8 February 2011
Viva el mercado. Sin competencia, of course.
Para resolver la crisis causada por los mercados, la retórica de los mercado propone una sola solución: más mercado. Como si para reparar una pierna fracturada la mejor receta fueran un par de golpes más de martillo.
En realidad, el recurso al mercado es a menudo un truco retórico, una cortina de humo; lo que se pide de verdad es más privado y menos público. Se trata de dos cosas bien diferentes.
Lo vemos de manera muy evidente en el caso de las privatizaciones. Los mercado han exigido privatizaciones y el gobierno, que como muchos gobierno ya no tiene la posibilidad de oponerse a los mercados, ha decidido privatizar parte de AENA y parte de la Lotería del Estado. Se trata, como todas las privatizaciones del mismo tipo que se están llevando a cabo en Europa, de monstruos sin ningún sentido, no sólo desde el punto de vista social, sino tampoco desde el punto de vista económico capitalista.
El capitalismo postula, para su funcionamiento, mecanismos de mercado, y el mercado se basa en la libre competición y la competencia. Pero, ¿como puede haber competencia en una empresa como AENA que, por su misma naturaleza, trabaja en régimen de monopolio? Hay actividades que, por su misma naturaleza, escapan a los mecanismos de mercado, algo que Adam Smith, uno de los padres del capitalismo moderno, sabía muy bien, pero que sus descendientes, muy oportunamente, parecen haber olvidado.
La razón oficial para privatizar empresas monopolistas o, peor, servicios públicos es el ahorro. Supuestamente, una gestión privada haría estos servicios menos caros para la colectividad. pero hay que analizar atentamente los flujo de dinero que se producen. Por un lado, los empleados de las empresas privatizadas verían disminuir sus sueldos y sus servicios sociales (y no estamos hablando aquí de situaciones de escándalo como la de los controladores aéreos, sino de empleado con un sueldo medio). Algunos de ellos perderían el trabajo sin más, como efecto de la "racionalización". Estos ahorros, en buena parte, irían para generar un útil para la empresa, para genera dividendos para sus accionista, y para que la cotización de las acciones suba. En práctica, buena parte del dinero que se quitaría de los bolsillos de los trabajadores de las empresas privatizadas, terminaría en los bolsillos de los accionistas. Se trata, pues de una operación de redistribución de riqueza en sentido vertical, una operación que, al final, termina concentrando más riqueza donde ya había y eliminándola donde ya había poca. En fin, una perfecta operación de capitalismo neoliberal.
Con las privatizaciones de servicios públicos que operan en régimen de monopolio (ni podrían operar de otra manera) nos llevamos lo peor de los dos mundos. No tendremos ninguna de las ventajas que derivan del sistema de libre competencia, y todavía tendremos que pagar para que las empresas privadas distribuyan un útil a sus accionistas.
Horkheimer llamaba "capitalismo de estado" el régimen pseudo-comunista de Stalin, opinando que todo lo que había hecho era remplazar un gran número de capitalistas que operaban en régimen de libre competencia con uno solo: el estado. Podríamos decir que algo parecido está pasando con el neoliberismo y sus operaciones de concentración de riqueza. Un comunismo privado que todos nosotros seremos llamados a pagar.
En realidad, el recurso al mercado es a menudo un truco retórico, una cortina de humo; lo que se pide de verdad es más privado y menos público. Se trata de dos cosas bien diferentes.
Lo vemos de manera muy evidente en el caso de las privatizaciones. Los mercado han exigido privatizaciones y el gobierno, que como muchos gobierno ya no tiene la posibilidad de oponerse a los mercados, ha decidido privatizar parte de AENA y parte de la Lotería del Estado. Se trata, como todas las privatizaciones del mismo tipo que se están llevando a cabo en Europa, de monstruos sin ningún sentido, no sólo desde el punto de vista social, sino tampoco desde el punto de vista económico capitalista.
El capitalismo postula, para su funcionamiento, mecanismos de mercado, y el mercado se basa en la libre competición y la competencia. Pero, ¿como puede haber competencia en una empresa como AENA que, por su misma naturaleza, trabaja en régimen de monopolio? Hay actividades que, por su misma naturaleza, escapan a los mecanismos de mercado, algo que Adam Smith, uno de los padres del capitalismo moderno, sabía muy bien, pero que sus descendientes, muy oportunamente, parecen haber olvidado.
La razón oficial para privatizar empresas monopolistas o, peor, servicios públicos es el ahorro. Supuestamente, una gestión privada haría estos servicios menos caros para la colectividad. pero hay que analizar atentamente los flujo de dinero que se producen. Por un lado, los empleados de las empresas privatizadas verían disminuir sus sueldos y sus servicios sociales (y no estamos hablando aquí de situaciones de escándalo como la de los controladores aéreos, sino de empleado con un sueldo medio). Algunos de ellos perderían el trabajo sin más, como efecto de la "racionalización". Estos ahorros, en buena parte, irían para generar un útil para la empresa, para genera dividendos para sus accionista, y para que la cotización de las acciones suba. En práctica, buena parte del dinero que se quitaría de los bolsillos de los trabajadores de las empresas privatizadas, terminaría en los bolsillos de los accionistas. Se trata, pues de una operación de redistribución de riqueza en sentido vertical, una operación que, al final, termina concentrando más riqueza donde ya había y eliminándola donde ya había poca. En fin, una perfecta operación de capitalismo neoliberal.
Con las privatizaciones de servicios públicos que operan en régimen de monopolio (ni podrían operar de otra manera) nos llevamos lo peor de los dos mundos. No tendremos ninguna de las ventajas que derivan del sistema de libre competencia, y todavía tendremos que pagar para que las empresas privadas distribuyan un útil a sus accionistas.
Horkheimer llamaba "capitalismo de estado" el régimen pseudo-comunista de Stalin, opinando que todo lo que había hecho era remplazar un gran número de capitalistas que operaban en régimen de libre competencia con uno solo: el estado. Podríamos decir que algo parecido está pasando con el neoliberismo y sus operaciones de concentración de riqueza. Un comunismo privado que todos nosotros seremos llamados a pagar.
Monday, 27 December 2010
Como el mercado transforma un fracaso en un triunfo
Hace poco más de un año, el sistema financiero internacional vivía su crisis más profunda desde 1929, y se temía por la supervivencia de los bancos. Hubo un mea culpa capitalista casi generalizado, mientras los grandes operadores declaraban que el sistema sin reglas que se había venido formando desde los años 70 había sido un error, y pidiendo a gran voz la intervención de los gobiernos. Lo que hasta entonces se había llamado con desprecio comunismo se convertía en la única posible salida del callejón en que el capitalismo mundial se había metido. Que vengan los gobiernos, y que salven el sistema, financiando los bancos y haciéndose cargo de los riesgos de la financiación.
Un año después de que los gobiernos se endeudaran para salvar los mercados, los mercados han dictaminado que los gobiernos tienen demasiada deuda y han impuesto su receta para obviar a la situacción. Receta que, por supuesto, es la de siempre: recortar el gasto social y aceptar la inevitabilidad del mercado.
Los mercados, no sólo están consiguiendo que el coste de esta crisis caiga en las clases sociales que no la han causado y que se han visto más afectadas por ellas, al mismo tiempo están usando el fracaso (previsible y previsto) del sistema neoliberal para impulsar aún más los principios del neoliberalismo. El neoliberalismo seguirá afirmandose, y el precio de sus errores no lo paguerán los banqueros y los inversores, sino los parados y los obreros.
Hasta ahora el coste de eata politica lo han pagado sobre todo los países del llamado “tercer mundo”, paìses que a menudo han sido llevados al suicidio económico y social obligandolos a abrir sus mercados a las empresas occidentales, y niegandoles toda posibilidad de intervención estatal para defender sus productores locales (posibilidad que, por otro lado, los países desarrollados han usado sin problemas).
En tan sólo u año, las cosas han cambiado mucho. Una vez salido de lo más profundo de la crisis, una vez evitado el peligro inmediato, el capitalismo globalizado ha vuelto a enfrentarse a los gobiernos, y a dictaminar lo que tienen que hacer.
Un año después de que los gobiernos se endeudaran para salvar los mercados, los mercados han dictaminado que los gobiernos tienen demasiada deuda y han impuesto su receta para obviar a la situacción. Receta que, por supuesto, es la de siempre: recortar el gasto social y aceptar la inevitabilidad del mercado.
Los mercados, no sólo están consiguiendo que el coste de esta crisis caiga en las clases sociales que no la han causado y que se han visto más afectadas por ellas, al mismo tiempo están usando el fracaso (previsible y previsto) del sistema neoliberal para impulsar aún más los principios del neoliberalismo. El neoliberalismo seguirá afirmandose, y el precio de sus errores no lo paguerán los banqueros y los inversores, sino los parados y los obreros.
Al mismo tiempo, los mercados han conseguido usar las dificultades en que los gobiernos se han encontrado tras salvar a los bancos para reforzar la idea de que los gobiernos ya se encuentran en un regimen de soberanía limitada. En el panorama del capitalismo maduro, los gobiernos ya no tienen la libertad de decidir la dirección de su politica, poruqe los recursos financieros necesarios para la vida de un estado ya no están en sus manos. Ningún país hoy podría dobrevivir mucho tiempo sin la aprobación del FMI o del WTO, y las políticas de estos organismos han ido siempre y sólo en una dirección: la creacción de mercados abiertos y desprotegidos para la penetración de las empresas multinacionales.
Hasta ahora el coste de eata politica lo han pagado sobre todo los países del llamado “tercer mundo”, paìses que a menudo han sido llevados al suicidio económico y social obligandolos a abrir sus mercados a las empresas occidentales, y niegandoles toda posibilidad de intervención estatal para defender sus productores locales (posibilidad que, por otro lado, los países desarrollados han usado sin problemas).
Ahora, parece, los mercados se están preparando para la próxima batalla: la destrucción definitiva del estado de bienestar Europeo.
Friday, 10 December 2010
Sobre el respeto de la ley
Una mañana en la Gran Vía, en el cruce peatonal entre Fuencarral y Montera, se ilumina el verde para los peatones y, más o menos un segundo después, un coche atraviesa el cruce, claramente saltándose el semáforo en rojo. Por suerte, la gente había a penas empezado a cruzar, y nadie estuvo en peligro de ser atropellado. Un coche de la policía local estaba aparcado a poco metros del cruce.
Fue testigo de una escena similar hace unos años en los EE.UU. En esa ocasión el coche de la policía arrancó inmediatamente con la sirena encendida y paró al coche. Al conductor, seguramente, le cayó una buena multa y una marca en el carnet de conducir.
En este caso, el coche de la policía no se movió, y el culpable, seguramente feliz de haber ganado unos pocos metros (hay otro semáforo un poco más adelante, y en este tuvo que parar) continuó su camino.
Un acontecimiento banal, pero significativo de como en la sociedad española, a todos los niveles, el respeto de la ley parece más una alternativa minoritaria que una obligación. Comportamientos símiles se encuentran, temo, a todos los niveles. ¿Como podemos transformar España en un Estado de derecho si no somos capaces de aplicar ni una ley tan sencilla como la que dice que no se pasa con el semáforo en rojo? ¿Como, si aún la policía ve la aplicación de la ley como una opción y no como una obligación?
Fue testigo de una escena similar hace unos años en los EE.UU. En esa ocasión el coche de la policía arrancó inmediatamente con la sirena encendida y paró al coche. Al conductor, seguramente, le cayó una buena multa y una marca en el carnet de conducir.
En este caso, el coche de la policía no se movió, y el culpable, seguramente feliz de haber ganado unos pocos metros (hay otro semáforo un poco más adelante, y en este tuvo que parar) continuó su camino.
Un acontecimiento banal, pero significativo de como en la sociedad española, a todos los niveles, el respeto de la ley parece más una alternativa minoritaria que una obligación. Comportamientos símiles se encuentran, temo, a todos los niveles. ¿Como podemos transformar España en un Estado de derecho si no somos capaces de aplicar ni una ley tan sencilla como la que dice que no se pasa con el semáforo en rojo? ¿Como, si aún la policía ve la aplicación de la ley como una opción y no como una obligación?
Sunday, 20 June 2010
Quien paga la crisis, y quien no.
Soy un profesor universitario. No soy rico, ni mucho menos, pero reconozco que tengo un sueldo razonable que me permite vivir dignamente con mis escasas necesidades, y que, al fin y al cabo, la crisis no ha cambiado prácticamente mi estilo de vida. Ahora el gobierno me baja el sueldo. Si este dinero puede servir para ayudar a alguna familia en el paro, a alguien por quien esta crisis ha supuesto una bajada importante en la calidad de vida, pues, bien venga la bajada de sueldo. He vivido aquí y disfrutado cuando las cosas iban bien, me parece justo hacer lo que puedo para ayudar ahora que van mal.
Vivo en una sociedad, mi vida se cruza con la de los demás, y no me parece un escándalo que se me pida hacer algo para echar un cable a quien se encuentra, y no por su culpa, en una situación difícil.
Lo que me parece un escándalo, lo que no acepto y que me indigna profundamente, es que a los que tienen rentas muy altas no se les pida un sacrificio correspondiente, y que no se haga nada para desmantelar el sistema económico responsable de la crisis financiera.
Me indigna que a un vicepresidente de una gran empresa, que gana diez veces mi sueldo, no se le obligue a un sacrificio diez veces mayor a través de una subida importante del IRPF. Me indigna que a un alto cargo de un banco, que quizás con sus especulaciones ha contribuido a causar esta crisis, no se le obligue a pagar todo lo que ha ganado con sus especulaciones, no se haga responsable del daño que ha causado.
El capitalismo clásico se basa en la ética del riesgo personal, pero en el neoliberalismo el riesgo personal de quien controla el capital ha desaparecido: se apuesta con la vida de quien no tiene poder económico. El asunto es quien controla el sistema económico nunca pagará sus errores, y por el momento este asunto se está revelando cierto.
Esta incapacidad de pedir cuenta a los responsable del desastre económico me parece típica de un gobierno que, por lo menos en el plan económico, de izquierdas ya no tiene nada (si nunca lo ha tenido) y de una Europa que se está revelando cada día más una Europa sólo de los mercados y de los capitales, y no de las personas.
Entiendo que golpear las rentas altas y las rentas de capital sería sobre todo un gesto simbólico que poco haría para las cuentas del estado, pero a veces los símbolos son importantes, sobre todo en un momento en que todos estamos haciendo sacrificios.
Entiendo que es difícil golpear a quien tiene un control absoluto sobre la economía y puede dejarnos en una situación peor de la en que nos encontramos. Pero el error fue dejar que la falta de control publico sobre la economía llegara a este punto. Una razón más para desmantelar, una vez por toda, el injusto y éticamente fracasado sistema neoliberal.
Vivo en una sociedad, mi vida se cruza con la de los demás, y no me parece un escándalo que se me pida hacer algo para echar un cable a quien se encuentra, y no por su culpa, en una situación difícil.
Lo que me parece un escándalo, lo que no acepto y que me indigna profundamente, es que a los que tienen rentas muy altas no se les pida un sacrificio correspondiente, y que no se haga nada para desmantelar el sistema económico responsable de la crisis financiera.
Me indigna que a un vicepresidente de una gran empresa, que gana diez veces mi sueldo, no se le obligue a un sacrificio diez veces mayor a través de una subida importante del IRPF. Me indigna que a un alto cargo de un banco, que quizás con sus especulaciones ha contribuido a causar esta crisis, no se le obligue a pagar todo lo que ha ganado con sus especulaciones, no se haga responsable del daño que ha causado.
El capitalismo clásico se basa en la ética del riesgo personal, pero en el neoliberalismo el riesgo personal de quien controla el capital ha desaparecido: se apuesta con la vida de quien no tiene poder económico. El asunto es quien controla el sistema económico nunca pagará sus errores, y por el momento este asunto se está revelando cierto.
Esta incapacidad de pedir cuenta a los responsable del desastre económico me parece típica de un gobierno que, por lo menos en el plan económico, de izquierdas ya no tiene nada (si nunca lo ha tenido) y de una Europa que se está revelando cada día más una Europa sólo de los mercados y de los capitales, y no de las personas.
Entiendo que golpear las rentas altas y las rentas de capital sería sobre todo un gesto simbólico que poco haría para las cuentas del estado, pero a veces los símbolos son importantes, sobre todo en un momento en que todos estamos haciendo sacrificios.
Entiendo que es difícil golpear a quien tiene un control absoluto sobre la economía y puede dejarnos en una situación peor de la en que nos encontramos. Pero el error fue dejar que la falta de control publico sobre la economía llegara a este punto. Una razón más para desmantelar, una vez por toda, el injusto y éticamente fracasado sistema neoliberal.
Wednesday, 2 June 2010
El FMI y la muerte del paciente
El FMI, tras un atento análisis de la situación de los Bancos en España, ha emitido su receta: necesitamos más mercado. El diagnóstico no sorprende. Desde su fundación, en todo país, en todas situaciones económicas y sociales, por diferentes que fueran, en todo tipo de crisis, el FMI siempre ha recetado el mismo remedio: más mercado. El FMI es como un médico que conoce un sólo medicamento. Mercado, mercado, mercado. Un elixir, una verdadera piedra filosofal.
La historia de los últimos cuarenta años ha demostrado que se trata de una receta para el desastre. Las recetas del FMI han reducido al hambre Africa, han reducido al desastre las economías de América Latina, han favorecido el mercado sin reglas, dando una contribución notable a la crisis que estamos viviendo. El próximo objetivo, al parecer, son las economías Europeas. ¿La solución para una crisis provocada por los excesos del mercado? Más mercado, of course. Joseph Stiglitz, ex vicepresidente del Banco Mundial, ex asesor económico de varios presidentes de EE.UU., premio Nobel de Economía 2001, en su libro Globalization and its Discontents, es tajante: "Las políticas del FMI, basadas en parte en el anticuado presupuesto de que los mercados generaban por sí mismos resultados eficientes, bloqueaban las intervenciones deseables de los Gobiernos en los mercados"; "[El FMI], fundado en la creencia de que los mercados funcionan muchas veces mal, ahora proclama la supremacía del mercado con fervor ideológico".
Lo que necesitamos no es más mercado, sino menos. Necesitamos una vuelta al primado de la política entendida como respuesta a las necesidades de las persona, y no como servicio al mercado todopoderoso. Necesitamos una economía al servicio de la gente y de sus vidas, no una economía que se transforma en un imperativo al que hay que sacrificar nuestro bienestar.
Necesitamos políticos que les puedan decir a los señores del FMI lo que pueden hacer con sus recetas. Y, sobre todo, necesitamos desmantelar un sistema neoliberal donde los gobiernos no tienen otra elección que seguir el FMI por encima de las necesidades de sus ciudadanos, porque la misma gente que nos dice como deberíamos actuar son los que controlan el mercado financiero y que al final, salen ganando de la implementación de estas recetas. Como el médico que al mismo tiempo produce un medicamento muy caro, y que receta su medicamento por cualquier tipo de enfermedad. Y si el paciente muere, pues, habrá más.
La historia de los últimos cuarenta años ha demostrado que se trata de una receta para el desastre. Las recetas del FMI han reducido al hambre Africa, han reducido al desastre las economías de América Latina, han favorecido el mercado sin reglas, dando una contribución notable a la crisis que estamos viviendo. El próximo objetivo, al parecer, son las economías Europeas. ¿La solución para una crisis provocada por los excesos del mercado? Más mercado, of course. Joseph Stiglitz, ex vicepresidente del Banco Mundial, ex asesor económico de varios presidentes de EE.UU., premio Nobel de Economía 2001, en su libro Globalization and its Discontents, es tajante: "Las políticas del FMI, basadas en parte en el anticuado presupuesto de que los mercados generaban por sí mismos resultados eficientes, bloqueaban las intervenciones deseables de los Gobiernos en los mercados"; "[El FMI], fundado en la creencia de que los mercados funcionan muchas veces mal, ahora proclama la supremacía del mercado con fervor ideológico".
Lo que necesitamos no es más mercado, sino menos. Necesitamos una vuelta al primado de la política entendida como respuesta a las necesidades de las persona, y no como servicio al mercado todopoderoso. Necesitamos una economía al servicio de la gente y de sus vidas, no una economía que se transforma en un imperativo al que hay que sacrificar nuestro bienestar.
Necesitamos políticos que les puedan decir a los señores del FMI lo que pueden hacer con sus recetas. Y, sobre todo, necesitamos desmantelar un sistema neoliberal donde los gobiernos no tienen otra elección que seguir el FMI por encima de las necesidades de sus ciudadanos, porque la misma gente que nos dice como deberíamos actuar son los que controlan el mercado financiero y que al final, salen ganando de la implementación de estas recetas. Como el médico que al mismo tiempo produce un medicamento muy caro, y que receta su medicamento por cualquier tipo de enfermedad. Y si el paciente muere, pues, habrá más.
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