La crisis ha tenido consecuencias muy graves en España sobre todo porque su economía se basaba en medida excesiva en el ladrillo. España nunca tuvo un verdadero desarrollo industrial, ni una verdadera burguesía industrial, y son estas cosas que habría que fomentar para cambiar el modelo productivo, sobre todo fomentando la creación de industrias innovadoras y fomentando la investigación y el desarrollo avanzado.
Este era un análisis compartido más o menos por todos: derecha, izquierdas, analistas, economistas, emprendedores.
En palabras, of course.
Ahora las medidas del gobierno: se penaliza el consumo con un impuesto que golpea sobre todo a la clase media (el 60% de la recaudación del aumento del IRPF provendrá de los sueldos inferiores a 53000 Euro). Se protegen los patrimonios improductivos, negándose a recuperar el impuesto sobre el patrimonio. Se aumenta el desequilibrio del sistema fiscal (España tiene una presión fiscal entre las más bajas en Europa, pero es sexta por imposición al trabajo): se desincentiva el trabajo y se incentiva la renta pasiva. Se elimina el ministerio de Ciencia, y se elimina, en práctica, la investigación con un recorte de 600 Millones de Euros. Tras dos años en que el gobierno Zapatero ha recortado o congelado, este recorte supone un golpe mortal a la investigación en España. Los mejores investigadores se marcharán (los que se marchan son siempre los mejores, ya que son los que más fácilmente encuentran trabajo en el extranjero). Los burócratas de la investigación, los que fuera de España no encontrarían nada, se quedarán.
El problema, en términos económicos, es sencillo: ¿queremos investigadores de calidad en España? Los investigadores de calidad son relativamente pocos, y todo el mundo intenta llevárselos. Para que se queden hay que darle una buena compensación económica (es curioso que un gobierno que se declara capitalista no aplique aquí una de las normas más básicas del capitalismo) y condiciones para poder hacer bien su trabajo. Si no se las damos, los buenos se irán, y nos quedaremos con los que el resto del mundo no quiere.
Una cosa (entre muchas, sin embargo) diferencia España de los países punteros de Europa, de los que han sufrido mucho menos la crisis: un modelo productivo basado en el conocimiento, una educación bien financiada y de calidad, y una gran consideración, económica y social para la investigación. En el medio de una crisis al principio de que estábamos más cerca de Grecia que de Finlandia, el gobierno ha decidido que la mejor solución es alejarnos de Finlandia y acercarnos a Grecia.
Finalmente, vuelve una de las estrellas de la burbuja inmobiliaria: la deducción por compra de vivienda, una de las medidas más contraproducentes del modelo fiscal español. Es una desgravación que sale muy cara: en 2008 llegó a costar más de 6.000 millones de euros. Es regresiva, porque beneficia más a las rentas más altas y se llega al absurdo de que el Estado subvencione, por ejemplo, mansiones de varios millones de euros si se trata de la “vivienda habitual”. Y además es injusta, porque realmente no ayuda a las familias, sino a las empresas del ladrillo: los vendedores acaban repercutiendo esa deducción en el precio final.
En definitiva, las medidas del gobierno miran a confirmar un modelo económico basado en la construcción. Justamente el modelo económico que nos ha llevado a la crisis.
Tuesday, 10 January 2012
Thursday, 13 October 2011
¿Socialdemocracia o Neoliberismo?
A parte las polémicas, un poco estériles, que caracterizan toda campaña electoral en la era de la televisión (máxime en la era de la televisión basura), el próximo 20 de Noviembre los electores deberán decidir entre dos modelos de desarrollo social. Con un poco de simplificación podemos caracterizar estos dos modelos como el Socialdemócrata y el Neoliberal. Con aún más simplificación podríamos decir que habrá que elegir entre una sociedad con fuerte carácter social y servicios públicos y una con énfasis en el sector privado y estado reducido. O, para simplificar una vez más, entre un gobierno con alto ingreso y uno con bajos gastos.
Claramente, en todo caso habrá que hacer cambios y ajustes relacionados con la situación actual, pero la base en que se insertarán estos cambios será una de las dos: la Socialdemócrata o la Neoliberal.
Para elegir nuevas alternativas no es mala idea echar un vistazo al pasado. Al fin y al cabo, como escribió Edmund Burke "those who don't know history are destined to repeat it." Y si miramos a como estos dos modelos han funcionado en el pasado, no cabe duda que el Socialdemócrata gana por KO técnico.
Falta no hace (no debería) recordar que fue el New Deal, un plan de inspiración casi Socialista que sacó EE.UU. de la última crisis comparable con la actual, la de 1929.
Tras la segunda guerra mundial, Europa fue, grosso modo, socialdemócrata desde 1948 hasta la década de los '80, y neoliberal después (España, en esto, es un caso aparte, a causa de la dictadura). En este periodo hubo quizás el incremento más grande en nivel de vida que se recuerde en la historia de Europa. La esperanza de vida aumentó de diez años, la educación hizo un salto impresionante, se impuso el acceso universal a la universidad y a la sanidad. En 1948 Europa era un continente pobre, con alta tasa de analfabetismo, y una presencia importante de enfermedades de infección. En 1985, tras 40 años de Socialdemocracia, Europa tenía la calidad de vida más alta del mundo.
En los mismos EE.UU. en los años '50, una de sus épocas de mayor prosperidad y desarrollo económico, los impuestos para las clases más pudientes llegaban al 65%.
Tampoco parece cierto que la bajada de impuestos sea necesaria para fomentar la inversión y el desarrollo económico: España y Grecia tienen una presión fiscal muy por debajo de la media Europea, Finlandia y Suecia muy por encima. A pesar de esto la industria se ha desarrollado y sigue invirtiendo mucho más en estos últimos dos países que en España o Grecia. Hay factores culturales mucho más importantes que los impuestos y. Si estos factores son presentes, las inversiones existirán independientemente de la presión fiscal. Si no son presentes, impuestos bajos resultarán simplemente en un desperdicio, en cuanto las clases adineradas no usarán el dinero para inversiones productivas. Esto es cierto sobre todo en España, país que nunca tuvo una burguesía emprendedora y donde muchas de las grandes fortunas están relacionadas con la antigua aristocracia terrera, y son improductivas.
El neoliberalismo ha sido, prácticamente siempre, un fracaso social. Incluso en EE.UU., el país en que se ha creado y en que se daban las mejores condiciones culturales y económicas para su éxito, la revolución neoliberal ha aumentado la pobreza, reducido la calidad de vida, reducido el acceso a la sanidad y a la universidad. La carga de trabajo y la inseguridad que el neoliberalismo ha supuesto para las clases pobres ha sido mencionada como causa determinante de la disgregación social que los EE.UU. viven desde los años ’80. El neoliberalismo empobrece la gente y destruye la sociedad.
En el mundo, el neoliberalismo ha creado un sistema en que el 1% más rico posee más riqueza que el 90% más pobre, en que un tercio de la población mundial vive en la pobreza. Claro, el neoliberalismo no ha inventado el hambre en el mundo, pero es cierto que desde 1980 el problema ha empeorado notablemente.
La elección parece ser entre un sistema que ha funcionado, que ha conseguido frenar la codicia de los mercado y hacer sí que trabajaran para el bien común, y un sistema que se ha basado en esa codicia, generando pobreza y desigualdad.
La única ventaja (importante) que tiene el sistema neoliberal es un aparato notable de propaganda. Como dijo un editorialista del New York Times: "El sistema ha convencido a los pobre que en realidad son ricos que están pasando una mala racha".
Lamentablemente, en la era de la televisión, la propaganda lo es todo, y por esto es muy probable que el sistema de la codicia y de la pobreza gane las elecciones en Noviembre.
Claramente, en todo caso habrá que hacer cambios y ajustes relacionados con la situación actual, pero la base en que se insertarán estos cambios será una de las dos: la Socialdemócrata o la Neoliberal.
Para elegir nuevas alternativas no es mala idea echar un vistazo al pasado. Al fin y al cabo, como escribió Edmund Burke "those who don't know history are destined to repeat it." Y si miramos a como estos dos modelos han funcionado en el pasado, no cabe duda que el Socialdemócrata gana por KO técnico.
Falta no hace (no debería) recordar que fue el New Deal, un plan de inspiración casi Socialista que sacó EE.UU. de la última crisis comparable con la actual, la de 1929.
Tras la segunda guerra mundial, Europa fue, grosso modo, socialdemócrata desde 1948 hasta la década de los '80, y neoliberal después (España, en esto, es un caso aparte, a causa de la dictadura). En este periodo hubo quizás el incremento más grande en nivel de vida que se recuerde en la historia de Europa. La esperanza de vida aumentó de diez años, la educación hizo un salto impresionante, se impuso el acceso universal a la universidad y a la sanidad. En 1948 Europa era un continente pobre, con alta tasa de analfabetismo, y una presencia importante de enfermedades de infección. En 1985, tras 40 años de Socialdemocracia, Europa tenía la calidad de vida más alta del mundo.
En los mismos EE.UU. en los años '50, una de sus épocas de mayor prosperidad y desarrollo económico, los impuestos para las clases más pudientes llegaban al 65%.
Tampoco parece cierto que la bajada de impuestos sea necesaria para fomentar la inversión y el desarrollo económico: España y Grecia tienen una presión fiscal muy por debajo de la media Europea, Finlandia y Suecia muy por encima. A pesar de esto la industria se ha desarrollado y sigue invirtiendo mucho más en estos últimos dos países que en España o Grecia. Hay factores culturales mucho más importantes que los impuestos y. Si estos factores son presentes, las inversiones existirán independientemente de la presión fiscal. Si no son presentes, impuestos bajos resultarán simplemente en un desperdicio, en cuanto las clases adineradas no usarán el dinero para inversiones productivas. Esto es cierto sobre todo en España, país que nunca tuvo una burguesía emprendedora y donde muchas de las grandes fortunas están relacionadas con la antigua aristocracia terrera, y son improductivas.
El neoliberalismo ha sido, prácticamente siempre, un fracaso social. Incluso en EE.UU., el país en que se ha creado y en que se daban las mejores condiciones culturales y económicas para su éxito, la revolución neoliberal ha aumentado la pobreza, reducido la calidad de vida, reducido el acceso a la sanidad y a la universidad. La carga de trabajo y la inseguridad que el neoliberalismo ha supuesto para las clases pobres ha sido mencionada como causa determinante de la disgregación social que los EE.UU. viven desde los años ’80. El neoliberalismo empobrece la gente y destruye la sociedad.
En el mundo, el neoliberalismo ha creado un sistema en que el 1% más rico posee más riqueza que el 90% más pobre, en que un tercio de la población mundial vive en la pobreza. Claro, el neoliberalismo no ha inventado el hambre en el mundo, pero es cierto que desde 1980 el problema ha empeorado notablemente.
La elección parece ser entre un sistema que ha funcionado, que ha conseguido frenar la codicia de los mercado y hacer sí que trabajaran para el bien común, y un sistema que se ha basado en esa codicia, generando pobreza y desigualdad.
La única ventaja (importante) que tiene el sistema neoliberal es un aparato notable de propaganda. Como dijo un editorialista del New York Times: "El sistema ha convencido a los pobre que en realidad son ricos que están pasando una mala racha".
Lamentablemente, en la era de la televisión, la propaganda lo es todo, y por esto es muy probable que el sistema de la codicia y de la pobreza gane las elecciones en Noviembre.
Tuesday, 4 October 2011
¿Democracia?
El gobierno central y las administraciones locales justifican los recortes diciéndonos que no hay alternativa, que hay que recortar para generar confianza en los mercados. Es una explicación importante porque, en cierto sentido, nos dice sobre nuestra situación política más que los recortes mismos.
Notamos que los recortes no se justifican por ser gastos inútiles. Ni siquiera la Sra. Aguirre o la Sr.a De Cospedal los justifican así, mucho menos el gobierno central. No se están recortando gastos que no sirven para nada (medida que, incluso en tiempos de crisis, tendría cierto sentido). No: se están recortando el gasto sanitario y el gasto en educación, que cierto inútiles no son, el primero teniendo que ver con nuestra salud, el segundo con nuestro futuro.
El el afán de recortar, se olvidan incluso los problemas económicos de España: muchos economistas y muchos institutos internacionales advierten que los recortes deprimirán la economía, impedirán la recuperación y, al contrario, generarán recesión. Además, en un momento en que todos los políticos reconocen que el problema principal de España es el paro, hay que notar que sólo los recortes en Madrid y Castilla La Mancha han generado casi 10.000 parados. Si esta es la manera con que las administraciones piensan resolver el problema más importante de España (según su misma admisión), no la entiendo.
En ciertas administraciones de derecha, los recortes y el ataque al estado de bienestar tienen una justificación ideológica, no cabe duda. Pero preocupa más la justificación del Presidente del Gobierno para los recorte que el impuso: "No podemos hacer otra cosas". El problema verdadero es que creo que Zapatero tenga razón.
Si por un lado la elección de que recortar es a menudo política (sanidad y educación para el PP), la decisión de recortar ya no está en mano de los políticos. Los mercados financiero, que tienen a los estados en su poder a través del control de la deuda, imponen y disponen. Hay que hacer recortes no porque pensamos, políticamente, que son útiles, no porque los Españoles han decidido que se trata de una medida necesaria para salir de la crisis. Hay que recortar, simple y llanamente, porque los mercados financiero lo quieren, y tienen el poder para imponer lo que quieren.
Si esto es cierto, entonces ya es tarde para luchar para defender nuestra democracia: ya la hemos perdido. En una democracia el poder está en el pueblo, pero si la justificación que nos ofrecen para los recortes es cierta (y yo creo que lo es), el pueblo ya no tiene el poder. Vivimos en un régimen de oligarquía económica, en que los bancos de inversión, las agencias de calificación, y organismos no-democráticos como el FMI tienen el poder decisiones, y la política (es decir, indirectamente, el pueblo) solo puede obedecer.
Notamos que los recortes no se justifican por ser gastos inútiles. Ni siquiera la Sra. Aguirre o la Sr.a De Cospedal los justifican así, mucho menos el gobierno central. No se están recortando gastos que no sirven para nada (medida que, incluso en tiempos de crisis, tendría cierto sentido). No: se están recortando el gasto sanitario y el gasto en educación, que cierto inútiles no son, el primero teniendo que ver con nuestra salud, el segundo con nuestro futuro.
El el afán de recortar, se olvidan incluso los problemas económicos de España: muchos economistas y muchos institutos internacionales advierten que los recortes deprimirán la economía, impedirán la recuperación y, al contrario, generarán recesión. Además, en un momento en que todos los políticos reconocen que el problema principal de España es el paro, hay que notar que sólo los recortes en Madrid y Castilla La Mancha han generado casi 10.000 parados. Si esta es la manera con que las administraciones piensan resolver el problema más importante de España (según su misma admisión), no la entiendo.
En ciertas administraciones de derecha, los recortes y el ataque al estado de bienestar tienen una justificación ideológica, no cabe duda. Pero preocupa más la justificación del Presidente del Gobierno para los recorte que el impuso: "No podemos hacer otra cosas". El problema verdadero es que creo que Zapatero tenga razón.
Si por un lado la elección de que recortar es a menudo política (sanidad y educación para el PP), la decisión de recortar ya no está en mano de los políticos. Los mercados financiero, que tienen a los estados en su poder a través del control de la deuda, imponen y disponen. Hay que hacer recortes no porque pensamos, políticamente, que son útiles, no porque los Españoles han decidido que se trata de una medida necesaria para salir de la crisis. Hay que recortar, simple y llanamente, porque los mercados financiero lo quieren, y tienen el poder para imponer lo que quieren.
Si esto es cierto, entonces ya es tarde para luchar para defender nuestra democracia: ya la hemos perdido. En una democracia el poder está en el pueblo, pero si la justificación que nos ofrecen para los recortes es cierta (y yo creo que lo es), el pueblo ya no tiene el poder. Vivimos en un régimen de oligarquía económica, en que los bancos de inversión, las agencias de calificación, y organismos no-democráticos como el FMI tienen el poder decisiones, y la política (es decir, indirectamente, el pueblo) solo puede obedecer.
Thursday, 1 September 2011
La Europa de los mercados
La intervención puntual del BCE y la baja de la prima de riesgo Española no cambian una situación que muchos expertos y periódicos han venido denunciando desde hace varias semanas.
La situación insostenible de una Europa de los mercados, sin una coherencia política, una Europa
que en los últimos veinte años ha desviado de sus mejores intenciones para convertirse en un mecanismo perfecto para los especuladores, en una entidad con una moneda única pero sin una política económica única.
Se ha dicho muchas veces que es necesario volver a una Europa en que la política prime sobre los mercados. Lo lejos que estamos de esta Europa lo revela la facilidad con que se está vaciando el
tratado político más emblematico de la Europa "de los ciudadanos", él de Shenghen sobre la libre
circulación, mientras que las clausolas del tratado de Maastricht que han contribuido a la
debilidad de los gobiernos frente a los especuladores no se ponen en discusión.
Economistas, intelectuales, periodistas y el movimiento 15-M han debatido en varios foros la
necesidad de recuperar del primato de la política, y se trata sin duda del debate más apasionante e importante de este otoño electoral. Pero, por el momento, la política parece desintersarse
del problema, sobre todo los hombres que se enfrentarán a las urnas para gobernar España.
Estamos entre el Sr. Rajoy, que habla sólo de recuperar la confianza de los mercados (sin decir como, e ignorando lo volátil y rapaz que es tal confianza: si les damos algo, los mercados siempre pedirán más), y un Sr. Rubalcaba que dice y no dice, pero que al final parece dispuesto a implementar sin discutirlo el plan de austeridad que los mercados exigen, y aprueba la reforma de la costitución. Los políticos, parece, prefieren hablar de otras cosas.
Un desarrollo separado fuera de Europa ya no es viable: el proceso de integración económica es prácticamente irreversible. Si no consegue fomentar una via política a la unidad Europea que la defenda del poder de los mercado, España tendrá que recitar, con mucha amargura, las palabras de
Ovidio: nec sine te nec tecum vivere possum. Pero no se tratará de amor, sino de pobreza.
La situación insostenible de una Europa de los mercados, sin una coherencia política, una Europa
que en los últimos veinte años ha desviado de sus mejores intenciones para convertirse en un mecanismo perfecto para los especuladores, en una entidad con una moneda única pero sin una política económica única.
Se ha dicho muchas veces que es necesario volver a una Europa en que la política prime sobre los mercados. Lo lejos que estamos de esta Europa lo revela la facilidad con que se está vaciando el
tratado político más emblematico de la Europa "de los ciudadanos", él de Shenghen sobre la libre
circulación, mientras que las clausolas del tratado de Maastricht que han contribuido a la
debilidad de los gobiernos frente a los especuladores no se ponen en discusión.
Economistas, intelectuales, periodistas y el movimiento 15-M han debatido en varios foros la
necesidad de recuperar del primato de la política, y se trata sin duda del debate más apasionante e importante de este otoño electoral. Pero, por el momento, la política parece desintersarse
del problema, sobre todo los hombres que se enfrentarán a las urnas para gobernar España.
Estamos entre el Sr. Rajoy, que habla sólo de recuperar la confianza de los mercados (sin decir como, e ignorando lo volátil y rapaz que es tal confianza: si les damos algo, los mercados siempre pedirán más), y un Sr. Rubalcaba que dice y no dice, pero que al final parece dispuesto a implementar sin discutirlo el plan de austeridad que los mercados exigen, y aprueba la reforma de la costitución. Los políticos, parece, prefieren hablar de otras cosas.
Un desarrollo separado fuera de Europa ya no es viable: el proceso de integración económica es prácticamente irreversible. Si no consegue fomentar una via política a la unidad Europea que la defenda del poder de los mercado, España tendrá que recitar, con mucha amargura, las palabras de
Ovidio: nec sine te nec tecum vivere possum. Pero no se tratará de amor, sino de pobreza.
Sunday, 21 August 2011
El Papa en Madrid
Tengo suerte: no soy creyente. Tengo suerte porque, de esta manera, no tengo mucho que quejarme por la visita del Papa en Madrid: justo el escándalo del gasto público, del descuento innombrable para el uso del transporte público (si fuera un turista "normal"... ¡oh, como me enfadaría!), los descuentos fiscales a los patrocinadores, el uso de centros públicos (mientras que los participantes a otros eventos tienen que pagarse el hotel).
Ningún problema, naturalmente, con la JMJ en si: me parece fenomenal que jóvenes de todo el mundo se encuentren para celebrar su fe. Pero, como dice un lema de la manifestación laica, no con mis impuestos, please.
Pero si fuera católico, entonces sí que me cabrearía. Me enfadaría viendo que como guia espiritual llega rodeado de una escenografía digna de Lady Gaga, de que se parece más a una estrella del Rock que al cura que debería ser, de que mis principios espirituales se están usando para montar un vulgar espectáculo mediático. (Quizás también pensaría que es raro ver tantas banderas nacionales para celebrar una iglesia que se define católica---es decir: universal; pero, ¿quien sería yo para juzgar a los demás?).
Pensaría que se está usando mucha arrogancia y mucho dinero para propagar una religión basada en la humildad y en la pobreza. Pensaría que las personas que, dentro de la iglesia, viven de verdad los ideales cristianos acogiendo a emarginados, ayudando a drogadictos, han sido una y ora vez discriminados por la misma iglesia. Me indignaría que el Papa discrimine a los Cristianos de verdad.
Jesús pasó su vida entre los pobres y los excluidos, la terminó ejecutado entre dos ladrones, y me indignaría que su vicario en tierra se encuentre tan bien con un poder arrogante, y tan mal con los pobres a quien ni se acercará.
Pensaría que hace 2.000 años el Papa habría estado del lado del Sinedrio, y que habría gritado crucifige.
Si fuera católico pensaría que el gigantismo de la organización de esta visita, cuando hay en España personas que buscan comida en la basura de los supermercados, ridiculizaría los fundamentos de mi religión.
Pero, afortunadamente, no soy creyente, gracias a Dios.
Ningún problema, naturalmente, con la JMJ en si: me parece fenomenal que jóvenes de todo el mundo se encuentren para celebrar su fe. Pero, como dice un lema de la manifestación laica, no con mis impuestos, please.
Pero si fuera católico, entonces sí que me cabrearía. Me enfadaría viendo que como guia espiritual llega rodeado de una escenografía digna de Lady Gaga, de que se parece más a una estrella del Rock que al cura que debería ser, de que mis principios espirituales se están usando para montar un vulgar espectáculo mediático. (Quizás también pensaría que es raro ver tantas banderas nacionales para celebrar una iglesia que se define católica---es decir: universal; pero, ¿quien sería yo para juzgar a los demás?).
Pensaría que se está usando mucha arrogancia y mucho dinero para propagar una religión basada en la humildad y en la pobreza. Pensaría que las personas que, dentro de la iglesia, viven de verdad los ideales cristianos acogiendo a emarginados, ayudando a drogadictos, han sido una y ora vez discriminados por la misma iglesia. Me indignaría que el Papa discrimine a los Cristianos de verdad.
Jesús pasó su vida entre los pobres y los excluidos, la terminó ejecutado entre dos ladrones, y me indignaría que su vicario en tierra se encuentre tan bien con un poder arrogante, y tan mal con los pobres a quien ni se acercará.
Pensaría que hace 2.000 años el Papa habría estado del lado del Sinedrio, y que habría gritado crucifige.
Si fuera católico pensaría que el gigantismo de la organización de esta visita, cuando hay en España personas que buscan comida en la basura de los supermercados, ridiculizaría los fundamentos de mi religión.
Pero, afortunadamente, no soy creyente, gracias a Dios.
Monday, 1 August 2011
Addendum a Telefónica
Un pequeño addendum a mis consideraciones sobre la empresa Telefónica, de que hablaba en el último artículo. Este año los beneficios de la empresa han sido de 3.162 millones de euros, un 16,3% menos que en el mismo periodo del año anterior.
Buena parte de la responsabilidad de este calo se debe a la depreciación de la participación de Telefónica en Telecom Italia (353 millones de pérdida); una participación que, sin duda, fue decidida a los niveles más altos de la empresa: los mismos niveles que este año se han compensado con 450 millones de premios.
Así funcionan las cosas en el nuevo capitalismo especulativo. El antiguo capitalismo (el capitalismo industrial) se fundaba en la cultura del riesgo: las decisiones correctas se ven premiadas con el éxito, mientras que las decisiones equivocadas se pagan.
En el capitalismo especulativo las cosas no funcionan así, evidentemente: el trabajo de los empleados se castiga con el despido, mientras que las decisiones que han costado a la empresa 350 millones se compensan con premios millonarios.
Dos observaciones se imponen: cualquier sistema económico que si base en esta ética de la prevaricación merece desaparecer, y cualquier sistema legal donde este comportamento sea legal necesita reformas urgentes.
Buena parte de la responsabilidad de este calo se debe a la depreciación de la participación de Telefónica en Telecom Italia (353 millones de pérdida); una participación que, sin duda, fue decidida a los niveles más altos de la empresa: los mismos niveles que este año se han compensado con 450 millones de premios.
Así funcionan las cosas en el nuevo capitalismo especulativo. El antiguo capitalismo (el capitalismo industrial) se fundaba en la cultura del riesgo: las decisiones correctas se ven premiadas con el éxito, mientras que las decisiones equivocadas se pagan.
En el capitalismo especulativo las cosas no funcionan así, evidentemente: el trabajo de los empleados se castiga con el despido, mientras que las decisiones que han costado a la empresa 350 millones se compensan con premios millonarios.
Dos observaciones se imponen: cualquier sistema económico que si base en esta ética de la prevaricación merece desaparecer, y cualquier sistema legal donde este comportamento sea legal necesita reformas urgentes.
Tuesday, 12 July 2011
Los mitos de la nueva economía
La derecha económica española (PP, PSOE, y algunos partidos menores en número de votos pero no en representación) nos sigue proponiendo el mito industrial del capitalismo, según el cual los ciudadano tienen que sacrificarse por el bien de la economía, es decir, por el bien de las empresas. Se trata de un viejo mito, que en algún momento hasta ha funcionado relativamente bien. El mito nos dice que un país tiene que ayudar sobre todo a las empresas (y, por supuesto, a los empresarios), ya que cuando las empresas ganan dinero, crean puestos de trabajo, con los puestos de trabajos hay sueldos, y con los sueldos hay impuestos, comercio, y todos los servicios públicos que vienen con ello. Si la industria gana, todos ganan.
Se trata de un mito de los viejos tiempo, de cuando el capitalismo era industrial y su principal objetivo era la producción. El mito, lamentablemente, se ha vuelto patas arriba con el cambio del capitalismo industrial (basado en la producción) al capitalismo financiero (basado en la especulación). El nuevo capitalismo ya no necesita compartir nada, y ya no es cierto que cuando las empresas ganan dinero crean puestos de trabajo.
El caso más reciente en España es el de la empresa de telecomunicaciones Telefónica. El año pasado, en el medio de la crisis, Telefónica ha aumentado su rentabilidad. Para congratularse del buen trabajo hecho, los altos cargos de la empresa se han asignado bonuses por 450 millones de Euro. Al principio del año, la empresa anunció su intención de despedir a 5000 personas pero, ya que las cosas les van también y que le sobra dinero para los bonuses, la empresa ha cambiado idea: ahora va a despedir 8000.
El mito del bien de la empresa conectado con el bien de los trabajadores ya se ha derrumbado en el capitalismo especulativo. Las empresas, la producción y la satisfacción de necesidades ya no son la base de la economía. El capitalismo especulativo, que genera ganancias enormes sin producir riqueza, está en control, dirige el desarrollo economico y establece las políticas económicas y, cada día más, sociales.
La economía era (debería ser) una disciplina que estudia como satisfacer, a través de la producción, cierto tipo de necesidades materiales de las personas. Ya es otra cosa. Ya la economía no tiene nada que ver con las necesidades, sino de un juego abstracto que sólo tiene que ver con ciertos nñumeros almacenados en los ordenadores de los banco. Ya no tiene que ver ni con el dinero, ya que, desde que en 1973 el dólar se desvinculó del oro, el dinero es un concepto abstracto, sin conexión cierta con ningún tipo de riqueza.
La economía se ha transformado de instrumento en dueño, y hemos llegado al absurdo de que se nos pide renunciar a nuestras necesidades por el bien del instrumento que debía servir para satisfacerlas. Es como si compraramos un martillo para colgar un cuadro, y luego nos dijeran que no podemos colgar el cuadro para no rayar el martillo. Y lo peor es que lo creemos.
Se trata de un mito de los viejos tiempo, de cuando el capitalismo era industrial y su principal objetivo era la producción. El mito, lamentablemente, se ha vuelto patas arriba con el cambio del capitalismo industrial (basado en la producción) al capitalismo financiero (basado en la especulación). El nuevo capitalismo ya no necesita compartir nada, y ya no es cierto que cuando las empresas ganan dinero crean puestos de trabajo.
El caso más reciente en España es el de la empresa de telecomunicaciones Telefónica. El año pasado, en el medio de la crisis, Telefónica ha aumentado su rentabilidad. Para congratularse del buen trabajo hecho, los altos cargos de la empresa se han asignado bonuses por 450 millones de Euro. Al principio del año, la empresa anunció su intención de despedir a 5000 personas pero, ya que las cosas les van también y que le sobra dinero para los bonuses, la empresa ha cambiado idea: ahora va a despedir 8000.
El mito del bien de la empresa conectado con el bien de los trabajadores ya se ha derrumbado en el capitalismo especulativo. Las empresas, la producción y la satisfacción de necesidades ya no son la base de la economía. El capitalismo especulativo, que genera ganancias enormes sin producir riqueza, está en control, dirige el desarrollo economico y establece las políticas económicas y, cada día más, sociales.
La economía era (debería ser) una disciplina que estudia como satisfacer, a través de la producción, cierto tipo de necesidades materiales de las personas. Ya es otra cosa. Ya la economía no tiene nada que ver con las necesidades, sino de un juego abstracto que sólo tiene que ver con ciertos nñumeros almacenados en los ordenadores de los banco. Ya no tiene que ver ni con el dinero, ya que, desde que en 1973 el dólar se desvinculó del oro, el dinero es un concepto abstracto, sin conexión cierta con ningún tipo de riqueza.
La economía se ha transformado de instrumento en dueño, y hemos llegado al absurdo de que se nos pide renunciar a nuestras necesidades por el bien del instrumento que debía servir para satisfacerlas. Es como si compraramos un martillo para colgar un cuadro, y luego nos dijeran que no podemos colgar el cuadro para no rayar el martillo. Y lo peor es que lo creemos.
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